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Título: La permanente resurgenciaAutor(es): Juan Eduardo Bernal Echemendía
Fecha de publicación: 15 de Septiembre de 2004
(Ponencia presentada en el Segundo Diálogo Cubano Venezolano desarrollado en la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, del 22 al 24 de julio de 2004)
La sociedad actual, con los impulsos trepidantes y las evanescencias de postulados que surgen de la metáfora de los contrastes, propone en la diversidad de una dialógica poco común, la existencia de actitudes provenientes de las áreas más conservadoras de las expresiones culturales, las deudoras de una manifestación de ruptura y negatividad, y aquellas mixtas en hibridación conciliadora y beligerante. En este encuentro brusco de las aguas, las formas del imaginario popular ascienden en la cresta de la ola y se sumergen súbitamente en la corriente algunas veces turbia, sin perder el contacto a pesar de la fuerza avasalladora.
En el espacio donde la palabra continúa persistentemente su afán de condominio, la herencia ancestral afirma su voluntad productiva y crea nuevos soportes afirmando la materia que la pre-existió, aun cuando la aparición de las tecnologías altere la virtud sosegada de la comunicación entre los individuos.
En un mundo de complejidades y de voces en ocasiones sin retorno, el paralelismo entre formas tradicionales y las aparecidas como resultado de las innovaciones de la tecnología y el dinamismo de la evolución social, no manifiesta su natural imparcialidad de existencia, sino que la esfera de desarrollo social tiende a una absorción de las normas tradicionales.
Política y economía constituyen soportes o vectores de una antinomia en muchos casos violenta y lesiva, ante cuya eclosión no pocos valores históricamente sostenidos y defendidos, quedan prácticamente anulados o mutilados, o crean gracias al monopolio del poder, una seudomítica de las figuras para emblemáticas.
Es entonces que afán ardoroso, contrapuesto a la mediación manipuladora, la resurgencia del valor del mito adquiere connotación diferenciadora, para continuar su inevitable intervención en una realidad circundante y propia, a la vez que sostiene conciliadoramente aquellos factores incorporados de forma gradual y con los cuales resuelve no pocas contradicciones, inherentes a la diversidad que enfrenta.
La regularidad de una variada y sólida relación simbólica, favorece que la referida resurgencia se fortalezca, en unos casos en los correlatos de lo íntimamente conciliable, con la expansión a veces lúdicra de participación colectiva y múltiple.
El símbolo, existente en los fueros abstractos de la conciencia de los individuos y muchas veces trasladados a significantes concretos de mayor realización de la idea sostenida, no logra ser devaluado por la acción de los agentes subordinantes, porque en su lógica es sustrato de una antigua convicción difícilmente transformable en el espacio y tiempo que emplea, la intención de cambio.
Los compromisos que establecen las regulaciones de la sociedad a través de millares de años, sólo han logrado probar la capacidad de permanencia de la voluntad mítica y su representación simbólica.
El mito, si bien ha sido rechazado o pretendidamente ignorado por algunos sectores, preserva en diferentes modos la inevitabilidad de su aserto.
Mitos de diferentes culturas, afirman una disposición cultural más que simplemente ideológica, en cuyas agudezas, la selección del hombre por reacción espontánea, asevera una regularidad en correspondencia con un pensamiento subyacente heredado y transmitido, mediante los vehículos más insospechados de la comunicación humana.
Esta transmisión permite comprobar del mito no un azar caprichoso, sino una cualidad propia de acercamientos paradigmáticos a diversas fuentes y su preservación. Permite su discursividad semejante por encima de creencias religiosas, de la no creencia y de los postulados de la filosofía y de la política en todos los tiempos.
Sucede entonces que el estamento político que niega implícita o explícitamente las consideraciones de validación del mito, asume estrategias similares para sus intereses proselitistas, a las empleadas de manera espontánea por la decisión colectiva, a despecho de la erudición académica con posturas aristocráticas y subestimadoras.
La supervivencia del mito, o más allá de la actitud mística, significa la superación de un tipo específico de comportamiento social o humano y de las marcas de cada momento histórico específicamente determinado.
Lucien Sebag sostenía, que el mito diacrónicamente no constituía sólo efecto, sino también causa, lo cual se advertía en el contenido y características de las acciones futuras. Las regularidades de la sociedad sobre sus cambios, justifican este concepto que defiende además un estado de permanencia, producción y reproducción.
La coincidencia histórica de mitos semejantes, permite asegurar su existencia no sólo en países, regiones o culturas del mundo con mayor desigualdad en su desarrollo económico y social y con ello, devaluar criterios discriminantes en torno a la valoración de la interpretación del mundo, pues el mito es un producto humano, un contenido que trasciende los niveles de evolución económica, que traza las diferencias sustanciales del mundo de hoy, para identificar estadios de la conciencia contemporánea, en deuda con una herencia y comprometida al decir de Sebag, con ciertas estructuras permanentes del espíritu (Sebag:138:1969).
Los estructuralistas señalaban otro aspecto interesante, relacionado con la descontrucción de los universos mitológicos, pero más allá de la fragmentación conveniente para su metodología y tesis, la ruptura, la diversidad discursiva, narrativa y simbólica del mito, refiere una pluralidad semántica que facilita la interpretación de conceptos múltiples y su asociación con ideas y formulaciones relacionadas con todo el mundo circundante, reproducido en los avatares de variadas metáforas en plena coincidencia, con los juicios y valoraciones.
Aunque el recurso estructuralista tiende a la atomización de los contenidos del mito y de su estructura interna, es favorable la preocupación por aquellos estudios relacionados con este particular, así como el hecho de no fragmentar el acto de recuperación del mito, lo cual equilibra la integración de componentes y su articulación con la realidad social.
La semejanza del mito a escala universal, e incluso su performancia, constituyen un aporte además de interpretación a la pluralidad y calidad del pensamiento, cuya validez se legitima en la flexible y fluida interconexión entre la organización de las ideas académicas al respecto y la estructura de las ideas transmitidas generacionalmente.
El mito es una esencialidad del pensamiento humano, que sólo es recuperado por la capacidad y la necesidad del hombre a favor de una supervivencia cultural y afectiva, nunca por decretos, que aunque surgidos de la buena fe, no pueden jamás restituir lo emanado con un carácter espontáneo, para la solución colectiva de las necesidades espirituales.
Es la fiesta popular, campesina o urbana, el espacio donde el imaginario sobredimensiona su estatura y transgrede la cofradía a veces inaccesible de la liturgia. Es allí donde la expansión del alma humana revela el estruendo de su silencio y muestra la energía contenida, que asoma sólo en ocasiones a los correlatos de la ceremonia.
La simbolización a veces arbitraria, el desplante simulado y la alteración física del lenguaje, símbolos y atributos, se desbordan en la catarsis elevada para las soluciones y demandas del espíritu en trance.
Las religiones politeístas en la funcionalidad festiva, quizás sean quienes mejor expongan una diversidad que disfruta de la plenitud de su ritmo, como un vehículo de transformación, descontrucción y luego reordenamiento de los significantes míticos. Las religiones trasplantadas desde Africa hasta América por efecto de la trata negrera, en ese dar y tomar estudiado a fondo por el sabio cubano Fernando Ortiz, constituyen exponentes seguros de lo que significa reproducir en acto festivo, el secreto a veces íntimo.
La plasmación de conceptos, resurge en la fiesta como un elemento que rehace el pasado y lo devuelve vigoroso, en un rebote de lo personal a lo cósmico, de lo vivencial inmediato a la experiencia histórica que el mito representa, como designación de entidades instauradas. Octavio Paz señalaba:
"La historia de los hombres se resuelve en la del mito y el signo que orienta sus vidas, es el mismo que dirige la totalidad". (Paz, 1989:155)
Sobre imposiciones autoritarias y superestructurales, el sentido de pertenencia mítica, constituye una constante preocupación explícita o de sustrato, al extremo de rozar la religiosidad prevaleciente en todos los individuos, aun cuando sus posiciones filosóficas nieguen estas actitudes, que se afirman en zonas cotidianas del convivir y se destacan con mayor fuerza en el acto ceremonial al cual convocan, las sensibilidades más especiales.
La ceremonia, continente de una ritualidad donde el mito valida su recurso y sus orígenes moviliza en los individuos conceptos y acciones cargadas de una semántica particular y es portadora de un elemento condensador cuya fuerza le permite prevalecer en las diversas formas manifestantes.
La disposición lúdicra como también Paz advirtió, tiene su origen en la necesidad de ruptura con la rigidez rutinaria y obligatoria del trabajo, que aunque creador y formativo, reduce expansiones espontáneas cuyos compromisos se establecieron desde los instantes fundacionales del hombre.
Tal vez por este ascendente y por los apremios rigurosos de la vida contemporánea, donde muchas veces sucumben los afanes de la memoria, las fiestas de muchos sitios han abandonado aquel antiguo precedente tributario del trabajo original, donde las conductas se formaron.
Otras convocatorias festivas, vinculadas a homenajes sacramentales en liturgias, aun cuando sostengan algunos atributos de la relación productiva, funcionan no ya como objetos estrictamente simbólicos del acto laboral, sino como elementos ubicados en la dinámica de un lenguaje diverso, multiplicado en la ganancia de un espacio donde la solemnidad en ocasiones se rompe, bajo los efectos de una complicidad encubierta.
La estereotipia del mito se moviliza, en una traslación de significados centrípetos conservando en la agitación del juego, la permanencia del mismo con una originalidad sólo posible en la libertad de imitar, de representar, sin las ataduras impuestas por las regulaciones del trabajo, en una reconstrucción de lo fundado.
Cuando Octavio Paz alude a la perpetuidad del sacrificio en la ceremonia festiva, lo hace reduciéndola a la práctica totonaca, sin embargo este factor que Frazer había estudiado estableciendo consideraciones irrebatibles, es inherente a toda festividad, pues la donación y la recepción como fuerzas relacionantes, se instauran en el espacio de privilegio de la convocatoria ceremonial.
La ceremonia festiva, la ritual en cualquier sentido por su estrecho compromiso con el rito dominante en la continuidad de los intercambios, supone un natural despliegue de formas en articulación con las conceptualizaciones creadas en la larga etapa de establecimientos ideológicos, nunca alejados del sentido lúdicro, aun cuando los sacrificios constituyan esencia, porque la propia derivación hacia la conservación de la vida humana, comporta una donación sin excesos, un sacrificio tímido, desplazado hacia zonas de reguladas exposiciones ante lo nocivo y de abiertas disposiciones hacia la ruptura ceremonial precedente a la organización actual de la fiesta, desde la rusticidad rural, a la plasticidad a veces exagerada y comercial de lo urbano; desde el acto teófago al acto zoófago significante y conservador.
Sacrificio y festividad constituyen una unión vectorial aunque modificada, sin ruptura a lo largo de muchos siglos, en los cuales prevalece la huella de los ancestros y el sortilegio de sus filosofías.
En el complejísimo entramado de relaciones culturales, sociales e históricas, aquellas dotadas del predominio del factor económico, constituyen una antinomia, en cuyo vórtice se mueven con fuerza inaudita, las razones y prácticas derivadas de una filosofía de sentido popular, marcada por una diversidad curiosamente compartidora de los espacios, así como de un tiempo preparado para la coexistencia de los mitos y sus rituales correspondientes.
En esta endogenia, en esta concurrencia, muchas veces bien por el control de la difusión y seguramente por el poder de los agentes que lo ejercen, el valor de los mitos y rituales populares queda excluido del reconocimiento y aun cuando es mencionado escapa de la aceptación y mucho más de la integración al carácter entendido como oficial, cuyo derecho entonces impuesto establece la diferenciación entre lo popular y lo oficial, como Frazer también metodológicamente la emplea.
En la antigüedad, los mitos y los ritos, constituían expresiones del poder, muy asociadas a la filosofía estrictamente religiosa, en cuyos postulados se asentaban las razones de una política, luego manipuladora de los principios de la creencia.
Con el tiempo, la separación del Estado de la Iglesia, y muchos años después, la desaparición sustancial de los criterios políticos de la fe religiosa en algunos estados, sirvió para afirmar una mítica del sujeto político y de la ideología representante, muchas veces autoexcluida de la voluntad dialéctica de los conceptos, que históricamente formaron los presupuestos de una nación y sus nutrientes culturales, sociales y filosóficos.
La negación de los mitos tradicionales y la proscripción de la ritualidad y las ceremonias, en las cuales se materializaba el conjunto conceptual, acentuó una dicotomía y probó que la imposición de un mito y de una mística en el contraste de luz que el tiempo ofrece, resulta efímera, contradictoria y contraproducente, para las esencias culturales de cualquier nación.
Existe en la actitud cultural de los pueblos, una marcada tendencia que no ha podido ser devaluada ni enajenada de todo el logos de la sabiduría popular: el mesianismo, más acentuado en unos países y regiones que en otros, pero siempre actuante en el dinamismo de un comportamiento social muy activo.
Este mesianismo, inherente al ser humano como cualquier otra cualidad, es además una forma de persistencia del factor mítico, de su fuerza para resurgir y recuperarse, aun cuando en determinados lugares la imposición de determinados instrumentos, obstruya en alguna medida el acceso natural a la cualidad pretendida. De todas formas el sueño mesiánico se mantiene, a pesar de las medidas de prevención o represión, a despecho de cualquier intencionalidad y en medio de las reacciones de aprobación o rechazo, tanto en lo íntimo de una conciencia social o individual, o en la múltiple expansión de la ceremonia.
El mito derivado de moldes hieráticos, bien de la religión propiamente dicha, o de la política que emplea de aquella recursos y estructuras semejantes para sus propósitos, carece del toque humano que facilita el flujo de comunicación, en beneficio del acto identificador entre los sujetos realizadores de la práctica, cuya disposición disminuye el compromiso con la figura significante.
Aquel mito surgido de los redaños de una cultura e ideología sincera y genuinamente popular, ofrece un rostro diferente, portador de un desenfado y alegría reproductoras del tiempo, del universo y su humanización, de la libertad que sitúa a buen recaudo los valores pertinentes de la experiencia colectiva y de la posibilidad de acceso a los fundamentos de los orígenes, sin la presencia de los factores mediatizadores y dominantes hasta la anulación, entre los hombres y las fuerzas externas y superiores, con quienes contraen un compromiso de conciencia, de allí la justificación que permite advertir la fluidez comunicativa, el sentido lúdicro y de ruptura que algunos hombres manifiestan en el decursar de sus expresiones culturales, sin temor a una vida ultraterrena en la cual no creen, porque el temor y en otros casos el horror, se disuelven en la solución que ofrecen a las diferentes circunstancias, al escape de los eventos comunicantes y a la relación factible, inmediata con los significantes ubicados en el plano de referencia mítica.
La relación subordinante-subordinado y ente superior-cósmico y ente de dependencia y terreno, modifica su inmanencia para resolverse en un curioso dinamismo de producciones mutuas de conceptos y realizaciones, actuantes en el campo de la utopía.
Esta utopía en su despliegue del mapa espacial, manifiesta una arbitrariedad de límites correspondientes con la reinstauración de los esquemas de localización, donde según la herencia, se ubican los correlatos del dominio del mito, que transgrede cualquier intento reduccionista de las categorías del tiempo en que realiza su proyecto de intercambio, aun cuando determinados cortes de períodos cíclicos, conlleven la necesidad de condicionar la ambigüedad cronotópica.
El asunto concéntrico no se altera, sino que se enriquece porque incorpora una variedad de comportamientos que adecuadamente extendidos, propician la valoración de otras cualidades de mejoramiento de la vida espiritual de los pueblos bajo el efecto de un intenso proceso transculturador donde la permanencia y la pérdida del signo dominante de lo sagrado, coadyuva entre las múltiples actitudes e interpretaciones, a que el mito en constante performancia, se mantenga como égida de las relaciones de intercambio, sobre el telón de fondo de la controversia originada por los procesos sociales antinómicos o afiliados, pero fundamentalmente constructora de la realidad y catalizadora de los presupuestos de la ideología, sin que para ello determine el esquema ideológico del poder, siempre más transitorio que la fuerza permanente de la memoria, la herencia y las realizaciones derivadas de ambas.
En América, permanente promisión de la utopía, las relaciones simbólicas que hacen perdurar los dominios pre-existentes de la cultura, adquieren la tonificación y los matices variados y a la vez integradores.
Historia y sentido mítico a veces se tocan hasta fundirse, en otras ocasiones se disuelven en el contacto después de una ascensión flamígera y breve, no porque en el primer caso se hallen dependiendo de la memoria activa que se moviliza en las áreas continentales, donde grandes civilizaciones validaron su genuino y original aporte a la sociedad humana, sino porque actitudes de traslación de lo histórico a los correlatos de lo mítico, se aprecian también en el Caribe con una fuerza singular. En tanto en Cuba por ejemplo, el tránsito del hecho histórico al acontecimiento mítico, se desploma en lenta imantación. Muy cerca, en Haití, con una semejante formación histórica, la doctrina del vodú contribuye a la rápida fusión de los dos factores mencionados, al extremo de crearse una metarrealidad a partir de la cual, se ajusta el sincronismo de la propia historia.
La evolución de todos los procesos etnoculturales, donde participa la filosofía popular y donde se construye la historia de los pueblos, presenta en todo el sentido vigoroso de su ontogenia al mito, expresión sincrética de la apreciación de la realidad en sus múltiples facetas, y componente espiritual y dinámico del sistema de ideas del pueblo.
BIBLIOGRAFíA
Bernal, Juan: El Infinito sin Límites, Ed. Luminaria, Sancti-Spiritus, 1993.
Frazer, James: La Rama Dorada, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1972.
Paz, Octavio: Puertas al Campo, Ed. Seix Barral, México, 1989.
Sebag, Lucien: El mito, código y mensaje, en Pensamiento Crítico, ICL, La Habana, 1969.
