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Título: La vida humana ante los desafíos del capital (II): El capitalismo actualAutor(es): José Ramón Fabelo Corzo
Fecha de publicación: 15 de Septiembre de 2005
Ponencia presentada en el V Encuentro Cuba-México de filosofía, julio de 2005, y segundo de una serie de trabajos dedicados al análisis de la relación contradictoria entre el capitalismo y la vida humana. El primero "bajo el subtítulo "El legado de Marx"- apareció en el número 2 de esta misma revista
Tal vez el rasgo que más tipifica los cambios operados en el capitalismo actual sea la mundialización de sus atributos fundamentales. El capital se desprende del rostro nacional que lo había identificado durante su etapa clásica. No sólo la materia prima, tampoco los trabajadores, los dueños de las acciones, ni el proceso productivo mismo quedan enmarcados en fronteras nacionales precisas. La competencia de productos, firmas y personas ya no se realiza entre vecinos, sino con la mediación a veces de miles de kilómetros, sin que los competidores siquiera sospechen quiénes son sus oponentes. La lógica actitud darwinista que genera la competencia, en tanto mecanismo principal del sistema, ahora sí que representa una verdadera lucha por la existencia de todos contra todos. El enfrentamiento entre individuo y especie, al que Marx en su época hacía referencia, es en este momento mucho más diáfano.
El modelo económico en que se enmarca la mundialización posee los mismos fundamentos liberales del capitalismo clásico. De hecho, es ese el modelo por excelencia del capitalismo, el que más plenamente expresa su esencia. Basado en la idea de que cada individuo debe convertirse en un agente productivo, atendiendo únicamente a sus propios intereses individuales y que, por consiguiente, debe dejar de ser preocupación y ocupación de la sociedad, el liberalismo o el neoliberalismo "su versión más contemporánea y extrema- dictan a todos más menos el siguiente patrón de conducta: "cada uno atiéndase a sí mismo y así estará mejor atendido". De tal forma, cualquier percance social será de la exclusiva responsabilidad de los individuos involucrados y no del sistema ni de sus instituciones. Así se deja de manera ex profeso fuera del control social los asuntos asociados tanto a la vida general de la especie como a la vida concreta de cada individuo.
Como puede apreciarse, la globalización neoliberal actual es en buena medida la expansión hasta un marco planetario de los mismos atributos del liberalismo clásico nacional, con sus consiguientes secuelas negativas para la vida, ahora redimensionadas debido al alcance mismo del sistema. Pero la mundialización también entraña una serie de características particulares que la convierten en lo que podríamos calificar como una nueva forma de imperialismo.
Sí, se trata de un capitalismo imperial que para tal propósito utiliza como principal mecanismo al propio libre mercado mundializado. A diferencia de épocas anteriores, en las que los imperios eran fomentados como resultado de las guerras de conquista, la colonización física de otras tierras, el uso de grandes ejércitos y de una numerosa burocracia encargada de velar por los intereses de la metrópoli, en nuestros días el modo típico de lograr los mismos resultados es mucho más sutil, menos complicado y más efectivo. El papel que antes desempeñaban la violencia y los métodos compulsivos ahora se le ha dejado al automatismo mercantil, preservándose la soberanía formal de la mayor parte de los pueblos dominados. En realidad, el colonialismo tradicional ya hoy es en lo fundamental innecesario y ajeno a los intereses del capital. El mercado hace las veces de colono extranjero y lo hace mejor.
Es cierto que el imperialismo sustentado en el librecambio tiene importantes antecedentes ya desde finales del siglo XIX y que se convirtió en predominante después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo, con el desmembramiento del anterior sistema colonial. Sin embargo, en nuestros días, el dominio imperial ha encontrado aun más sofisticadas vías de realizarse, no reductibles a marcos estrictamente económicos, sino también con expresiones concretas en los ámbitos político y cultural. Todo ello ha conllevado a que el control se ejerza ya no sólo sobre las naciones, o a través de ellas, sino directamente sobre la vida concreta de los individuos.
Este poder imperial de nuevo tipo dispone de diversos mecanismos para su realización efectiva. Las recetas neoliberales y los tratados de libre comercio han favorecido las privatizaciones masivas, el debilitamiento de los estados y de su capacidad de protección de las economías nacionales y el libre flujo sin restricciones de casi todas las mercancías. Por las propias leyes inherentes a la competencia, las economías fuertes encuentran así un idóneo mecanismo de succión de plusvalor. Nadie tiene que ir a arrebatarle las riquezas al otro. éstas fluyen por los canales "naturales" de la economía hacia las arcas de los poderosos.
Una prueba adicional de que tales mecanismos operan al margen de la vida, es el hecho de que es ella precisamente "la vida y su capacidad productiva- la única mercancía que, sin ser más que eso, tiene prohibido el libre flujo. El mayor dominio sobre la vida de los trabajadores puede realizarse mejor precisamente allí donde el tiempo de trabajo necesario "es decir, el valor (económico) de la vida- es menor. Por eso, las fronteras de los países ricos han de permanecer cerradas a la entrada de fuerza de trabajo, o sólo selectivamente abiertas para la captación de cerebros y músculos excepcionales, o para dejar llegar sólo una pequeña parte de la fuerza laboral con intenciones de hacerlo. Esta última, mantenida como ilegal e indocumentada, siempre será necesaria a fin de que se encargue de realizar los trabajos más sucios y peor pagados que precisan ser ejecutados in situ. Para todos los demás casos es preferible que sea el capital el que fluya al Sur en busca de las mayores cuotas posibles de plusvalía, que, como vida humana cosificada, de esta forma incrementada le será arrebatada a sus legítimos dueños.
Por otro lado, la mayor parte de ese capital que va al Sur queda flotando en la especulación financiera, es decir, no se traduce en inversiones en máquinas y equipos, sino que se utiliza en la compra de acciones y bonos, cuya total liquidez permite su retiro instantáneo. Debido a su carácter especulativo, es éste el capital más ajeno a cualquier interés vital, su valor de uso se reduce a la búsqueda de su propio incremento. Sin compromiso con nada que huela a vida concreta, este capital golondrina levanta su vuelo en el momento menos pensado en busca de mejores tasas de interés sin parar mientes en las secuelas humanas que deja tras sí. En su huída se lleva, cual vulgar ladrón, una buena parte de la vida nacional, dejando una moneda totalmente devaluada y a merced de otros futuros especuladores.
Como "espada de Damocles" sobre la vida de los países pobres, el pago de la deuda externa y de sus intereses es otro de los mecanismos fundamentales que garantizan una "limpia" fuga de capitales hacia las metrópolis imperiales. Para los endeudados es un problema acumulativo que, lejos de solucionarse, se incrementa. Una buena parte de su Producto Interno Bruto (PIB) lo dedican cada año al pago de estos compromisos y aunque algunos de ellos ya han saldado su deuda inicial incluso varias veces, siguen debiendo todavía más por los intereses acumulados. Muchas de esas deudas fueron contraídas precisamente con el objetivo de paliar las crisis financieras provocadas por la fuga en masas de los capitales golondrinas. La "salvación" instantánea lleva a la larga a un hundimiento mucho más profundo, a una constricción de la soberanía y a una dependencia casi total en relación con los acreedores. Cualquier niño de los países endeudados ya debe al nacer una buena parte de su vida a los poderosos.
A diferencia de los imperios tradicionales que extendían su poder de acción a un cierto territorio delimitado, el actual capitalismo imperial es abarcador prácticamente de todo el planeta. La globalización neoliberal no admite la disidencia. Aquellas naciones que se resistan a entrar por sus causes corren el riesgo de ser incluidas en el "eje del mal", aparecer en la lista de países que auspician el terrorismo o ser condenadas por violar los derechos humanos. Una vez estigmatizadas bajo cualquiera de estos epítetos o de todos a la vez, pueden ser víctimas de "guerras preventivas" con algún pretexto adicional como la posesión de armas de exterminio masivo, aunque no haya la más mínima prueba de su existencia. El objetivo es convertir a esas naciones en "libres" y "democráticas", es decir, en territorios plenamente conquistados por el imperio mercantil. Las invasiones no tienen el propósito de quedarse indefinidamente, sino de abrirles el paso a las transnacionales. Así, de una u otra forma y en un sentido literal, el dominio va alcanzando a la vida de toda la especie.
Claro que las guerras no deben constituir el mecanismo idóneo para alcanzar estos propósitos. Ellas siempre entrañan un costo político y parece que seguirán siendo una opción extrema.[1] Así y todo, la recientes acciones bélicas emprendidas por Estados Unidos y, sobre todo, la guerra contra Irak, en contra de la voluntad mayoritaria del planeta y del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, han puesto crudamente sobre el tapete la existencia de un gobierno mundial de facto, no elegido por nadie, "autolegitimado" sobre la exclusiva base de su superpoder, sin siquiera un mínimo de apariencia democrática, sin nada que se parezca a una ciudadanía mundial que le sirva de contrapeso. Esta especie de dictadura planetaria resulta totalmente contraproducente, ya no digamos para la vida, incluso para el propio libre mercado, cuya imposición puede ser violenta, pero que requiere estructuras políticas flexibles para su consolidación.
Sobre todo por esta última razón el actual (des)orden mundial militarizado no parece que se constituya en un status permanente, al menos por el momento. Claro que el gobierno mundial de facto continuará existiendo y seguirá teniendo con toda probabilidad su capital en Washington. Pero sus mecanismos fundamentales de dominio han de ser más "civilizados", menos evidentes, como indirectos, reforzando una imagen de inocencia para los centros del poder mundial. Es ese, en realidad, el maquillaje social que mejor le viene al imperio mercantil: un ambiente de presunta libertad, de imaginaria igualdad de oportunidades, que genere confianza, que siembre la ilusión de justicia.
Para lograr sus supremos propósitos existen otros instrumentos políticos, con máscaras de puras instituciones económicas, que siempre serán preferibles utilizar antes que la guerra. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son, en ese sentido, inestimables colaboradores del actual capitalismo imperial a fin de lograr en las distintas naciones la disciplina económica necesaria al sistema. Ahí están sus programas de ajuste estructural que ponen como condición a aquellos que aspiran "o necesitan- obtener sus servicios. En principio, nadie está legalmente obligado a aplicarlos. Hacerlo es decisión soberana de los gobiernos nacionales. Sin embargo, en la práctica, en la mayoría de los casos a los gobiernos no les quede otra opción, dado que aquellas instituciones prácticamente controlan todo el capital del planeta. Aun así, la firma del contrato siempre se hará como resultado del libre ejercicio de la voluntad de cada parte. De la misma forma que el obrero no tiene más alternativa que ofrendar "libremente" su vida al Dios Dinero con tal de seguirla teniendo, con igual propósito en el capitalismo imperial las naciones pobres no pueden más que "elegir" comprometer la vida de toda una nación. En eso radica la invisibilidad de la compulsión, de la explotación, del robo de vida. Inteligentemente, el capitalismo a todos garantiza la libertad, pero no la vida. Así, como la primera no tiene sentido sin la segunda, aquel que no tenga asegurada la vida, correrá a entregar "libremente" su libertad. Es por esa razón que tanto al obrero, como a las naciones pobres, la libertad capitalista les dura muy poco, sólo les sirve para voluntariamente devolverla.
Por supuesto que ese brazo ejecutivo del poder imperial, representado por las instituciones financieras, necesita de un cuerpo legislativo -y de su respectivo poder-, que garantice el cumplimiento de los contratos, vele por la observancia irrestricta de las leyes del libre mercado y cuide el sacrosanto derecho a la propiedad en las relaciones internacionales de intercambio. Tal función la desempeña la Organización Mundial del Comercio. Esta organización puede, por ejemplo, arremeter contra aquellos estados que intenten poner ciertas restricciones al comercio a fin de proteger el medio ambiente, o que decidan fabricar medicamentos genéricos para asegurar la salud de sus ciudadanos. Es ésta una prueba más que evidente de que, en el fondo, para esta institución lo más importante es velar por los intereses de las transnacionales, aun en oposición abierta a la vida humana concreta. Por eso, las legislaciones nacionales tendrán que subordinarse a la de la OMC. La soberanía nacional quedará a expensas de los expertos de esta institución, que serán los que decidirán en relación con las disputas originadas en el comercio.
Y es éste apenas uno de los sentidos en que es limitado el poder nacional a favor del no siempre ostensible poder imperial. Con la complicidad de los gobiernos nacionales o aun en contra de la voluntad de éstos, lo cierto es que las políticas domésticas de las naciones cada vez tienen menos capacidad de regular sus propias economías. El papel que en ese sentido les tiene asignado el neoliberalismo poco tiene que ver con la vida real de sus conciudadanos, sino que se reduce en buena medida a ser una especie de policía del mercado, es decir, a velar porque éste funcione adecuadamente, de una manera "ciega". "Los gobiernos de los países pobres "comenta al respecto Susan George- deben aceptar las desregulación de sus mercados y abrir sus puertas a la competencia global, al mismo tiempo que tratar de mantener bajo control a sus poblaciones insatisfechas".[2] Claro, no es ese el papel que se autoasignan los gobiernos de los países ricos, sobre todo cuando el movimiento libre del mercado corre el riesgo de volverse en contra de los intereses de los poderosos. En ese caso sí son válidas las medidas proteccionistas, las barreras no arancelarias, los subsidios, la regulación del movimiento mercantil, todo lo cual muestra la hipocresía y la demagogia ideológica que entraña el neoliberalismo.
Bajo estas condiciones de tan disminuido poder para los gobiernos nacionales, ya las seudodemocracias en estas naciones no preocupan mucho al gran poder imperial. Es preferible una fachada democrática que apoyar como antaño a regímenes dictatoriales abiertamente actuantes a favor del imperio. A fin de cuentas, el verdadero poder transnacional no se somete a sufragio. Con una apariencia de participación, muy conveniente para la imagen del sistema, los juegos electoreros se reducirán las más de las veces a contiendas entre grupos ambiciosos de un cuasipoder que utilizarán sobre todo en beneficio propio. Si alguna vez la democracia "falla" y sale electo un gobierno de izquierda, quedará atado en sus posibilidades ejecutivas por los contratos firmados por sus predecesores con el FMI y el BM, por los intereses de las transnacionales convertidos ya en poder real al interior del país, por la deuda externa que heredará, por la permanente amenaza de huida del capital especulativo ante los primeros síntomas de falta de estabilidad política. Si aun así el testarudo gobernante sigue molestando con hacer reformas que beneficien la vida de las capas más humildes, siempre quedará la posibilidad de echar mano a los viejos métodos: un golpe de Estado, el magnicidio o la invasión directa.
Por si fuera poco todo esto, el imperialismo actual cuenta además con otro poderoso recurso: el poder sobre la cultura, el dominio de las conciencias. En este mundo globalizado, las palabras y las imágenes también se han transnacionalizado. Como mercancías, a fin de cuentas, tienen por dueños a los mismos que poseen el capital, con la única diferencia de que devuelven a quienes las detentan no sólo grandes beneficios económicos, sino también una importante "plusvalía ideológica". Los sofisticados métodos actuales de apropiación de la vida de la mayor parte de la humanidad no podrían tener un éxito sostenido sin la hegemonía cultural, sin el dominio del mundo simbólico de la gente. Este dominio puede realizarse bajo una apariencia de pluralidad y tolerancia hacia lo diferente, siempre que los "valores" claves del liberalismo queden fuera de toda cuestión. Se puede ser distinto en cualquier sentido, menos en ese. El resultado es que, en este planeta tan culturalmente diverso, la mayor parte de la humanidad ha convertido en propia la cultura mercantil del capitalismo, no importa que en el contexto dado esa cultura carezca de sustento real o se apoye en puntales muy endebles. De hecho, en una buena parte del mundo, la hegemonía de la cultura capitalista está asociada a un imaginario construido e impuesto a contrapelo de la realidad cotidiana que se vive. La clave de este "gran éxito" del capital en la transfiguración de las conciencias radica en algo relativamente simple: la cultura liberal no se presenta a sí misma jamás como eso, es decir como cultura, como un modo humano de ser, que al mismo tiempo podría ser de otro modo. No, se presenta como el ser mismo de lo humano. Los "valores" del liberalismo se ontologizan, se convierten en una invariante antropológica. Como estos valores se identifican con lo humano mismo, toda disidencia es tildada de bárbara, salvaje, incivilizada, necesitada de una corrección a favor del propio disidente, aunque sea al precio de su vida. Son las mismas paradojas axiológicas de siempre: el conquistador aniquila y mata en beneficio de las víctimas. Y lo peor ocurre cuando las propias víctimas quedan incapacitadas para identificar el crimen que les arranca la vida. Es eso precisamente lo que está ocurriendo en la mayor parte del planeta. En 1844 Marx afirmaba: "hoy en día la conciencia universal es una abstracción de la vida real y como abstracción se le contrapone antagónicamente".[3] Más de 160 años después la situación ha cambiado muy poco.
De tal forma, diferentes mecanismos, económicos, políticos y culturales se complementan para proporcionar una tupida red de poder a favor de los intereses del capital transnacional, dando como resultado un capitalismo imperial tal vez no tan nítidamente visible como antaño, pero sí con un dominio prácticamente totalitario sobre la vida de la especie, poder que no es utilizado precisamente a favor de la vida, sino buscando las siempre crecientes ganancias.
Pero eso significa ya hoy no sólo una abstracción de la vida en la realidad socio-económica, sino una ofensiva despiadada contra ella. Los vaticinios de Marx sobre la incompatibilidad entre capitalismo y vida hoy son más evidentes que nunca. El capitalismo no ha dejado de crecer. En realidad, no puede dejar de hacerlo, es una condición de su existencia como sistema económico mundial. Pero este crecimiento, al fraguarse con absoluta independencia de las necesidades reales de la población del planeta, trae aparejada una contradicción cada vez más aguda con la que debía ser una tendencia natural a la autoconservación de la especie. Esa contradicción se expresa en una cada vez mayor polarización del crecimiento. Todos los años aumenta el PIB global del planeta, pero también aumenta, por ejemplo, el número de desnutridos y de muertes por hambre. Al mismo tiempo, el crecimiento del PIB (concentrado en los países altamente desarrollados) no siempre alcanza para cubrir el crecimiento de la población mundial (que transcurre fundamentalmente el la parte más pobre del planeta). Y uno y otro crecimientos, además de contradictorios y polarizados, tienen lugar en los marcos de una capacidad limitada de carga de la naturaleza, capacidad que ya comienza a mostrar por doquier evidencias de su desbordamiento. En el fondo, la incompatibilidad entre capitalismo y vida tiene su expresión más diáfana en la contradicción entre la necesidad permanente de expansión del primero y el carácter finito de la biosfera en la que aquel crecimiento ha de tener lugar. Esta última no sólo no crece, sino que ha comenzado la constricción de su área realmente productiva como resultado de la desertificación, la salinización, la deforestación, la erosión, la desaparición de múltiples especies y otros procesos semejantes en buena medida impulsados precisamente por la irracional actividad mercantil del hombre.
No hay dudas, la lógica mercantil cada vez se hace más divergente de la lógica de la vida. La racionalidad instrumental se ha tornado irracionalidad humana. El capitalismo nunca podrá salvar la miopía congénita que caracteriza al mercado: el interés a corto plazo, sin importar el costo natural y humano que su consecución presuponga. El fetiche mercantil continúa ocultando las realidades. En la mercancía que encontramos en el mercado no es fácil ver su costo social y ecológico, sólo distinguiremos su muchas veces inducido y enaltecido valor de uso y su precio, como expresión este último de su abstracto valor de cambio. Pero aun suponiendo que la sociedad capitalista supere todo fetiche y alcance plena conciencia de lo que sucede, la solución seguirá estando en el estricto control y regulación del mercado. ¿Es esto posible en el capitalismo? El llamado "mercado total", cada vez más identificable con este tipo de sociedad, repulsa todo control. ¿Cómo supervisar y regular lo que por su naturaleza exige desregulación y hasta "clandestinidad"? Un "libre mercado regulado" es en sí mismo una contradicción. O es libre, o es regulado. Y si, como es de suponer y de acuerdo a su naturaleza, el capitalismo sigue eligiendo la primera opción, la gran perdedora será sin discusión la propia humanidad. La vida humana terminará siendo así el precio de la libertad burguesa.
"Otro mundo es posible", proclaman los protagonistas del nuevo movimiento global contra el neoliberalismo. Es una sentencia exacta y socialmente necesaria. El reconocimiento de la factibilidad del cambio es el primer paso de su realización. Pero ya hoy debemos ir más allá. Es preciso mostrar a todos que otro mundo no sólo es posible, sino también ineludible.
* José Ramón Fabelo Corzo: Investigador Titular del Instituto de Filosofía de La Habana, Profesor-Investigador Titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla.
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[1] A pesar de la cruzada mundial contra el terrorismo que Estados Unidos ha emprendido en los últimos años, el empantanamiento de las acciones, el creciente número de bajas y el ya excesivo costo económico que a esta altura "agosto de 2005- ha representado la ocupación en Afganistán y en Irak han de haberle bajado un tanto los humos bélicos al presidente George W. Bush. Aun cuando se sienta obligado a seguir con estas "misiones" hasta el final, parece poco probable que se anime a iniciar otra al menos de inmediato.
[2] Susan George: Informe Lugano, Icaria/Interpón, Barcelona, 2001, p. 131.
[3] K. Marx: "Manuscritos de 1844 de Economía y Filosofía", en: Kart Marx: La cuestión judía y otros escritos, Planeta-Agostini, Barcelona, 1994, p. 130.
