Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 4. Septiembre - Enero 2006. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: ¿Estatismo, colectivismo, individualismo?
Autor(es): Juan Manuel Negrete
Fecha de publicación: 15 de Septiembre de 2005

(Ponencia al Congreso Internacional de Filosofía en Caracas. Julio de 2005)

En uno de sus muchos libros, en Bolivarismo y Monroísmo, el filósofo mexicano José Vasconcelos evalúa el esfuerzo integracionista que nuestros próceres independentistas desearon realizar. Se ocupa primero del famoso congreso de Panamá. Pasa luego su mirada inquisitiva a una segunda experiencia histórica, instancia mexicana, el congreso de Tacubaya. Siendo Lucas Alamán ministro de relaciones por el año de 1833, en el período de la presidencia de Bustamante, se encargó de la convocatoria y realización del evento. Refiere a la letra:

" Lo primero que hizo [Alamán] para ubicar a México frente al exterior fue reanudar el esfuerzo roto en Panamá. Al efecto, convocó el Congreso de Tacubaya. No mencionan este congreso las historias elementales de las escuelas de Hispanoamérica. Y eso que se celebró con asistencia de representantes de cada nación iberoamericana y llegó a conclusiones ya no simplemente románticas, como los postulados de Panamá, sino altamente novedosas y trascendentales.

" Lo más importante para el porvenir iberoamericano quedó definido allí, pero también allí mismo quedó condenado. Lo más importante, que jamás haya hecho un estadista del continente, fue la concertación de una liga aduanera iberoamericana, que Alamán hizo aprobar. La firmaron unánimemente los delegados, pese a la oposición del ministro y del departamento de estado norteamericanos... No era justo, alegaban éstos, dejar a los Estados Unidos fuera de ese consorcio económico creado por la liga aduanera hispanoamericana. Los Estados Unidos ‘también eran república’.

" El monroísmo excluye a los europeos de las ventajas de América, pero había ayudado a los países de América; por lo mismo, los Estados Unidos debían incorporarse a la liga. Alamán no tenía ningún compromiso con el monroísmo. No era ya de la generación que se alió con Inglaterra para batir a España. Alamán creía en la raza, creía en el idioma, creía en la comunidad religiosa. En suma, Alamán daba al bolivarismo el contenido que le estaba faltando. Sin sobresaltos, liquidaba al monroísmo. Con Alamán nace el hispanoamericanismo en clara y definida posición frente al hibridismo panamericanista. Alamán convenció a los delegados de la América española, que sin excepción votaron su plan. Alamán venció en el congreso a la luz de la discusión esclarecida.

"Adams, derrotado, no se conformó. Al servicio de Adams estaba Poinsett... Las logias de Poinsett derrocaron al gobierno, al que servía Alamán. Triunfó la primera revolución ‘liberal’ y Alamán quedó excluido no sólo del gobierno, de la opinión del país, del corazón de sus conciudadanos. Lo persiguió el nuevo gobierno, lo calumnió la propaganda monroizante. El panamericanismo se apuntó su primera victoria mexicana. El hispanoamericanismo cayó con Alamán, para no levantarse más en todo el siglo, no obstante uno que otro intento más o menos falsificado."[1]

Se trae a colación esta cita de Vasconcelos in extenso, porque es interesante mostrar que, a pesar del embuste que encierra, y que su mismo autor desmiente en otra parte, este texto contenga puntos clave para nuestra discusión presente en torno al destino de nuestros pueblos. En su Breve Historia de México, se lee el siguiente párrafo, que pasmará a quien haya dado crédito al pasaje anterior:

" Recién independizado México, era natural que buscara apoyo en los países de la misma sangre. La voz de unión había venido ya del sur. Bolívar citó al congreso de Panamá... Al disolverse el congreso de Panamá, quedó convenido que los delegados se reunirían nuevamente en Tacubaya, suburbio de la capital de México. El congreso de Tacubaya no llegó a reunirse porque los hombres pequeños que se habían hecho del mando en las distintas naciones de América no veían más allá de sus narices, no se preocupaban sino de la intriga local y de la adulación de los poderes nuevos: Inglaterra y los Estados Unidos..."[2]

Hurgando en los documentos de Alamán, a quien se le debe la voluminosa historia del país y que vino siendo la fuente en la que abrevó Vasconcelos para escribir la suya con intención desmitificadora, se certifica que aquel jamás habla del congreso de Tacubaya, fulcro que sería de nuestro latinoamericanismo actual. El dato es serio pues, por un lado, Alamán es muy meticuloso y detallista en sus relaciones históricas. Y por el otro, dado que es señalado como paladín del hispanoamericanismo, no podría haber silenciado esfuerzo tan importante que le tocó encabezar, aunque hubiese sido derrotado en el intento.

Las referencias geoeconómicas de la historia de Alamán giran más bien en las escasas victorias y en las abundantes derrotas de las nacientes repúblicas. Lo de la creación de una liga aduanera, cual ‘santa alianza americana’, fue el reconocimiento, en la persona de don Miguel Santa María, de la república de Colombia, de su independencia, y la mera proposición de ‘celebrar un tratado de alianza con aquella república’.[3]

Le sobraba interés a la ‘pérfida Albión’ por excluir del comercio americano a todas las potencias integradas en la ‘Santa Alianza’ y en particular a España. Si los españoles lograban rehacer sus viejos acuerdos, deteriorados por la lucha de independencia, le complicaban en serio su intrusión al nuevo mundo. Desaprovecharía las previsibles ventajas económicas, derivables de la liberación de los nuevos mercados. Envió pues comisionados con una función bien definida: La promesa de reconocer las repúblicas, a cambio de conseguir el trato preferencial recibido antes por España. Mantener a los nuevos ‘países independientes’ en situación colonial similar a la antigua, pero de nuevo cuño, donde Inglaterra fuera ahora la metrópoli.

" Estas instrucciones parece que se reducían a un modelo de tratado.... fundado en el principio de la reciprocidad, considerándose las partes contratantes respectivamente con los derechos que se concediesen a la nación más favorecida. Los gobiernos de la América meridional firmaron sin titubear el modelo que se les presentó: En Méjico, (sic) el presidente Victoria ... consiguió hacer convenir en un tratado no sólo diverso del modelo remitido de Inglaterra, sino enteramente opuesto a todas las máximas del derecho marítimo, que aquella potencia ha sostenido con las armas, estableciéndose el principio de que el pabellón cubre la mercancía; además se limitó el tiempo y se asignaron franquicias a favor de los buques y mercancías tanto mejicanos como de las repúblicas hispanoamericanas, reservándose también Méjico por un artículo secreto, el derecho de conceder ventajas al pabellón español cuando aquella potencia reconociese la independencia.

" Tales condiciones no podían ser admitidas en Londres y así el tratado fue desaprobado, mandando a Méjico, para hacer adoptar el modelo remitido, a uno de los diplomáticos más hábiles de Inglaterra, el señor Morrier... Ya se deja entender que el tratado se hizo como el gobierno inglés propuso y que con él se estableció la reciprocidad donde no puede haberla, siendo tan diversas las circunstancias, y con ella y la perpetuidad del mismo tratado, se privó Méjico de todos los medios de llegar a tener una marina y un comercio marítimo nacional."[4]

Esta es la precisión histórica que se lee en los textos de Alamán, de las que nuestro buen filósofo saca virutas y tajos de invención, para ajustar al discurso latinoamericanista. Ni había necesidad de recurrir a la ficción histórica, para fundamentar un posible mundo latino ido o traicionado, ni podía nuestro pasado escapar al rigor de las variables económicas, tal como lo conocemos. España, los miembros de la santa alianza, fueron despojados del control de sus colonias. Latinoamérica salió de la férula europea, borbona, menos desarrollada, y el modelo del capitalismo sajón impuso sus nuevas condiciones, que han perfilado nuestra personalidad como región. Región esquizoide que, por un lado, se adhiere al capitalismo y, por el otro, repugna de tal adherencia.

De este paseo histórico, salen varias vetas frescas y vigentes con nuestra situación presente. Toquemos dos de ellas. La primera versa sobre el modelo de estado nacional debatido por aquellos años, que sirvió de faro para la construcción de nuestros estados latinoamericanos. Tortuosos o lúcidos, tal debate y tal construcción constituyen nuestro obligado referente histórico. La segunda se refiere a la pertinencia del modelo que se adoptó, su transparencia y su vinculación con el conglomerado poblacional, al que afecta y en el que se asienta. Pasemos a ello.

La primera: El debate y la construcción de nuestros estados nacionales.

La convicción común de nuestros próceres independentistas fue estatista. Hidalgo, Miranda, Bolívar, Alamán, todos. Su discrepancia consistió entre la adopción de modelo a escoger: sajón o latino. Llámese latino al tradicional, al propio de la santa alianza, el que había estado funcionando a lo largo del período colonial, sólo que ya sin que lo encabezara la península. Entiéndase por sajón al estado-nación del boyante capitalismo nórdico, que proponían los británicos como sustitución del estatus quo para las ex colonias. Esta caracterización requiere ser ampliada.

En las postrimerías del feudalismo, la sociedad estaba estructuraba por los imperios medievales, viejas teocracias más bien parecidas al despotismo oriental. Les aquejaba siempre el déficit financiero. Su falta de dinero era crónica, pues sostenían guerras permanentes, ejércitos costosos, expediciones, cruzadas, y un aparato protocolario voluminoso. En particular, se resistían a crear una banca estatal y acudían al empréstito particular. Negociaban el costo de toda empresa mediante fueros y prebendas. La época les denominaba: estados grandes. Ejemplos: España, Roma y el Imperio turco-otomano.

Normalmente los feudos se entienden, cuando son mencionados, como territoriales. Pero los hay también en especie. En estos estados grandes, la educación y la salud eran parte del feudo eclesial. La iglesia monopolizó la atención a la educación y a la cultura. Para salud, utilizó el expediente de la caridad pública. Fue su tarea central. Nos meteríamos en un berenjenal si bajáramos a todas las caracterizaciones particulares. Así que pasemos de largo. Pero lo mencionamos por su importancia política, pues estos imperios o ‘estados grandes’ negociaban con los feudos la participación de los grupos integrantes en el cuerpo social. De estas negociaciones se desprendían las prebendas y los fueros. Había privilegios, pero también costas.

Los primeros intentos por sustituir este gran estado son ensayos latinos, mediterráneos, en la época del renacimiento. Propendían a reconstruir el viejo modelo de ciudad-estado experimentado en la Grecia clásica. Atenas era su parangón reiterativo. Casi todos estos intentos fueron desastrados. Abundaron por el mediterráneo movimientos sociales e insurrecciones populares, que sólo pueden entenderse como revoluciones. Los historiadores y politólogos suelen afirmar que en la región y por la época no hubo revoluciones capitalistas. Dicen que la burguesía aún no maduraba. Fernand Braudel[5] formula un inventario que contradice tal tesis:

1498: La Florencia de Savonarola; 1521: Villalar y los comuneros; 1525: Las germanías de Valencia; 1525: el movimiento campesino de Tomás Münzer; 1528: Génova y, otra vez, Florencia; 1548: El movimiento campesino de Guyena. Entre 1550 y 1630, siguió habiendo alzamientos en el mediterráneo, pero desarticulados, sin plan ni concierto. Pueden calificarse como manifestación dispersa de esa revolución. Fue una lucha sorda que las ‘ciudades-estado’ dieron al ‘gran estado’. Fueron derrotadas todas, pero abrieron la senda para desmantelar el ‘ancient regime’.

El estado latino proviene de la experiencia de estas intentonas. No logró estructurar el estado-nación moderno, pero debilitó y demolió el antiguo. En tanto se va perfilando el estado-nación, la sociedad sigue funcionando, componiéndose con reminiscencias del viejo imperio feudal y elementos novedosos que apuntan ya al estado moderno. Así se firma la paz de Westfalia en 1648, en la que se plantea un primer formato de nación-estado. No corresponde todavía al estado moderno, que vendrá después, de crudas aristas, de capitalismo salvaje. Mas ya no calca la idílica teocracia medieval. Ni habrá que verlo tampoco necesariamente como etapa intermedia.

España, en su período colonial, se ajustó a este paradigma, que modernizan los borbones. Nunca llegó al extremo del formato sajón, boyante ya en la época de la independencia de nuestras repúblicas. Nuestros conservadores izaban la bandera del modelo de Westfalia. Pero los paisanos liberales disintieron y juraron lealtad al modelo sajón. Viraron en su preferencia particular, pero no de convicción. Ni unos ni otros visualizaron lo que encerraba en su seno semejante vendaval. Así, todos ellos estauvieron inoculados de la misma convicción estatista. Y nos la heredaron. Nuestros discursos siguen siendo profundamente estatistas aún ahora.

La revolución burguesa o capitalista, con el modelo sajón de estado como señuelo, sí fue exitosa frente al gran estado medieval. Su programa no contenía más la restauración de la ciudad-estado, sino la creación del estado-nación. Se mencionan como clásicas a: a) La de los Países Bajos contra España, conocida también como ‘guerra de Flandes’ (sublevación en 1566, declaración de guerra en 1572, tregua 1609-1621); b) La inglesa (1648, 1688), que creará el primer banco estatal en 1694; c) La norteamericana en 1774 y d) La francesa de 1789-1810.

La encabezó una poderosa burguesía, que establecía alianzas a conveniencia: con la nobleza nueva (la inglesa), o con el pueblo bajo (la francesa). La gringa fue independentista nada más, pero significó el primer experimento capitalista exitoso. El estado-nación creó su propia banca, obligó a cotizar a todos sus ciudadanos. Las nubes de mendigos y vagabundos, para ser convertidas en sujetos impositivos, fueron sometidas a la dinámica compulsiva del trabajo. El estado mismo se volvió empresario, cuando fue necesario. Con su habitual lucidez y síntesis, Marx apunta en breve la transformación social, derivada de estos hechos. La victoria de la nación estado, dice, fue un triunfo: de la propiedad burguesa vs la feudal; de la nación vs el regionalismo; de la libre competencia vs los gremios; de la partición vs los mayorazgos; de la ilustración vs la superstición; de la familia vs el linaje; de la industria vs la heroica pereza. [6]

En 1775, Adam Smith publicó su famosa Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. La experiencia del modelo mercantil británico entró en seria confrontación con la seráfica figura de estado, extractada del debate westfálico. Smith finca su funcionamiento en la dinámica económica y propone, como deseable, el ‘sistema de la libertad negociante’. Lo entiende como un formato natural, espontáneo, que la especie humana puede vislumbrar y adecuar sin mayor esfuerzo.

"Todo sistema que atraiga a sus miembros, con estímulos o privilegios extras, hacia un rubro particular de la economía; o, a la inversa, que inhiba con restricciones especiales a quienes de manera natural se inclinen hacia dicho rubro, resulta subversivo o ruinoso. Retarda, en lugar de acelerar, los progresos de la sociedad hacia la grandeza y riqueza verdaderas. Todo sistema preferencial o restrictivo deberá mirarse como proscrito, para que se establezca el simple y obvio de la libertad labrantil, mercantil y manufacturera...".[7]

Cuando dirigió Marx la Gaceta renana, publicó severas críticas a varias disposiciones de la dieta renana sobre robos de leña. Los diputados habían condenado a gente pobre, que se agenciaba del bosque este recurso natural, para hacer frente al crudo invierno. Sobrevivir es ley natural. Ante las prácticas humanitarias, toda legislación tiene que doblegarse. Mas los diputados condenaron a los ‘saqueadores’ como delincuentes, dando el gane a los propietarios. La ley al servicio de los ‘ricos’. Legisladores y ricos sienten que sus mandatos pueden estar por encima de los dictados de la naturaleza.

En el estado-nación los comerciantes ponen al estado, o a la ley, a su servicio. Si les beneficia el interés privado, lo defienden. Pero ¿acaso no es defendible el interés privado? El joven Marx vierte la siguiente reflexión, citando a Say y al propio Smith: "Lo es, pero no encarna el interés del estado. Está dentro del estado, es una parte del todo. Pero para el capitalista, la inversión más beneficiosa de capital es la que, con la misma seguridad, le reporta la mayor ganancia... El interés de la clase de los comerciantes no se halla vinculado del mismo modo que el de los otros dos [agricultor e industrial] con el interés general de la sociedad... El interés del comerciante va siempre dirigido a extender el mercado y a limitar la competencia entre los vendedores... Se trata de una clase de gente cuyo interés nunca coincide exactamente con el de la sociedad y que, en general, se halla interesada en engañar y envolver al público".[8] Ya se nos perfilaba Marx como altermundista.

Hasta aquí la reflexión sobre el debate por un modelo nacional, en el que se enzarzaron nuestros abuelos. No hay necesidad de insistir en los datos históricos sobre cuál terminó imponiéndose, si aún lo conocemos y padecemos en carne propia. Pasemos a la segunda consideración anunciada.

La Segunda: pertinencia y vinculación del modelo estatal con su población.

Esta segunda cicua a obtener del análisis versa sobre la pertinencia del modelo estatal sometido a largo debate y confrontación, pero ya no tanto en sus avatares históricos, sino en su correspondencia y vinculación con la población que englobó, afectó y sigue afectando. Los datos demográficos arrojan mucha luz. En la Nueva España de 1810 había 6 millones de habitantes. Cinco eran autóctonos, 87.5% del total. Peninsulares, criollos y mestizos, componían el otro millón. Apenas rebasaban el decil. Para 1821 no ha cambiado tanto el panorama. La población es de 7 millones. Repartidos en el territorio, se halla una ciudad grande, la capital, con 200 000 Habs.; cuatro ciudades intermedias [Guadalajara, Puebla, Querétaro y Guanajuato], con 50 000 cada una; una veintena de ciudades menores de 15 000, casi todas en el centro del país. Los demás habitan el campo. El 90% es población rural; la urbana suma apenas el 10%.

Estas cifras son palmarias. Tásense como citadinos o como criollos, según preferencias de demógrafos, el hecho es que sólo fue un decil de la población el que anduvo de la greña por definir el modelo de estado. Ya dijimos arriba en qué consistió su discrepancia. Lo crudo del dato es el hecho de que una minoría manifiesta fue la que se arrogó el derecho de decidir por todo el conglomerado. Recurrieron a todas las banderas a su alcance, unos y otros. Y se batieron con denuedo en el campo de batalla. No les arredró la muerte. Se han proclamado a lo largo de la historia con grandilocuentes discursos soteriológicos. Pero ningún recurso, al que acudan, los tornará mayoría. Aquí está es el punto fino de esta lección histórica, a la que se invita a revisar con lupa.

Nueva España era la joya de la corona de la colonización. El atraso económico de la región no iba a detener al capitalismo sajón en franca expansión. Lo que se proponían nuestros padres era la piedra de Sísifo. Y sigue siendo: reconvertir una economía de mera extracción de materia prima y llevarla al modelo industrial. Había que fundar ciudades, en donde asentar los talleres fabriles. Es decir, crear la mano de obra, que vivía en el campo. Había que vaciar el campo. ¿Era tarea atinada ésta, empezando por la población indígena a la que le sonaba, y le sigue sonando, extragaláctico todo este embrollo? ¿Quiénes fueron los responsables de proyectos tan descabellados, tan ajenos, tan lejanos a las coordenadas vitales de la convivencia americana?

Esta es pues la cuestión clave, tan vigente hoy como en el tiempo de nuestros próceres. Revisando la experiencia mexicana, extensiva a toda Latinoamérica, se deduce que tal reconversión fue meta factible. Ahora somos una región predominantemente citadina. Nuestro pasado campesino ha sido modificado. Nuestras estructuras industriales, aunque fallas y enormemente deficientes, ya están levantadas. Hablar de su costo social es otro boleto. Se ha conseguido mediante persistente práctica social de más de siglo y medio. Pero las facturas son muy altas. Y no hablamos tanto de costos financieros y pecuniarios, sino de derroche humano, de destrucción cultural, moral, histórica.

En México viven hoy 100 millones de personas, monto oficial. Muchos son aborígenes, aunque lo nieguen. Importa esta caracterización porque desvirtúa el dato. Ahora se llaman mestizos y engloban una gran masa indiferenciada. Se consignan 85 millones de mexicanos insertos todos en esta gran masa híbrida, la de los mestizos, que incluye también a blancos y a extranjeros avecindados. Aún son identificables unos 15 millones de indígenas, cada vez mejor identificados y más orgullosos de serlo. Pero dejando a un lado el aspecto étnico, México es citadino en un 80% y rural en un 20%.

Cuando la gran masa indígena y campesina dominaba el espectro mexicano ¿qué le importaba la disyuntiva por la que se mataban los criollos?. Que si se implantaba el modelo estatal afín a lo pactado en Westfalia, o si refundaba un país tipo Londres,¿qué le iba o le venía en ello? Era sin duda importante el debate y más la decisión que se tomara. En ello le iba el futuro a la gran masa. Mas ¿quién y cómo podía traducir en términos comprensibles semejante amenaza, para aquella realidad aborigen y campesina? Le era, al gran grueso de la población, de todo punto ajena, completamente desconocida e incomprensible. Y sin embargo, fueron los grandes afectados, pues fueron los grandes perdedores.

Muchos historiadores salen con el cuento de que la masa indígena, expoliada y saqueada sin recato, se acostaba con el modelo latino, rechazando el sajón, inhumano y descarnado. Es cierto que el despojo latino era más lento, menos visible. Era más primitivo, más atrasado, menos eficiente. Pero era saqueo y destrucción y esto es lo que cuenta para la integridad de los pueblos, de nuestros pueblos autóctonos. Es lo que ha dado sentido a su resistencia milenaria. El capitalismo nórdico les desplazó, agudizando las formas de explotación, por la dinámica propia del mercado, que regía a los nuevos intrusos. Pero lo esencial de su accionar económico era idéntico en jóvenes y viejos.

Es evidente la similitud histórica de aquello con lo que vivimos hoy. Pero es fácil perderse. Muchos estudiosos presentan al estado nacional actual, a éste que vapulea duramente el neoliberalismo tratando de derruirlo y sorberlo completito, como a una instancia más noble, más humanitaria, de naturaleza sana y por lo mismo rescatable. Parece que repetimos la película. Los liberales eran buenos, luz de futuro, apóstoles del progreso que redentor de nuestro atraso miserable. Se les oponían los conservadores, que planteaban dar continuidad a lo labrado por España. Advertían que transplantar especies exóticas, no aclimatables a nuestra realidad, podía sernos dañino. Pero, como perdieron frente a los liberales, han sido los villanos de nuestra historia.

Pues ahora, con su debida distancia, podemos calcar aquella discusión casi en los mismos términos. Los actuales críticos del neoliberalismo lo descalifican por cruel, inhumano y perverso. Cuando llegue la bestia triunfante arrasará con nuestro estado idílico. La protervia viene del norte. Preparémonos a levantar los valladares para impedirle el paso. La cruzada implica defender la soberanía del estado nacional, la salud pública, la tradición estatal construida con paciencia y empeño. Deteniendo la amenaza, que del norte viene, frenaremos la avalancha de la destrucción de nuestros pueblos. Se repite con fanfarrias la misma homilía edificante de antaño y en todos los foros posibles. No cae de los labios el discurso de la soberanía, del estado nacional, del mundo feliz.

Estamos en la confrontación. Y ocupamos otra vez trincheras encontradas. De un lado, los que defienden la globalización, como futuro deseable. Del otro, sus detractores, que somos legión. Aquellos se ven a sí mismos como propagandistas convencidos y empecinados en que tal es la salvación futura. Se asumen predicadores iluminados de la fórmula de un nuevo destino manifiesto. Son misioneros del futuro. Pero para sus opositores, resultan meras marionetas de la penetración imperialista. Conforman la quinta columna de los vendepatrias, descastados y apátridas; han hecho suyo el discurso del FMI y del BM, y están dispuestos a pavimentar la carretera para que nuestros pueblos sean inundados con el dinero del primer mundo, seguir siendo saqueados de manera inmisericorde y finalmente aniquilados.

Los agentes del imperio descalifican a los nacionalistas, como a populistas exterminables, defensores de una nebulosa instancia llamada pueblo, como a emisarios del pasado. Aparece en sus labios de nuevo la adjetivación de rémora. Les ven con lástima, como acémilas reumáticas incapaces de incorporarse al veloz furgón de la historia. No los bajan de obtusos regionalistas, de conformistas perdidos, incapaces de entender que el futuro borrará todas las fronteras y de que el progreso terminará imponiéndose. Resistirse pues a la furia de la avalancha neoliberal es un suicidio más costoso que el dejarse envolver por ella, cuyo futuro previsible e ineluctable también nos lleva a nuestra disolución final. Escatología apocalíptica pura.

Cojeamos otra vez de la misma pata, del mismo mal que padecieron nuestros padres y los perdió. Todos, o casi todos, andamos de estatistas otra vez. Identificamos nuestros intereses de grupo, de clase, con los intereses generales. Sólo nosotros somos el estado. Es la confusión que llevó a nuestros abuelos a sumir al todo social en bataholas que no tenían por qué haber padecido y soportado. Aquella fue su vorágine. No sabemos si pudo entonces haberse evitado. Pero es pasado. Lo grave es que estemos reeditando el debate y cavemos los mismos fosos de hace dos siglos. Fue perspectiva convenenciera, empecinada en reducir intereses colectivos a los de clase, la que devino en miopía. Y estamos por cometer el mismo error por enésima vez. Es muy importante ahora, para nosotros, para nuestro presente, saber si nos pondremos ahora sí en el carril atinado.

Esto nos tiene que llevar a revisar cuanto elemento para la composición de nuestra realidad social haga presencia. No regateemos ningún análisis. Y como hemos dicho antes que la extrapolación de una parte por el todo fue error trágico, se entiende que habrá que debatir a fondo sobre la cuestión del agente social. Los neoliberales no se mueven de su dogma individualista. Los altermundistas les refriegan la preeminencia de los pueblos. Por ahí tiene que volverse a elaborar la radiografía del estado. Escarbemos un poco en este sabroso tema.

Hablemos de la célula fundatoria del estado. El dogma liberal insiste en la postura de la individualidad activa. Define al estado nacional como un esquema de cooperación voluntaria de individuos aislados, perfectamente completos en sí mismos y absolutamente libres. En este modelo de cooperación voluntaria, se deja al príncipe, al gobierno pues, el monopolio del empleo de la fuerza, como lo señaló Smith, para la prevención en contra de toda violencia desintegradora que venga del exterior, pero también del interior.[9]

Sobre la dialéctica sociedad-individuo, remitimos a la extensa elaboración, trabajada por Marx en la Ideología Alemana y en los Grundrisse.[10] Si bien ya la han repetido y glosado muchos, va una apretada síntesis, en atención a quienes no la conozcan.

a) Por un lado está la naturaleza. Sin la participación laboral humana, sólo hay fuerzas naturales. Cuando el hombre incide sobre ellas, se tornan en fuerzas productivas naturales. Por otro lado, está la horda, la comuna, las fuerzas productivas sociales.

b) En los estadios primitivos, la humanidad sólo pudo hacer frente a la naturaleza de forma colectiva. Sólo las fuerzas productivas sociales podían obtener algún fruto de ella. El interés individual no se expresa. Y si lo hace, se identifica con el de la comuna, como un todo. Así, el Bien Común es interés individual. No están disociados, ni se pueden separar. El individuo no existe, o sólo existe como negación.

c) Con el avance histórico la comuna se amplía, se desarrolla. El incremento de las fuerzas productivas sociales libera al individuo de su dependencia absoluta tanto de la naturaleza como de los no menos estrictos lazos de la comuna.

d)

La individualidad es pues un producto de la historia de la humanidad y no su supuesto. El desarrollo de la individualidad se genera a partir de la sociedad. No hay individuo sin sociedad.

e) Aristóteles enseñó que el hombre era un animal social. Marx amplía el concepto, aduciendo que este animal social sólo puede individualizarse viviendo en sociedad y gracias a ella.

f) Con la aparición del individuo, no tienen por qué coincidir el interés general o Bien Común y el interés particular del individuo o Bien Individual. A la inversa, pueden entrar en franca contradicción. Esta, de darse, viene siendo entonces un resultado histórico y no un punto de partida de la humanidad. Se trata de una etapa transitoria, no absoluta.

g) El proceso de liberación individual parece seguir los graduales pasos de: (1) aportación de trabajo directo (esclavitud), (2) pago de trabajo en especie (servidumbre) y (3) retribución de trabajo en salario (capitalismo) de ilusoria libertad individual absoluta.

h) La modernidad invirtió la relación individuo-sociedad. Percibe a ésta como producto exclusivo de aquellos. Mas una sociedad de este tipo remata en individuos sin sociedad: conjunto de autistas.

i) El modelo histórico del socialismo real existente fue la negación absoluta de una sociedad a partir de la individualidad. Lo que se construyó con ello fueron sociedades sin individualidad.

j) El futuro de la humanidad exige la conciliación de los extremos: llegar a la individualidad desde la sociedad. Realizar la esencia de la relación social solidaria de la comuna primitiva, tras desarrollar a plenitud las fuerzas productivas naturales y también las sociales.[11]

La igualdad entre los individuos no llega de manera natural. Por eso habrá que construir un tipo de estado, que intervenga para reintroducir la equidad cuando se aleje o se pierda. Meter al estado es meter la fuerza. No importa que se entienda la presencia de ésta como natural o convencional. Al aceptar la intromisión de la fuerza entre los individuos, se está poniendo al estado por encima de aquellos. Se admite que el individuo no es el átomo original para la formación de los colectivos. El estado también es un compuesto. Pero puede ser formado a partir de complejos, de subgrupos menores. Dicho de forma más sencilla: los colectivos pueden conformarse con individuos; pero no sólo con ellos. Hay subgrupos con la misma calidad primigenia que los individuos para conformar el estado.

Si el individuo no es la pieza única (dogma liberal inamovible), entonces el estado-nación tampoco tiene por qué ser necesariamente el colectivo perfecto. Es uno entre muchos y no necesariamente el mejor. Se puede pretender llegar hasta él como estación terminal, visto como colectivo óptimo. Sin embargo, resulta igualmente legítimo proponer una meta intermedia, que no concluya en la instauración del estado nación, y se vale. Como también se vale proponer un estado cosmopolita único, en el que quepan todos los individuos o todos los colectivos del mundo. Los colectivos actuales intermedios al estado-nación (pueblos, etnias, sindicatos, familias...), vistos en su propia funcionalidad, dejan de ser intermedios y se tornan estaciones terminales. Los estados nacionales, vistos en función de un estado cosmopolita único, también pasan a ser instancias intermedias. El estado-nación no tiene justificación teórica para ser aceptado como el único colectivo posible o deseable a construir.

Por supuesto que esta implicación embrolla todas las definiciones clásicas y pone en la picota todos los principios aceptados hasta hoy. Y que conste que con ellos se rige la política mundial. Es difícil hacer coincidir los intereses individuales con los grupales. Los grupales tampoco son reductibles a los de la suma de sus individuos. Pero cuando se llega al tema del pacto social, es porque se está hablando de subgrupos, no de individuos. La idea de pacto, es aplicable solamente a colectivos. Y aunque se hable de pactos, sea entre naciones, sea al interior de un estado nación, ese espíritu federal se atiene al cuidado de los intereses de los subgrupos, nunca de los individuos.

La igualdad universal de los individuos [dogma liberal] supone una igualdad permanente de las partes, como garante de la justicia distributiva al interior del conglomerado. Esto vuelve fútil todo acuerdo. Pero la equidad absoluta es químicamente pura. Sólo en los compuestos sociales integrados por grupos hay discordancia de intereses. Las desigualdades aparecen desde el inicio o sobre la marcha, pero se dan. Los pactos se establecen a partir de la desigualdad social, de la inequidad, soterrada o manifiesta. Ella legitima los pactos y les da razón de ser. La experiencia histórica contradice al dogma liberal, en su misma raíz.

Querer uniformar las unidades, que componen un todo social, es una pretensión carente de sentido. Si se toma como unidades a los individuos, ya son idénticos e iguales. Es absurdo entonces desear isomorfizar lo idéntico consigo mismo. Si se toman como unidades a los subgrupos, no hay necesidad natural de semejante uniformidad. Es más, se requiere su disparidad, para que derive la necesidad del pacto social. Por donde se le mire, la equidad universal es artificial y está de más. Van dos textos sobre esto:

"La necesidad de acuñar y emitir moneda es la que otorga su verdadera naturaleza a los estados nacionales. En su concepto de soberanía, Jean Bodin la incluyó como un principio esencial. Había sido durante la edad media cuando se expandió la superstición de que lo que confería valor al dinero eran los actos del gobierno. Después se fijó esta fórmula como principio jurídico valioso, reflejado en la teoría del valor impositus, que ha servido de base en muchos lugares y por largos períodos para la estructuración y legitimación de los estados nacionales."[12]

"Lo que uniforma y establece equidad, reduce y convierte en polvo los excesos execrables y termina poniendo a todo el mundo en situación igualitaria de la media, es el dinero. Y más que el dinero mismo, el sistema de precios.

El orden económico es una consecuencia involuntaria de los actos de muchas personas, en los que cada una busca su propio beneficio. Los precios que se establecen en las transacciones voluntarias entre compradores y vendedores coordinan la actividad de millones de personas, buscando cada una de ellas su propio interés, de tal manera que salgan beneficiados."[13]

El poder igualador del dinero, o sistema de precios, como lo quiere Friedman, hace su tarea. Según él, se forman grupos por ésta o aquella razón. Pero, al final, el poder disuasor de los intereses encontrados vuelve las cosas a su sitio. De manera natural todo retorna al esquema primario de individuos particulares, perfectos y completos. El fundamentalismo neoliberal propone que, no sólo toda transacción, sino toda relación humana, se rige por el intercambio individualizado. Entroniza al dinero como cemento social, al que hay que dejar funcionando a plena libertad para que regule a la comuna y consiga la ansiada equidad entre los individuos. Se dijo empero que sólo hay desigualdad donde hay colectivos, no donde sólo hay individuos. Para compuestos de mónadas aisladas, absolutas y perfectas en sí mismas, jamás se perturba la equidad absoluta. Por tanto es superflua esta presencia exclusiva del dinero.

Marx no sostiene la automática naturalidad del dinero. No le atribuye tan humanitaria cualidad. Los intereses grupales no se diluyen, sino que se rigidizan, toman fuerza y terminan imponiéndose, subyugando a los individuos. Someten al mismo estado para ponerlo a su servicio. "El poder social, esto es, la fuerza de producción multiplicada, que nace por obra de la cooperación de los diferentes individuos bajo la acción de la división del trabajo, se les aparece a estos individuos... como un poder ajeno, al margen de ellos... que no pueden ya dominar... y que incluso dirige su voluntad y sus actos".[14]

Es tan plástico en sus descripciones, que se antoja citar más pasajes suyos. Van dos: "Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato; la violencia, en una palabra. En la dulce economía política, por el contrario, reina siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza han sido desde el primer momento la ley y ‘el trabajo’, exceptuando siempre ‘el año en curso’. Los métodos de acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos".[15] El otro:

"Si el dinero, según Augier, "nace con manchas naturales de sangre en un carrillo", el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza."[16]

No difieren entonces el modelo liberal y el postulado marxista en que uno niegue y el otro afirme la presencia de la fuerza, o en que la irrupción de ésta deslegitime al estado. Para los liberales, el monopolio del poder en manos del príncipe es una concesión libre y voluntaria de los ciudadanos autónomos. Para Marx, no se trata de ninguna concesión graciosa; proviene de la violencia organizada de la clase dominante que, en su opresión sobre las otras, ejerce de manera legal.[17] El príncipe liberal es entonces un primum inter pares (superior entre iguales); mientras que el príncipe marxista vendría siendo un alius servus domini (otro lacayo del señor), como son súbditos del señor todos los miembros de las clases oprimidas.

Frente al monetarismo neoliberal, los altermundistas sostienen una posición diversa.

En el dinero reside valor (plusvalía). Pero lo que le otorga tal calidad es la fuerza de trabajo humana excedente. Esta fuerza de trabajo, aportación estrictamente humana, es la esencia, la valiosa mercancía, el jugo vital que buscan de apropiarse todos, en cada operación de intercambio de mercancías.

Este valor real es lo que se disputa de manera tan encarnizada en la lisa cotidiana. La lucha por la apropiación económica no es por objetos, sino por sujetos; no es por cosas sino por personas.

Engels lo dice de esta forma: "Para Henry George [teórico y líder gringo] la causa de la escisión del pueblo en ricos y pobres es el hecho de que las masas de la población hayan sido expropiadas de la tierra. Esto no es enteramente exacto, desde el punto de vista histórico.

La forma de opresión de clase, predominante en la antigüedad clásica y en la asiática, fue la esclavitud; por tanto, no la expropiación de la tierra a las masas, sino la apropiación de sus personas. En la edad media, la fuente de opresión feudal no fue haber expropiado de algo al pueblo sino, por el contrario, haberlo

apropiado, haberlo incorporado a la tierra..."[18]

Marx detalla el proceso aludido en la cita anterior, con nítida precisión, en el famoso capítulo XXIV de su primer libro de El Capital, La llamada acumulación originaria:

El obrero contrata con el capitalista su fuerza de trabajo por una cantidad x de salario. Con algunas horas de trabajo, reproduce el valor de la cantidad monetaria recibida. Pero su contrato le obliga a seguir afanándose, hasta completar el tiempo estipulado. El valor producido por el trabajador en estas horas adicionales forma la plusvalía.

Al capitalista, ésta no le cuesta nada, pero no tiene empacho en embolsársela, y dejar nomás mirando al trabajador. A la larga, los que acumulan se enriquecen con lo que despojan. Esta exacción divide a la sociedad en dos bandos. De un lado, los ricos que se adueñan de los medios de producción y de sustento; del otro, la masa expoliada de trabajadores asalariados cuya única propiedad consiste en su fuerza de trabajo individual.[19]

El estado nacional fue generado con esta lógica de despojo y conquista. La violencia es su cuna y su destino. Más o menos eficiente, regionalizado o globalizado, responde a la misma dinámica. Y funciona en interés de cuidar y reproducir las mismas garantías. Abusando de las brillantes precisiones de Marx, traigamos una más, contenida en El Capital, tras una reflexión teórica de elaborado seguimiento, en la que establece la diferencia entre el tiempo de trabajo socialmente necesario y la plusvalía:

"[Hay dos períodos en el proceso de trabajo. Uno, que emplea el trabajador en producir su parte alícuota de la jornada, correspondiente al valor de su fuerza de trabajo...] El segundo período del proceso laboral, que el obrero proyecta más allá de los límites del trabajo necesario, no cabe duda de que le cuesta trabajo, gasto de fuerza laboral, pero no genera ningún valor para él. Genera plusvalor, que le sonríe al capitalista con todo el encanto cautivante de algo creado de la nada... La forma, en que se expolia ese plustrabajo al productor directo, es lo que distingue las formaciones económico-sociales... La tasa de plusvalor es, por consiguiente, la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, o del obrero por el capitalista."[20]

Ahora que levantan la voz nuestros indígenas en el continente, ahora que se hacen oír los sin voz, los hombres del continente, nuestros pueblos profundos, empezamos a diferenciar entre la atávica propuesta de un mundo para todos, un mundo en el que se mande obedeciendo, una realidad tan diversa, tan antigua pero tan doméstica, que nos resulta profundamente familiar, y que no tiene que ver con fanfarrias ni estallidos molotov. La globalifobia no está exenta de la confusión sobre la naturaleza del estado nacional. Al contrario, la vemos presente en muchas páginas altermundistas. En sus manifiestos se leen diatribas contra el neoliberalismo deshumanizador, porque atenta en contra de la soberanía estatal. Como si éste fuera el cáncer a combatir, como si valiera la pena meter la mano por un estado-nación supuestamente seráfico.

La tirantez generada en los pueblos autóctonos por la implantación del modelo estatal, antaño y hogaño, reaparece con sus mismos tintes dramáticos en la expansión neoliberal de última hora. Curiosa coincidencia de confusión se observa en el rechazo radical, que nuestros pueblos americanos realizan de esta forma extrema de rapiña. Tiene la resistencia visos de repugnancia al modelo estatista, sí, avalada en la experiencia del inacabable saqueo. Pero luego viene a parecerse al rechazo de una constitución neoliberal para la Unión Europea, recién votada por holandeses y franceses. Allá pareciera ser prurito nacionalista. Pero como lo plantean zapatistas, bolivianos, ecuatorianos, pareciera ser lo mismo. ¿Lo es?

La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) dio el banderazo para ponernos en guardia, por si no nos habíamos dado cuenta de la naturaleza expoliadora de la economía que nos rige. La mira librecambista, al hablar de desregulaciones, de reformas estructurales, de flexibilización de leyes laborales, es convertir en letra muerta las constituciones de los estados nacionales, que contengan aún beneficios para los trabajadores. Su objetivo es inhumar a los estados nacionales, pero no por ellos mismos que les fueron tan útiles, sino por lo que conserven de viejas conquistas y fueros comunales. De manera calculadora, se conserva de ellos lo que aún resulte útil: su maquinaria, sus aparatos de control, sus estructuras legitimadoras, en tanto sirvan al proceso de despojo y de explotación generalizada.

No debíamos de admirarnos. La dinámica liberal se atiene a la visión mercantil de la sociedad, de la vida humana. Siempre ha sido así. El estado-nación está sucumbiendo en manos de sus mismos creadores, como entelequia inútil. Los mercachifles se enfilan hacia el control social definitivo. Si no creamos una forma de detenerlos, el sacro estado sufrirá su colapso definitivo. Se desatará la guerra de todos contra todos, porque en la intimidad del proyecto de los mercaderes reside la competencia, la terrible concurrencia, la ley de la selva, donde sobrevive el más gandalla, el más vivo, el más perverso.

Se maravillan muchos de que hayan sido nuestros indígenas, quienes pusieran y sigan poniendo el grito en el cielo en contra de la neoliberalización del campo. La cuestión no reside en constatar si los indígenas son o no capaces de comprender el duro proceso al que se enfrenta la sociedad en general, sino en detectar si la voracidad de los mercaderes, que controlan el timón de la nave, ya se excedió en sus ambiciones y tocó las últimas fibras sensibles. No les tembló el pulso para fijar, con calidad de ley constitucional, la absurda pretensión de convertir los territorios del país en mercancía. La vieja, la rancia posesión indígena de la tierra, que incluso llegó a considerarla una diosa, la gran diosa madre, en manos de los mercaderes ha sido convertida en una diosa devaluada, en una diosa descontinuada. Ahora la sacrosanta madre tierra tiene el valor de un papel, de una letra de cambio, de un cheque. Puede permutarse en una operación mercantil. [vide anexo 1]

El viejo dicho indígena de que la tierra no tiene precio es verdad que torna obsoleta el insensible mercado neoliberal. ¿Cómo no iban a pegar el grito en el cielo nuestros indígenas, si de cuantos embates a su existencia han resistido en quinientos años, éste aparece como el más burdo, el más zafio, el más descarnado de todos?. A todos tiros sufren la amenaza de su desaparición, de su extinción como grupo. Su reacción defensiva es comprensible y automática. No ocupaban ser doctores en economía graduados en Harvard, para entender con claridad que éste es el atentado más descarado, el más cruel de todos los que han sufrido.

Aquí entran a la lisa dos cosmovisiones. La de las sociedades organizadas para la competencia, que utilizan como cemento social el miedo y la fuerza. La autoridad está integrada a su estructura central como elemento disuasorio fundamental. Aunque, en el fondo, lo que hay es una profunda desconfianza en el otro, en la especie.

Los que preconizan sociedades de este tipo, parten y defiende el individualismo a ultranza y su valor social básico es la competencia.

En cambio la cosmovisión de las sociedades organizadas para convivir y ser utiliza de cemento social al amor y al convencimiento. Se puede tachar esto como un postulado romántico y poco realista. Pero, en el fondo, es realista, y en definitiva es optimista y generoso. Parte de una profunda confianza hacia la especie, hacia el otro.

Quienes la preconizan defienden una composición orientada hacia la comuna, de carácter colectivo. Su valor social básico es la solidaridad.

Algo había advertido Engels de la confrontación ancestral de estos dos modelos irreductibles: "Nada sabemos respecto a cómo y cuándo se produjo esta revolución[21] en los pueblos cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos. Pero los datos reunidos, sobre todo por Bachofen, demuestran plenamente que esta revolución se produjo; y con qué facilidad se verifica, lo vemos en muchas tribus indias donde acaba de efectuarse o se está efectuando, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de vida, y en parte por la influencia moral de la civilización y de los misioneros..."

Engels lo escribió en 1884. Ciento diez años después, unos indios mexicanos, marginados a la periferia de nuestra economía, los más pobres de nuestros pobres, sienten que se recrudece su aislamiento y que se maquina una forma aún más eficiente de despojo y destrucción de su viejo cosmos. Pegan el grito en el cielo. Muchos cerebros se hacen cruces, exprimiendo su magín, para encontrar el misterio sobre cómo estos señores se dieron cuenta de los ‘posibles atropellos’ que les acarrearía el nuevo formato económico. No caen en la cuenta que se trata de una experiencia secular acumulada, la que les proporciona información tan puntual y precisa.

Como la mayoría de nuestros analistas no va al meollo del asunto, se ha privilegiado un tratamiento tangencial del caso. Uno de estos giros circunvolutorios sobre el conflicto Chiapas-Gobierno invoca al desajuste en el pacto federal. Van tan lejos algunos que hasta hablan de una supuesta balcanización inducida desde el extranjero, con el avieso fin ulterior de despojarnos del control del agua o de las riquezas del subsuelo de una opulenta región. Otros lo caracterizan cual fenómeno de retroceso tribal frente al bien cuajado modelo estatal. Los discursos periféricos revelan siempre un fondo de intolerancia e irracionalidad supina. Es triste espectáculo cuando lo exudan hombres de inteligencia. O se descubre una no más oculta actitud genuflexa de estos intelectuales ante el poder, si se prosternan tan burdamente ante nuestros mercachifles.

Apenas la semana recién concluida, desde un rincón de la selva chiapaneca, el EZLN convoca a los mexicanos y, con ellos, a todos los productores del orbe, a refundar el estado. Pero ahora desde la perspectiva de los ‘de abajo’. Es el contenido central de la 6ª. Declaración de la selva lacandona. [vide Anexo 2] Tras enterarnos de los procedimientos violentos y criminales de que se echa mano en estos procesos, sobre todo por parte de los grupos que buscan la preeminencia y el control del todo social, ¿Qué sentido se halla en tratar de congregarnos en estados nacionales, o en estados globales, o en cualquier otro tipo de colectivo clasista, con el peregrino ideal de formar comunas armoniosas?

Importa saber quiénes concurren y en calidad de qué, para establecer con claridad las reglas de juego. Hemos virado en redondo. Estamos como al principio. En Westfalia se hablaba de permitir ingresar al estado a todos los colectivos posibles, previa identificación y regulación pertinente. Tales fantasías inalcanzables fueron incineradas por el avance arrollador del capitalismo salvaje. Y las, ahora también arcaicas, tropelías británicas y gringas, vienen siendo tortas y pan pintado frente a los atropellos actuales, que padecemos y atestiguamos. Parece volverse imposible todo acuerdo.

Una de las maldiciones que echa el fundamentalismo neoliberal, como la vieja cantaleta eclesial de que fuera de la barca de san pedro no había salvación posible, se finca en la predicción derrotista de que no hay otra salida, sino la que ellos proponen. Pero los altermundistas tienen otra fe. Habrá que otorgarles el beneficio de la duda [ésta es mi propuesta particular], y atenernos a ella. Hemos de suponer que sí hay otras luces al final del túnel, diversas a la excluyente flama neoliberal.

El altermundismo presume que, fuera de los cuadros teóricos del fundamentalismo neoliberal, hay posibilidad de formar grumos o conglomerados sociales. Sus intereses declarados pueden ser de carácter religioso, erótico, estético, histriónico, deportivo, del que sea. Nada hay que impida participar a cualquier grumo social en el colectivo. Pero no deberá alzarse grupo alguno con la representación exclusiva del estado, con la banderola de la identidad exclusiva, so riesgo de desestabilizar o de destruir el conjunto.

Esta prohibición es clave. Se establecerá por igual para grupos de facinerosos, para los de bufones, y aún para los de los santos, pues se trata de la pervivencia y del buen funcionamiento del conjunto. Ello garantiza el buen funcionamiento de cada grumo social, por muy encontrado que se encuentre frente a otro subgrupo interactuante. Pero lo mejor de todo es que posibilita la realización plena de cada uno de los individuos. No importa que pertenezca a un subgrupo particular o se maneje por su cuerda monádica y aislacionista. De observarse este comportamiento, en forma universal y por todos los grumos sociales participantes en el colectivo, nada ni nadie perturbará la paz social. Ni siquiera el autismo que, así visto, generaría aberraciones en el producto. Cualquier tendencia es inocua al colectivo.

En un intenso debate que sostuvieron en días pasados, Adolfo Gilly y José Blanco, se lee como punto común, como plataforma de entendimiento para la situación actual, que en la sociedad moderna existe una lucha de clases, donde el tema en disputa es, por un lado, cuánto va al consumo (individual y social) y cuánto a la acumulación (productiva e improductiva); y quién decide sobre las magnitudes y el destino del fondo de acumulación.[22] Según la jurisprudencia liberal, corresponde decidir esto a los propietarios del capital. ¿Qué pasa con los productores, que generan la plusvalía, de la que provienen ambos fondos, el de consumo y el de acumulación?. ¿Podrán seguir siendo excluidos permanentemente de tales decisiones, sin que truene cualquier modelo que se construya sobre esta asimetría?.

Pero si algún grupo de interés es rebelde al objetivo universal, conjura y forcejea para salirse con la suya, ¿habrá que recurrir otra vez al expediente de la fuerza? ¿La fuerza de cuál grupo, o la de la alianza de cuáles grupos, vendrá a ser la garante de un ejercicio menos nocivo de la fuerza, de manera que se permita otra vez la aparición de este demonio, de este veneno, de elemento tan altamente corrosivo para la conformación de las sociedades?. Como se ve, no es fácil finiquitar un debate. Por hoy, con esto baste. Considero pertinente cerrar todo este alegato con dos aforismos de uno de nuestros grandes lamas filosóficos, don Manuel Kant, quien afirma en su Filosofía de la historia:

"Principio octavo: La historia de la especie humana puede considerarse en su conjunto como la ejecución de un secreto plan de la naturaleza, para la realización de una constitución estatal interiormente perfecta y, con este fin, también exteriormente, como el único estado en el que aquella pueda desenvolver plenamente las disposiciones de la humanidad.

"Principio noveno: Un ensayo filosófico que trate de constituir la historia universal con arreglo a un plan de la naturaleza, que tienda a la asociación ciudadana completa de la especie humana, no sólo es posible sino que debe ser considerado en su efecto propulsor."[23]

Muchas gracias.

Caracas, Venezuela. 7 de julio de 2005


Anexo I:

La propiedad territorial en México.

Introducción mínima.

Un estudio detenido sobre las formas de propiedad territorial en nuestro país no puede ignorar la forma de tenencia y posesión con que se regían las comunidades prehispánicas antes de la llegada de los españoles. Pero como estas figuras, en su gran mayoría, fueron desapareciendo primero con lentitud en el período colonial y luego más aceleradamente ya desde la independencia hasta nuestros días, me ahorraré este capítulo e iniciaré su esbozo a partir del período colonial.

A) Aparición de los pueblos [comunidades agrarias indígenas]

A la llegada de los españoles muchas etnias ya se hallaban asentadas firmemente en sus territorios, mas no todas. Grandes núcleos humanos aún practicaban el nomadismo. La conquista fue una empresa económica. La colonización buscó la fórmula más adecuada para convertir a los indígenas sometidos en sujetos económicos, que produjeran y pudieran también ser convertidos en sujetos de tributación. Había que sedentarizar a todos o a los más, para conseguir tal objetivo. Pusieron manos a la obra.

Se recurrió a las figuras del repartimiento de indios y a la encomienda. Para ello se inventó la fórmula de congregar a los indígenas en asentamientos nucleares o pueblos. El fin central de esta política tendía a que esos pueblos cubrieran la demanda de productos agropecuarios exigidos por los centros urbanos y las explotaciones mineras. No funcionó. Su estructura básica pretendía dinamizar la mano de obra indígena para apuntalar la economía. Pero la tradición ancestral de los naturales, si bien de corte agropecuario, había abrevado a lo largo de los milenios anteriores en torno a la autarquía. No pudo la naciente economía colonial enganchar a los pueblos indígenas en este furgón.

Esta política duró desde 1550 hasta 1620. La titulación y deslindes territoriales se efectuaron a través de las llamadas ‘mercedes reales’, cuyas figuras pueden ser agrupadas en cuatro principales:

Tierras de comunidad o ejidos: aguas, pastos, bosques de aprovechamiento común.

Tierras de propios: destinadas a solventar los gastos públicos.

Tierras de común repartimiento: áreas parceladas para el usufructo familiar

Solares: fundos del casco urbano para residencia de los vecinos.

B) Aparición de las Haciendas:

La hacienda viene siendo la segunda figura económica agropec

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