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Título: El antimperialismo en el pensamiento cubano: génesis y desarrolloAutor(es): Mely del Rosario González Aróstegui
Fecha de publicación: 01 de Junio de 2010
La visión de José Martí.
El pensamiento liberal cubano, y sobre todo el de los hombres que aspiraban a un sistema político republicano, mantuvo una tradición de mirar hacia el continente: el modelo político que se perseguía se había puesto en práctica en los Estados Unidos desde fines del siglo XVIII, y en las repúblicas latinoamericanas desde los años veinte del siglo XIX. La hegemonía ideológica del liberalismo a partir de entonces se fue conformando cada vez más hasta llegar a ser el modelo habitual de la conciencia social en el país, como la expresión más consecuente del crecimiento impetuoso de una economía mercantil volcada hacia el comercio exterior. De esta forma, las experiencias republicanas del norte y del sur del continente llamaron cada vez más la atención de los diferentes sectores de las clases sociales y de sus ideólogos. Los presupuestos liberales sirvieron de punto de partida para corrientes políticas como el reformismo, el anexionismo, el independentismo, el antinjerencismo y el antimperialismo.[1]
El pensamiento de José Martí no escapó a esta tradición, sobre todo el anterior a 1887, que fue el asumido en los primeros años republicanos. Este pensamiento estuvo marcado por la influencia del ideal de la Revolución Francesa de 1789, de la Constitución de los Estados Unidos de América y del pensamiento inglés de mediados del siglo XIX. Para ese entonces sus preocupaciones giran alrededor de lo que debía ser un régimen liberal, cuyo modelo era Estados Unidos. Al igual que la mayoría de los liberales radicales de la época, Martí creía en el funcionamiento democrático de las instituciones norteamericanas. Se proyectaba en torno a cómo lograr el establecimiento de una República, cómo institucionalizarla, cómo mantener su funcionamiento democrático, y la solución para América Latina era resumida por él en la fórmula: tierra e instrucción.
También fue característico en Martí durante este período la denuncia a las aspiraciones de Estados Unidos de dominar a toda Sudamérica y a Cuba en particular. Pero a pesar de que se percata de la existencia de elementos nocivos del sistema: corrupción, procesos electorales, etc, cuando empieza a dar señales de las enseñanzas que le iba dejando su estancia en Estados Unidos, no se elimina su adhesión al liberalismo.
En las “Escenas Norteamericanas” de los primeros años de la década del ochenta, Martí da cuenta del conflicto de las clases sociales, pero insiste en la necesidad de moderación de estos enfrentamientos. Se pone al descubierto la visión del pueblo como un todo y no dividido en clases o grupos de clases, pensando de manera ingenua que mientras menos se hablara de clases con mayor facilidad podrían paliarse las contradicciones. Pero si desaprueba acciones obreras, como, por ejemplo, los sucesos de Haymarket, hay que tener en cuenta que en su visión estaba influyendo la incapacidad de los grupos socialistas y anarquistas residentes en Estados Unidos de desarrollar una lucha coherente bajo las nuevas condiciones históricas en ese país. Más adelante Martí cambia sus posiciones con respecto a la clase obrera.
El viraje del pensamiento martiano hacia posiciones más radicales que le permiten superar su liberalismo inicial en lo fundamental está marcado, entre otros factores, por el énfasis que pone en la forma de propiedad de la tierra como la razón del desequilibrio social, identificándose inicialmente con las ideas de Henry George y otros reformistas norteamericanos. “Del abuso de la tierra pública, fuente primaria de toda propiedad, -dice- vienen esas atrevidas acumulaciones de riquezas que arruinan en la competencia estéril a los aspirantes pobres: vienen esas corporaciones monstruosas, que inundan o escogen con su avaricia y estremecimientos la fortuna nacional: vienen los inicuos consorcios de los capitales que compelen al obrero a perecer sin trabajo, o a trabajar por un grano de arroz: vienen esas empresas cuantiosas que eligen a su costo senadores y representantes (…)”[2]
Al concluir que el problema agrario era el punto de partida para la solución de los males sociales y que el equilibrio social depende del sistema de propiedad y distribución del suelo, Martí propone (también influido por las ideas de George) la nacionalización de la tierra. (En los inicios del siglo XX solo Gandarilla es capaz de señalar algo así). Por ser un bien público la tierra debía pertenecer a la Nación: nacionalizar la tierra, “los derechos públicos, no deben ser cedidas en propiedad a empresas privadas.”[3] Martí emite entonces juicios críticos sobre el capitalismo, aunque sin oponerse frontalmente a la propiedad privada, quería liquidar las consecuencias sociales del capitalismo, que ya observaba a su alrededor, con la sola liquidación de la propiedad sobre la tierra. Aquí debe señalarse una limitación, se desconoce que la nacionalización de la tierra permite abolir la renta absoluta, pero deja la diferencial, y un programa agrario de este tipo no hace sino desarrollar más el capitalismo en el campo.[4]
Otro momento del viraje martiano es el abandono de su actitud antisocialista para mostrar una simpatía hacia el proletariado y su causa. (lo que no quiere decir que abrazara el ideario socialista). Busca igualdad y justicia social para las amplias masas populares y critica al gran capital que llevaba a la ruina de los pequeños propietarios.[5]
Al igual que en los representantes del liberalismo reformista de inicios del XX, Martí siente atracción por las formas del capitalismo premonopolista, pero a diferencia de éstos, describe al sistema social capitalista (monopolista) como el engendrador de las huelgas y la insatisfacción colectiva, al provocar altos precios en los productos, tributos innecesarios, daños públicos que provenían de la acumulación del territorio y los bienes nacionales en manos de compañías privadas.
Momento esencial para su viraje fue también el fracaso del liberalismo en Estados Unidos que le alertó contra las deficiencias raigales de dicho ideario[6] Observa rasgos del imperialismo expuestos décadas después por Lenin, describiendo el surgimiento del monopolio como provocador de la ruina de las pequeñas empresas comerciales, industriales o agrarias, como explotador de los obreros, como parásito que devora los recursos de una nación.
Martí comprende que los países de América Latina están necesitados de capitales, pero expresa su temor a sustituir “una nación estancada en una nación prostituida”. Capta la conformación del riesgo imperialista que ha ido adquiriendo Estados Unidos y es precisamente en el análisis de los monopolios donde su crítica se hace más acertada y certera. La crítica a Jay Gold, el magnate ferroviario es una manifestación concreta de esta visión de Martí.[7]
El crecimiento de la exportación de capitales llama la atención de Martí, así como el reparto de territorios entre las grandes asociaciones monopolistas internacionales, que le llevan a denunciar el afán expansionista norteamericano, condenando sus acciones sobre Samoa en 1889 y Hawai en 1890. En la I Conferencia Internacional Americana denuncia abiertamente la actitud neocolonialista de Estados Unidos. [8]
Trabajos como las crónicas sobre los Congresos nos demuestran que el antimperialismo de Martí no se sustentaba solo en bases éticas, sino en el descubrimiento del fundamento económico del peligro, de lo inminente del mismo. Los cantos de sirena del imperialismo en formación no le seducen, pese a que por lo general el consenso era de admiración a esta época de desarrollo estadounidense, que los historiadores de Estados Unidos han dado en llamar “Edad de Oro”.[9]
Martí llama a la lucha porque no hay otra opción: es fundamental que todos entiendan que “el convite” panamericano es solo una estrategia norteamericana de debilitar a América Latina y posibilitar así el asalto a estos países. Por lo tanto, sus trabajos de estos años posteriores a 1887 (sobre todo “Nuestra América”) son un llamamiento que comprende una crítica a la realidad latinoamericana desde dos perspectivas: la que se refiere al imperialismo como peligro externo, y la que se refiere a los factores “internos” al nivel de las relaciones políticas y las prácticas ideológico-culturales dominantes que podrían facilitar la penetración imperialista en nuestros países.[10]
Martí fue de la exposición de la corrupción de la sociedad norteamericana en transformación a la denuncia de un sistema económico y social que no podía ser ya la opción de progreso que civilizaría al continente, llegando a la conclusión de que para resolver la crisis interna se hacía imprescindible la subversión del sistema social como un todo. Al respecto plantea Fernando Martínez Heredia: “El pensamiento martiano fue el más subversivo de su época, para Cuba y América Latina, porque fue a la raíz de los problemas fundamentales y de su superación, y mostró un camino para crear nuevas realidades y hombres nuevos, enlazando el proyecto más ambicioso de liberación nacional y humana concebido hasta entonces en América con las propuestas concretas de cómo ir realizándolo.” [11]
La crítica que Martí realizó a las relaciones internas de dominación en América Latina pueden extenderse al Estado oligárquico como forma general en que dichas relaciones de dominación tienen existencia concreta. Es cierto, como bien plantea Guillermo Castro Herrera, que aunque Martí no utiliza la palabra oligarquía, como tampoco en general la palabra imperialismo, hoy podemos llamar con esos términos el objeto real de sus críticas. Por eso, si el imperialismo es visto por Martí como peligro externo en primer orden, el sistema de dominación interno es señalado como antifuncional respecto a los intereses populares; de aquí su sentencia: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”.[12]
El tono antimperialista que adquieren las ideas de Martí en esta época le imprimen un carácter más radical a su pensamiento que supera definitivamente al liberalismo. La superación en el proyecto martiano del antianexionismo de los proyectos ilustrados liberadores del siglo XIX es reconocido por Olivia Miranda cuando plantea que “se había producido la conversión del antianexionismo tradicional del pensamiento progresista y revolucionario cubano en antianexionismo de fundamentación democrático-revolucionaria”.[13]
Martí sintetiza antianexionismo y antiimperialismo, y es precisamente este elemento lo que da al ideario martiano una madurez política y un alcance universal muy significativos.[14] José Antonio Portuondo demuestra la misión que asume Martí de cegar todas las formas en que la anexión trató de infiltrarse (colonia, estado, protectorado), enfrentando el latinoamericanismo al panamericanismo enarbolado por Estados Unidos.[15]
El ideario independentista promulgado por Martí y su realización en el movimiento de liberación nacional constituyeron los hechos más elevados del proceso social de entonces, dejando una huella en la conciencia nacional que tendría posteriormente amplias manifestaciones en el pensamiento de la República. Tanto en el antinjerencismo como en el antimperialismo de corte liberal, corrientes de pensamiento que en la República rechazaron la penetración foránea, se asumió en lo fundamental el pensamiento martiano anterior al 1887, caracterizado por ideas independentistas y antianexionistas, y por un liberalismo que solo fue superado por el viraje radical de Martí hacia un antimperialismo democrático a finales de la década del ochenta. De aquí el carácter antianexionista e independentista del movimiento intelectual de las primeras dos décadas del siglo XX. Pero a pesar de que las ideas de Martí se conocían en lo fundamental, la parte más radical de su ideario, su democratismo antimperialista no pudo ser asumido, bajo condiciones histórico concretas diferentes, en las que también se movían diferentes intereses de clase, los representantes del movimiento liberal reformista del XX no podían atacar el orden de la sociedad burguesa, ni sentir atracción por las masas populares.
En gran medida, la muerte prematura de Martí inició el proceso de frustración, no solo de su proyecto liberador, sino de todo el proceso revolucionario radical que debía llevar a una República distinta al resto de las repúblicas latinoamericanas. La disolución del PRC por Estrada Palma desde los Estados Unidos,[16] y las contradicciones que desunían a las fuerzas mambisas encargadas de materializar un proyecto elaborado precisamente para contar con las bases que se estaban destruyendo, desarticuló a la Revolución antes de producirse la intervención norteamericana.
Surgió la república sobre los pilares de un modelo neocolonial, por lo que la historia demostró algo que Martí había augurado: podía establecerse un proyecto dependiente aún en nombre de la independencia. El peligro avizorado se materializaba: con su intervención en Cuba, los Estados Unidos comenzaban su expansionismo hacia el sur, convirtiéndose Cuba en una pieza importante de la estrategia yanqui de mercado y capital.
Antinjerencismo y antiimperialismo de corte liberal positivista en la República.
Puede decirse que la idea general que movió al pensamiento en las dos primeras décadas republicanas fue la oposición a la injerencia, desarrollada en condiciones muy específicas, pero también hay que considerar la aparición desde muy temprano en la República, de ideas de tendencia antimperialista como mediación entre el antinjerencismo y el antimperialismo radical de corte marxista que surge después de 1922. Nos referimos a la línea antimperialista de corte liberal positivista que se desarrollará en los primieros veinte años del siglo XX. Los votos particulares contra la Enmienda de Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros Betancourt, la polémica de Manuel Sanguily en el Senado alrededor del tratado de Reciprocidad, los estudios de Enrique José Varona sobre el imperialismo en la temprana fecha de 1905 y todos sus escritos desde esa fecha de hasta su muerte, así como la obra de Julio César Gandarilla Contra el yanqui, son manifestaciones concretas de esta línea que, sin llegar a una visión marxista sobre el fenómeno, supo ver el lugar central que ocupaban los Estados Unidos en la solución del problema cubano, aún antes de que estuviesen creadas las condiciones económicas y políticas que permitieron en los años veinte esa delimitación de principio.
Estos intelectuales llegaron a realizar una crítica de los problemas, esbozando las raíces de los mismos, no circunscribiéndose a las cláusulas de la Enmienda Platt o a la incapacidad de los políticos, sino señalando como clave cierta y real del coloniaje que padecíamos las condiciones históricas, políticas, económicas y sociales en que Cuba se venía desenvolviendo, enfatizando la absorción de nuestra economía por el imperialismo yanqui. De esta forma, las ideas provenientes de una conciencia cubana que rechazaba la dominación foránea tuvieron una salida hacia el reconocimiento del peligro que representaba el sistema norteamericano en expansión en el ámbito económico y político; de ahí su proyección antimperialista.
Emilio Roig caracteriza a este grupo de intelectuales como “antimperialistas”, “porque sólo veían en la Enmienda Platt una legalización por parte de Cuba del papel de policía del hemisferio occidental que los Estados Unidos se habían arrogado sobre los países hispanoamericanos, dando, en cambio, a la absorción y explotación del capitalista yanqui en la Isla la real importancia y trascendencia que tenía, luchando más contra estas que contra la letra del Tratado Permanente”.[17] Estas figuras no podían ser clasificadas aún como ejemplos de antimperialismo radical, pero sí aparecen como contrarios a las concepciones netamente antinjerencistas que solo se movían en los planos políticos, jurídicos y diplomáticos hasta ese momento. Las contradicciones surgidas de este enfrentamiento conceptual basado en la idea del rechazo a la dominación foránea, provocarán posteriormente y unido a otros factores, las condicionantes necesarias para realizar el salto a un nivel superior del pensamiento, cuando se agotaron las posibilidades de una alternativa que brindara a la conciencia nacional este movimiento intelectual antinjerencista y antimperialista liberal.
La investigadora cubana Olivia Miranda es del criterio de asumir como un antimperialismo de corte liberal todas estas manifestaciones algo más radicales desde la óptica del antinjerencismo que se observan en las figuras antes mencionadas.[18] En realidad, estos fueron pensadores que lograron advertir el peligro que entrañaba la vecindad de una economía norteamericana en expansión, aún sin lograr “apresar” el fenómeno del imperialismo en su verdadera esencia, el liberalismo presente en toda esta trayectoria ideológica les lleva a apologetizar a la sociedad capitalista en su fase premonopolista. El imperialismo no era a principios del siglo un fenómeno totalmente desarrollado, incluso el estudio de Lenin que abre el camino del marxismo hacia su comprensión íntegra y profunda data de 1916.[19]
Los más avanzados en el camino hacia un antimperialismo radical le confundían con los imperios de la antigüedad, a pesar de haber señalado y adelantado muchos de sus rasgos. Dentro de estos pensadores no existió una compresión completa en el plano teórico de la esencia cualitativamente diferente del fenómeno (aunque sí de algunos de sus rasgos), lo que también estuvo vinculado al hecho de que el marxismo se desconocía en lo fundamental, por lo que no había claridad en el uso de muchas categorías económicas que hubiesen arrojado claridad al asunto. Tampoco existía una clase preparada para sustentar un pensamiento radical. En general, los estudios que se realizaron en torno al imperialismo por estos años, adolecen de muchos defectos. Incluso el que se considera más completo de todos ellos, El imperialismo a la luz de la sociología (1905), de Varona, no puede excluirse de este grupo. La propia definición del imperialismo que brinda Varona, propia del antimperialismo de corte liberal, confirma esta limitación. Para Varona “imperialismo” es “la forma de crecimiento o integración de un grupo humano, cuando llega expresamente a tener la forma de dominación política sobre otros grupos diversos de distinto origen, próximos o distantes del núcleo principal.”[20]
En el criterio de Pablo Guadarrama, Varona realizó una valoración fenoménica del imperialismo, no llegando a una comprensión profunda de su esencia. “Su visión –plantea Guadarrama- estaba matizada por el darwinismo social que le hizo ver al imperialismo como resultado natural del desarrollo de la sociedad. Buscó sus gérmenes, inútilmente, en la debilidad o fortaleza natural de los hombres primitivos y en el sometimiento de unos y otros”.[21] Por eso es que cuando Varona plantea que “lo que llamamos hoy imperialismo es un fenómeno muy antiguo al que se ha dado un nombre nuevo”,[22] está cayendo en el error de comparar al imperialismo, en este caso la fase superior del sistema capitalista, con los grandes imperios coloniales de la antigüedad. No es capaz entonces de comprender, en el plano teórico, la esencia cualitativamente diferente de esta etapa.[23]
Cuando Varona hace el reconocimiento del rol que juega el factor económico en la vida de la sociedad, está dando un paso importante hacia la aceptación de una visión materialista de la historia, pero no hay que interpretar con esto que ya la comparta. La comprensión materialista de la historia no es una simple cosmovisión general que se resuelva en frases en torno a la sociedad en general. Ella está ligada indisolublemente al análisis concreto de la realidad económica, política y espiritual de la formación social de que se trate. Su concepto superficial del imperialismo y su repudio del monopolio dice más sobre el reconocimiento que realmente tiene del factor económico que sus declaraciones explícitas. Pero aún así hay que reconocer que Varona fue quizás, el primer cubano en emplear el término antimperialismo y el más sistemático estudioso del fenómeno imperialista después de Martí, aún cuando no entendió su especificidad histórica.[24] Los estudios de Varona en este campo fueron de gran valor para el proceso de maduración del pensamiento antimperialista cubano, sobre todo si se tiene en cuenta el señalamiento de Carlos Rafael Rodríguez, cuando dice: “Aunque su estudio sobre El imperialismo a la luz de la sociología no logra apresar el fenómeno en sus verdaderas características, pone bien de relieve el mecanismo absorbente de las grandes potencias...”[25] El propio Varona hace énfasis en la necesidad de que los países americanos conocieran el fenómeno y se dieran cuenta de su magnitud, pero especialmente Cuba, por haber servido para “la primera demostración, la más concluyente al menos”, de la forma que había tomado la expansión norteamericana.[26] y de la que no debíamos ser nosotros “una línea de menos resistencia”[27]
Pero ya a la altura de los años veinte Varona deja al descubierto con marcada intención las proyecciones imperialistas de aquellos momentos. Analiza la evolución del sentimiento nacional de los norteamericanos hacia la expansión por medio de la fuerza, su apelación a las armas para asentar su dominación política. Por entonces reconoce la intervención económica y financiera como formas peligrosas y sutiles de injerencia en otros pueblos.[28]
Se había producido una nueva división del mundo como consecuencia de la guerra mundial que obligaba a proceder al nuevo reparto que Lenin describía en su estudio sobre el imperialismo y que llevaría a “alargar” la mano hacia toda clase de territorios. La agresividad del imperialismo tendería a crecer como consecuencia de la rivalidad de las grandes potencias en sus aspiraciones hegemónicas.
La resistencia al imperialismo no podía realizarse oponiéndole como alternativa al monopolio característico de este fenómeno la libertad de comercio y la libre competencia de las pequeñas empresas, propias de la fase capitalista pre monopolista, sino aprovechando las oportunidades que el propio imperialismo ofrece para la organización y activación de la clase obrera en la consecución de una revolución social”.[29]
Las únicas salidas frente a la situación provocada por la expansión del capital financiero y la agudización de las contradicciones emanadas de este proceso eran la crisis y la guerra. Lenin los había señalado como vías temporales al revelar la inconsistencia de la teorías de Kautsky y Hobson, y a partir de aquí debía el proletariado hacerse cargo de la situación y utilizarla a su favor. Nuestros intelectuales no llegaron a esta precisión por las razones obvias antes mencionadas, primando la persistencia en una búsqueda de soluciones que quedan al margen del enfrentamiento y la violencia entre las clases, perdiéndose así la esencia revolucionaria radical del movimiento.
Llegar al concepto contemporáneo (leninista) de “imperialismo” significa entenderlo desde sus contradicciones internas, comprender la necesidad económica histórica del monopolio de extender su dominio a todas las esferas de la producción, y como consecuencia de ello, expandir su dominio internacionalmente. Entender el imperialismo únicamente por sus manifestaciones externas significa no comprenderlo. La expansión política no es más que una manifestación externa de la necesidad interna del monopolio de desarrollarse dominando nuevos mercados por saturación de los propios. Esta comprensión estaba ausente de las mentes más radicales de la intelectualidad cubana de principios de siglo, por eso, su conciencia antinjerencista sólo pudo llegar al antimperialismo en sus manifestaciones externas, es decir, se llegó a ver el peligro de la penetración económica norteamericana en Cuba, pero no se podía plantear la renuncia al modo burgués de producción. La única forma de evitar la absorción de la economía de la naciente República por el vecino del norte era sacando al país de la lógica del mercado capitalista, pero para esto el país no estaba aún preparado.
El rechazo a la penetración económica no se había convertido aún en un objetivo político por requerir de una radicalización del pensamiento que promoviera la necesidad de un cambio revolucionario, la alianza con la clase obrera y la asunción del marxismo. En muchos casos este rechazo no pasaba de un agudo sentimiento antinorteamericano que se manifestaba de las más disímiles formas, sobre todo en el ámbito político. Podemos afirmar entonces que las ideas de tendencia antimperialista expresadas en estos intelectuales no rebasaron los predios del liberalismo como corriente política, y del positivismo como corriente filosófica. Así pues, la visión leninista capaz de comprender la situación histórico-concreta en que tenía lugar el proceso de universalización del capitalismo y de las contradicciones que este proceso engendraba, queda fuera del alcance de Varona y del resto de estos intelectuales, aunque no tendría sentido reprocharles esta limitación. Ellos no podían precisar lo que Lenin fuera capaz de aportar años más tarde, al considerar el papel de contrario dialéctico que jugaba el imperialismo respecto del desarrollo capitalista pre monopolista, en la inauguración de una nueva etapa en ese proceso de universalización de la historia.[30] Esta insuficiencia teórica estuvo condicionada grosso modo por el escaso desarrollo del fenómeno imperialista en Cuba (no es hasta 1913 que se produce la fase intensiva de la penetración yanqui en la isla). Luego de la firma del Tratado de Reciprocidad Comercial se había producido una impresión de que la economía cubana crecía, actuando esta "recuperación" hasta cierto punto como un amortiguador de las luchas obreras aunque en realidad los efectos del Tratado fueran funestos.[31]
No obstante, las ideas de todos estos intelectuales fueron de una gran riqueza para el desarrollo del pensamiento antimperialista cubano. No es posible el análisis del tránsito del antianexionismo y el antimperialismo martiano al antimperialismo marxista de Julio Antonio Mella sin un estudio de cómo se fueron aportando ideas en el transcurso de los acontecimientos, cómo muchas de ellas se desarrollaban y otras entraban en crisis al no encontrar soluciones a las contradicciones existentes. Desde el punto de vista cualitativo, las ideas de tendencia antimperialista de corte liberal positivista (sobre todo las aportadas por los estudios de Varona) paralelas al antinjerencismo de los intelectuales cubanos que abrazaban el nacionalismo como línea de defensa frente a la penetración norteamericana, marcó sin dudas un momento de desarrollo de una idea persistente: la resistencia de la nacionalidad cubana a la dominación foránea.
La radicalización del pensamiento cubano hacia un antimperialismo de carácter marxista.
Hacia 1923, las inquietudes que se habían estado expresando en los años anteriores sin grandes resultados, se transforman ahora, como consecuencia de la dramática crisis económica, en la “eclosión” de varios movimientos, que al decir de Ana Cairo, reclamaban cambios reformistas por parte de la administración estatal, con el propósito de sustituir al gobierno de Alfredo Zayas.[32] Se arrastran aún los rasgos de la ideología liberal reformista que caracterizó a los primeros veinte años, pero con síntomas cada vez más evidentes de radicalización hacia una nueva ideología El surgimiento de voces jóvenes repudiando la corrupción y el entreguismo de los gobiernos que promovían la injerencia de Estados Unidos en cuba llevó a la creación del grupo Minorista y posteriormente a la Protesta de los Trece. Estos momentos fueron pasos de avance en la participación política de la joven intelectualidad, pero no superaron la posición reformista burguesa a pesar de no limitarse a la denuncia de los males y vicios republicanos y haberse propuesto contribuir a la elevación de la conciencia popular de los derechos ciudadanos por medio de la propaganda escrita y conferencias.
No obstante, la Protesta de los Trece, encabezada por Rubén Martínez Villena, había propugnado altos ideales (libertad de pensamiento, afirmación de la personalidad cubana), convirtiéndose en la primera actitud colectiva “militante y riesgosa” de los intelectuales en la república mediatizada.[33] La figura de Rubén Martínez Villena también sobresale en el grupo de jóvenes intelectuales que se enfrentaron a través de la literatura y el arte al régimen neocolonial. Este grupo constituirá la vanguardia literaria y artística, ampliada y fortalecida en el Grupo Minorista.
Rubén Martínez Villena, descolla tanto en las anteriores manifestaciones como en el Movimiento de Veteranos y patriotas. Nutrido de las ideas de Sanguily y Varona, Villena condena la llamada política preventiva, realizando análisis alrededor de ésta y de la Enmienda Platt que le permitieron llegar a una consideración de aspectos políticos, jurídicos y sociales de la penetración yanqui. En estos momentos, al igual que otros jóvenes que se aglutinaban en estos movimientos, Villena no había alcanzado plena conciencia de la situación neocolonial de Cuba determinada por la dependencia económica al imperialismo yanqui. “Para él, -plantea Ana Cairo– la Enmienda Platt era un problema jurídico entre dos estados soberanos y no la legalización de un estatus neocolonial.” [34]. Los estudios de Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Roa y Ana Cairo sobre Rubén nos permiten una síntesis de sus principales ideas: necesidad de una rectificación paulatina de los gobernantes, sin violencias, en un proceso lento e ininterrumpido, prioridad de los servicios educativos, como parte del problema de reformas, la corrupción estatal vista como causa fundamental de los males cubanos, plena conciencia de la nacionalidad cubana a partir de su defensa constante, rechazo a la política preventiva y la intervención extranjera y otras que ponen de manifiesto su orientación reformista.[35]
Estas son ideas que en sentido general reflejan el pensamiento de la intelectualidad democrática y revolucionaria de las primeras décadas republicanas, donde la “insobornable actitud de asco y reniego” que se adopta ante la República constituyeron, al decir de Roa, expresión significativa de pureza de conducta y “factor coadyuvante en la evolución hacia un pensamiento político superior.[36] Aflora la necesidad de un cambio en la vida del país, pero aún no se repara en que las relaciones de dominación externa configuraban las internas.
Es por esto que fue tan importante la relación de Villena con Mella, y su acercamiento posterior a los obreros y al Partido Comunista. Esto le permite superar el carácter reformista del antinjerencismo y el antimperialismo de corte liberal de inicios del siglo, comenzando a entender la esencia de la tragedia cubana, vinculada al fenómeno imperialista, que posteriormente explicará a profundidad.[37] El fracaso de muchos de estos movimientos, entre los que se encontraba el movimiento de Veteranos y Patriotas, demostró, además, la necesidad de una revolución para reestructurar las instituciones republicanas, eliminándose la posibilidad de éxitos de un movimiento reformista sin contradicciones con la metrópoli imperialista y sus intereses con Cuba.
En el Congreso Nacional de Estudiantes, que llegó mucho más lejos bajo la dirección de Mella, se subrayó la solidaridad del estudiantado con el proletariado, se adoptaron diversos acuerdos antimperialistas e internacionales, se implementó el repudio a la intromisión del imperialismo en Cuba, a la Enmienda Platt, a la Doctrina Monroe y al Panamericanismo, aspectos ya tratados y divulgados anteriormente por la Sociedad Cubana de Derecho Internacional.[38]
Se hacía cada vez más extendida la idea de que era imposible lograr nada de los políticos cubanos, así como la comprensión del vínculo entre la crisis cubana y el imperialismo. En la acción de Mella y las organizaciones estudiantiles de la época, el antimperialismo empieza a proyectarse como objetivo político. En los círculos obreros también se advierte lo que representa la presencia norteamericana en la economía cubana, tratándose de fomentar una conciencia antimperialista. Resalta en este caso la figura de Carlos Baliño, líder comunista y obrero.[39] Los criterios antimperialistas se expresan en el Congreso Nacional de Estudiantes, manifestándose ya como una confrontación antinorteamericana en sus declaraciones, ya como latinoamericanismo por el espíritu de las mismas.[40] Se observa una apelación indirecta a favor de la transformación socialista de la sociedad cubana, por su condena al capitalismo como línea de desarrollo en un momento en que aún no estaban claras las posibilidades de otro tipo de cambio.[41]
Tanto Mella como el grupo de intelectuales cubanos que habían estado participando en todos estos movimientos desde 1923, van llegando a la comprensión de que el camino para enfrentar los problemas cubanos no podía ser sólo la lucha contra la corrupción de la política nacional, sino un combate más profundo contra el imperialismo, por una transformación más radical de las estructuras del país.[42] A fines de 1924, Mella esbozó una nueva explicación del caso cubano a partir de la dominación económica y política de Estados Unidos sobre Cuba, planteando la necesidad de una revolución que nos liberara del yanqui e instaurara un régimen proletario.[43]
La comprensión de este elemento esencial para desentrañar la raíz dominadora de la relación Cuba-Estados Unidos en esos momentos de la historia cubana pone al pensamiento defensor de la nacionalidad, que rechazaba la penetración y la injerencia en un momento superior. En esta nueva visión se rechaza la injerencia yanqui y se ataca al imperialismo con el fin de propiciar la creación de una sociedad sobre bases completamente nuevas. Mella comprende que la lucha de los trabajadores no puede ser una lucha que contribuya al triunfo de las repúblicas burguesas. Asimismo, la asunción del marxismo lleva a Mella y a Villena a una interiorización científica de las vías y métodos para enfrentar la lucha contra el imperialismo. Olivia Miranda hace énfasis en la articulación entre el pensamiento martiano y el marxista que se produjo a partir de esta etapa, que muchos denominan como el “redespertar” de la conciencia nacional, pero que hemos considerado más bien como una etapa de maduración de un proceso ideológico que se inicia con la intervención, cuyos antecedentes están en el siglo XIX y que desemboca lógicamente, por la madurez paralela de los fenómenos económicos del momento, en ideas de avanzada y acciones más consecuentes con el pensamiento que la sustentaba.
Comienza un estudio más profundo de la obra martiana y un retorno a las concepciones de Martí sobre la historia. “Es Julio Antonio Mella –señala Olivia Miranda- quien da inicio a este nuevo enfoque caracterizado precisamente por la búsqueda de un instrumental heurístico al que llega, no obstante, en el propio proceso de rescate del ideario martiano en sus esencias más radicales. “Glosas al pensamiento de José Martí” es uno de los primeros ejemplos del nuevo camino emprendido; y consecuentemente con ello, expresión primigenia de la forma en que, en el ámbito emancipador cubano, empieza a tener lugar la articulación –como un proceso lógico natural- de las ideaciones martianas más avanzadas, con las concepciones de Marx, Engels y sobre todo Lenin, en esta centuria.”[44]
La clave para considerar este momento del pensamiento cubano como superior lo da la asunción del concepto de antimperialismo, expresado en una comprensión cabal del peligro que entrañaba la penetración yanqui en todos los órdenes. No todos los intelectuales llegaron a interiorizar la necesidad de un cambio revolucionario radical, pero lo que sí queda claro es que el enemigo es el imperialismo y que la alianza con los obreros es imprescindible.
Cuando el movimiento de ideas en Cuba puso en el centro de su atención a la resistencia al imperialismo yanqui como causa principal de los problemas cubanos la lucha por la defensa de la nacionalidad cobró un carácter más concreto y la superación dentro de este movimiento se dio precisamente cuando se llegaron a reconocer las vías y métodos con que el marxismo arma a la clase obrera para transformar radicalmente a la sociedad; aunque, repetimos, no deben obviarse en el análisis aquellos pensadores que sin asumir el marxismo permanecieron atentos a la defensa de la nacionalidad, rechazando la dominación y la penetración imperialistas. Consideramos en este caso a esa parte de los intelectuales cubanos que, como Emilio Roig no abrazaron la ideología del Marxismo y, sin embargo, fueron capaces de aportar un grupo de ideas al proceso de formación de la cultura de la resistencia en Cuba. “Lo mismo que Enrique José Varona –plantea Carlos Rafael Rodríguez- que se acercó al análisis del imperialismo por sus propios caminos, Emilio Roig comprendió la importancia de lo económico y lo social lo suficiente como para asimilar sin rechazos los enjuiciamientos revolucionarios leninistas del fenómeno imperialista.”[45]
El movimiento intelectual representado por el antinjerencismo y el antimperialismo de corte liberal positivista evoluciona a la década del veinte no solo a partir de la maduración de elementos propios de su esquema de pensamiento y de la idea general que le movía: el rechazo a la penetración foránea, sino también por la influencia de acontecimientos internacionales, entre los que sobresale la Revolución de Octubre y la Reforma Universitaria. Al consumarse el proceso de absorción de la economía cubana por los Estados Unidos se crearon las condiciones para la comprensión del fenómeno imperialista como la verdadera causa del problema cubano.
La sociedad cubana encontró en los años veinte a una intelectualidad mucho más preparada para comprender los fenómenos que enfrentaba. El pensamiento se fortaleció con la ideología marxista y con la recuperación de las más profundas y radicales ideas de Martí. El antinjerencismo que no devino antimperialismo, con el reconocimiento de los aspectos económicos que el fenómeno entrañaba, degeneró en una corriente reaccionaria, porque las condiciones para la comprensión de este fenómeno estaban dadas en todas sus vertientes y, por tanto, no entender que los problemas cubanos no tenían solución si no se rompían los vínculos de dependencia con Estados Unidos, no tenía ya justificación alguna desde el punto de vista histórico, ni tampoco explicación en los marcos del nacionalismo patriótico que propugnaban los intelectuales cubanos. La línea del antimperialismo liberal maduró para perfilarse dentro de un nacionalismo antimperialista que trató de resolver la crisis de la sociedad cubana en un enfrentamiento frontal con estados Unidos. Producto de la ruptura de esta etapa con la anterior surge una nueva línea del pensamiento cubano: la línea antimperialista de corte marxista y leninista, que superó radicalmente las limitaciones del liberal reformismo, sobre todo en lo concerniente a las vías de solución del problema cubano: había fracasado la teoría de que los problemas de Cuba procedían de la corrupción política, comprobándose en la práctica (por el fracaso de todos los movimientos reformistas) que no era posible sustituir a ningún gobierno cubano por vías legales y constitucionales, mientras mediaran los Estados Unidos en esas relaciones.
El antimperialismo se convirtió en la base de nuestra cultura de la resistencia, incluyendo no sólo a la tendencia de base marxista, sino también a aquel antimperialismo nacionalista que, sin abrazar el marxismo, fue capaz de reconocer la esencia económica y social de la crisis cubana y se proyectó contra el fenómeno imperialista, persistiendo en la defensa de la nacionalidad y la cultura cubanas. La idea del antiimperialismo en Cuba retomó el espíritu martiano que avisoró el peligro de los EU no solo para Cuba, sino para toda Latinoamérica, y a partir de entonces, prosiguió su desarrollo a lo largo de toda < ="la Repáá¿áblica" w:st="on"> la República hasta llegar a la visión actual de antimperialismo propio de < ="la Revoluciáá¿án" w:st="on"> la Revolución cubana de 1959, que es profundamente martiana y marxista.
La visión cubana actual del antiimperialismo se sostiene en todo el acervo histórico que esta lucha tiene, enriquecido por el pensamiento de Ernesto Che Guevara y Fidel Castro. Luego del triunfo de < ="la Revoluciáá¿án" w:st="on"> la Revolución, se agudizó la política agresiva de los EU contra nuestro país. Fue implantado un férreo bloqueo, (que aún subsiste). Desde entonces, el pueblo cubano ha vivido una larga historia de acciones agresivas: desde Girón, hasta bombardeos a nuestros aeropuertos, sabotajes a nuestras industrias, atentados contra dirigentes, introducción de virus contra personas y animales.
La agresividad del imperialismo ha crecido desde entonces, el paso del imperialismo a su fase más aguda, ha traído como consecuencia sucesos atroces en todo el mundo, guerras genocidas, agresiones a diferentes países. Luchar contra el capitalismo como modo de producción, llevar adelante la revolución socialista para cambiarlo, ir más allá de simples reformas, es la vía de lucha contra esta política de las trasnacionales a nivel mundial.
[1] Ver: Pedro Pablo Rodríguez. “Formación del pensamiento latinoamericanista en Martí”, en: Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 2, 1979, p. 138.
[2] José Martí. “New York en junio”, en: O. C., t. II, Editora Nacional de Cuba, < ="La Habana" w:st="on"> La Habana, 1964-1970, p. 19.
[3] José Martí. “Un drama terrible”, O. C., t. II, p. 176. Ver además: “El cisma de los católicos en New York”, O.C., t. II, p. 146.
[4] Ver: Isabel Monal. ob. cit., p. 30.
[5] Isabel Monal. ídem.
[6] Había fracasado el liberalismo en un país donde ni el caudillismo ni el feudalismo de tipo latinoamericano se habían impuesto, por tanto, Martí logra llegar a una importante conclusión: la amenaza a la injusticia y las desigualdades no provienen sólo del sistema de caudillaje feudal, sino también del empuje capitalista, del impresionante crecimiento de una oligarquía financiera explotadora. Una sociedad cuya construcción mostraba la existencia de fuerzas que le convertían en una amenaza para el resto de las sociedades latinoamericanas.
[7] “ El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles, formada por la asociación de capitales desocupados, a cuyo influjo y resistencia no puede esperar sobreponerse el humilde industrial, que empeña la batalla con su energía inútil y unos cuantos millares de pesos. El monopolio es un gigante negro.” (José Martí. O.C., t. 10, p. 85).
[8] Ver: José Martí. “Congreso Internacional de Washington”, en: O.C., t. 6, p. 46. Esta Conferencia resultó impactante en la maduración del pensamiento antimperialista martiano: “Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tantos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse < ="la Amáá¿árica" w:st="on"> la América española, y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para < ="la Amáá¿árica Espaáá¿áola" w:st="on"> la América Española la hora de declarar su segunda independencia
[9] Ver: Augusto E. Benitez. “José Martí contra el surgimiento del panamericanismo”, en: Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 4, 1981, p. 164.
[10] Ver: José Martí. “Nuestra América”, en: O.C., t. 6, p. 138. En su ensayo “Nuestra América” expresa tesis radicales como es la de señalar el peligro mayor para América Latina en el “vecino formidable”, “el águila temible”, “el yanqui aniquilador y rapaz”. La diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los Estados Unidos y < ="la Amáá¿árica Latina" w:st="on"> la América Latina estaba próxima a convertirse en un intento de apoderamiento y dominio del primero sobre la segunda
[11] Fernando Martínez Heredia. “Nuestra América. El presente y el proyecto de < ="la América Latina.”" w:st="on"> la América Latina.”, en: Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 14, 1991, p. 175.
[12] Ver: José Martí . “Nuestra América”, p. 19.
[13] Olivia Miranda, “El marxismo en el ideal emancipador cubano durante < ="la Repáá¿áblica" w:st="on"> la República neocolonial”, en: Temas, no. 3, 1995, p. 46.
[14] En el proyecto liberador martiano el antimperialismo se define como programa de lucha. Para evitar que se cumpliera el “Destino Manifiesto” proclamado por los políticos norteamericanos, el programa de Martí comprendía dos condiciones: la toma de conciencia de los pueblos de Cuba y Puerto Rico y la unión de todos los países latinoamericanos en un frente común.
[15] Ver: José Antonio Portuondo, “La cultura cubana
en
[16] Ver: Joel James, La república dividida contra sí misma, Editorial Arte y Literatura, < ="La Habana" w:st="on"> La Habana, 1974, p. 28. El autor comenta el desastre que significó para la política y los intereses del independentismo cubano la desactivación del PRC.
[17][17] Emilio Roig. Los grandes movimientos políticos cubanos en < ="la Repáá¿áblica" w:st="on"> la República: ingerencia, reacción, nacionalismo, < ="La Habana" w:st="on"> La Habana, 1943, p. 17.
[18] Ver: Olivia Miranda. “El Marxismo en el ideal emancipador cubano”, en: Temas, no.3, 1995, p.46.
[19] Ver: Vladímir Ilich Lenin. “El imperialismo, fase superior
[20] Enrique José Varona, El imperialismo a la luz de la sociología, Conferencia en < ="la Universidad" w:st="on"> la Universidad de < ="La Habana" w:st="on"> La Habana el 11 de mayo de 1905, < ="La Habana" w:st="on"> La Habana, Editorial APRA, 1933, p. 11.
[21] Pablo Guadarrama y Edel Tussel, El pensamiento filosófico de Enrique José Varona, Editorial de Ciencias Sociales, < ="La Habana" w:st="on"> La Habana, 1987, p. 192.
