Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: María Zambrano. De su paso por Cuba y su huella
Autor(es): Felix Valdés García
Fecha de publicación: 01 de Octubre de 2010


“Hay también un logos del Manzanares: esta humildísima ribera,
esta líquida ironía que lame los cimientos de nuestra urbe, lleva, sin duda,
entre sus pocas gotas de agua alguna gota de espiritualidad”
(Ortega y Gasset.
Meditaciones del Quijote, 1914)

De todos los pensadores españoles que pasaran por Cuba como consecuencia de la frustración de la República Española, María Zambrano fue tal vez la que más acusada influencia tuvo en la Isla. Ella en su destino órfico, en su destierro, prefirió a La Habana como la “catacumba”, desde donde salía nuevamente a la luz. Su “Cuba secreta”, subterránea, pero esencial en su resurgir vivificador, y La Habana, ese sitio del que tuvo necesidad, ese lugar del que como una vez dijera, se tiene tanta necesidad como de la palabra, fue estímulo para el desarrollo de su pensamiento y sitió de su madurez. Aquí vio y bebió más que en parte alguna el alba, el alba hasta que salía el sol que le asustaba. La luz de la mañana le enceguecía al abrir las persianas de su apartamento en el edificio “López Serrano” del Vedado. Cuba fue para María su patria pre-natal.

Muy intensos fueron estos años y varias las conferencias, los artículos, libros e ideas aprendidas, que enseñaron tanto sobre la filosofía griega, sobre el pensamiento español y su maestro Ortega, sobre la mujer, como su cercana influencia, casi íntima, con intelectuales jóvenes, escritores y poetas de la isla.

La andaluza, discípula de Ortega y Gasset, había pasado en 1936 de viaje a Chile y Lezama Lima y otros intelectuales, advertidos de su tránsito y prestos a conocer a la autora de Revista de Occidente,[1] organizó un encuentro en la Bodeguita del Medio que hizo sellar una amistad de por vida. También organizó una conferencia suya en el Lyceum Femenino de La Habana sobre su maestro Ortega para escucharla de viva voz[2]. Luego, en 1939 al huir de España, tras tan doloroso camino por Perpiñán hasta Francia, de tanto desgarre y desolación, de tanta ruptura y muertes, camino a México, pasa nuevamente por La Habana. Un año bastó para evadir los grises días en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Morelia y llegar los primeros días de enero de 1940 a la ciudad que hace suya –con salidas temporales a otros países– de forma estable, hasta 1953.

España, desde 1936 se había lanzado a la hoguera y en este tiempo ardía con fuego recóndito. María llegó a Cuba con una carga emocional, con un sentido de descenso a las catacumbas, de estar en la oscuridad, de agonía de vida personal y de civilización, de suicidio de Europa, que releer las conferencias que ofreciera en La Casa de España en la ciudad México y el libro que palmo a palmo redactara y publicara en Morelia mientras trabajaba en la Universidad Michoacana con la ayuda y el empeño de su esposo, nos parece sentirla de viva voz. Y, es su intensidad, en su voz sibilina.

En su primer encuentro con los intelectuales cubanos, Lezama Lima le dice haberla leído y se hace evidente la simpatía de estos por la pensadora. Tal vez pudo ser su artículo Hacia un saber del alma[3] donde reclama un orden del alma incapaz de ser satisfecho por el racionalismo tradicional de la filosofía lo cual ha damnificado esta esfera, y que ella reclama restablecer. Se necesita un saber del alma y de sus potencialidades, un saber del orden interior, de los fenómenos del espíritu que nos dé una idea del hombre íntegro y de la razón íntegra, a semejanza de las ideas de su maestro. Otro de sus trabajos que podían marcar al joven peta y escritor, como a sus amigos, pudo ser su ensayo, también publicado en la misma revista, bajo el título Por qué se escribe[4] donde apunta que la función del escritor es comunicar secretos, aquellas cosas que por ser demasiado verdad no pueden decirse hablando y hay que escribirlas. Descubrir el secreto y comunicarlo requiere la soledad en cuyo momento del escritor se apodera la sed de verdad, de modo que este como un ser sediento y solitario, necesita el secreto para posarse sobre él. Así en esta soledad sedienta la verdad aun oculta aparece y es ella misma, la que requiere ser puesta de manifiesto, y si no se escribe no se conoce, se escribe para que los demás la conozcan.

María ya se hacía cercana al grupo de poetas jóvenes que por estos años se unían en La espuela de Plata o luego en Orígenes, un grupo que más que poetas eran jóvenes de su tiempo, dedicados a la poesía, a la literatura y activos en la convulsa Cuba de esos años y en una ciudad que ocupaba un lugar destacado en la vida cultural americana y caribeña. Son años de efervescencia política, cultural, literaria y también de despertar, de pensamiento, tras años de ensombrecida dictadura como de apegos a escurridas tendencias, de amenazas y prisión, de recomposición política y auge económico tras la crisis de los treinta. La universidad devuelve normalidad, se abren nuevas cátedras como la de historia de la filosofía para el profesor Mañach. Guillén y otros han dejado su marca; Ortiz escribe su nada típico Contrapunteo y lleva un tambor batá al aula universitaria; Carpentier trabaja en El reino de este mundo y Juan Bosch está en La Habana y escribe sus cuentos. Pasan por la ciudad José Gaos, Ferrater Mora, Xoaquin Xirau y tantos otros intelectuales españoles. Juan Ramón Jiménez es uno entre los jóvenes escritores cubanos y La Habana empieza a vivir una reanimación cultural y literaria, editorial, a la cual la entrada de María se hace esencial. En ellos María se encuentra, y ellos la escuchan, la siguen, con temas de interés mutuo.

Antes de llegar definitivamente a La Habana, en su exilio, en su vida errante por 45 años fuera de España, escribe en México en 1939, dos textos en su propio y peculiar modo de concebir la filosofía y conciliarla con sus reales intereses de escritora. Se trata de: Filosofía y poesía y Pensamiento y poesía en la vida española. En ambos continúan sus ideas sobre el escritor, sobre el ahondar en los problemas del alma, y sobre la poesía como forma de conocimiento. En ambos María reflexionaba sobre la relación entre la filosofía y la poesía en su intento de comprender al mundo, siendo para ella dos vías, la primera, por medio de la búsqueda, el enfrentamiento de las ideas, que intenta superar las apariencias para hacerse de la unidad; y la otra, que puede dar con la unidad “de pronto y del todo”, como regalo, y al mismo tiempo la descubre.

En su antojo de esas dos mitades del hombre, el filósofo y el poeta, María considera que la poesía tiene también su vuelo, tiene también su unidad y de no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra[5]. Es la razón poética el medio de llegar al saber del alma y hacerse el hombre de una forma de conocimiento. “Por el conocimiento poético el hombre no se separa jamás del universo y, conservando intacta su intimidad, participa en todo, es miembro del universo, de la naturaleza y de lo humano y aun de lo que hay entre lo humano y más allá de él” –dice en Pensamiento y poesía en la vida española.[6]

María no escribió sobre esta relación por simple deseo profesional, sino urgida por su tiempo en asfixia, de guerra fratricida, de muerte en vida, de Antígona que iba a su tumba sin conciencia propia, como símbolo de conciencia virgen y de piedad, recobrando su saber de sí, ese momento mismo de bajar a la oscuridad. Y así mismo, en estos límites se encontraba España, Europa, ella misma, y su hermana Araceli.

El racionalismo europeo está en crisis y este es un diagnóstico que se proyectaba como sombra de los intelectuales que estaban amarrados a su cueva sin ver más allá con anterioridad. Sin embargo María cree que a la razón le queda una oportunidad y esta radica en el volverse a la poesía, en el escuchar el interior, a la no razón aunque nos parezca una paradoja. Desde la Grecia Antigua hasta Hegel predomina un racionalismo esencial, de base, escindido en teoría o diferentes ismos de enunciación que se han opuesto, y se ha convertido en un horizonte de más de 24 siglos. Pero los tiempos actuales hacen que estos se vayan. Hoy, dice María, este mundo desploma y es su generación la que la soporta en tiempos de triste desamparo humano. Tan sólo quedan las cúpulas, las falsas, mentirosas cúpulas de la impostura. La razón, con el racionalismo europeo llegó a la soberbia y muy especialmente con Hegel –señala Zambrano–. Y soberbia de la razón es soberbia de la filosofía que se cree tener la totalidad, que se cree dominar el todo.

Hay una razón poética, un tipo de razón que nos salva, que nos habla de esa capacidad humana tantas veces vencida por la razón y la filosofía. Si bien el saber mayor se deshizo de la poesía, la expulsó, tratando de buscar el camino recto del saber, considerando a la poesía de imitativa mientras que esta llevaba el camino de la verdad, ahora son tiempos de fundamentar esta otra posibilidad. La razón –y en particular la razón europea­– ha creado monstruos. La filosofía quiso curarse, no quiso convivir más con fantasmas, entre sombras y espejismos. La poesía por su parte no quiso curarse, no aceptó remedio ni consuelo ante la melancolía, permaneciendo en diferentes períodos de su historia atada a la individual, aunque no desvalida reflexión del hombre en su mundo. Platón –siendo él mismo de alma un poeta y un filósofo por el destino– apartó a la poesía de la filosofía. “Jamás ha salido de labios humanos una condena tan taxativa y extremada a la poesía como la de Platón” –dice María. Sin embargo a esta misma relación y haciendo justicia con su método –el de la razón poética– que como salvación ve posible a los humanos, hace ella a lo largo de su vida y en toda su obra, de diferentes maneras y con giros más y menos amplios, esta idea un método, una perspectiva de todo su pensamiento.

Si bien hasta entonces, hasta el duro momento de su partida de España, jamás antes hubiese reflexionado sobre el pensamiento español, en México lo intenta, encontrando en la falta absoluta de un pensamiento filosófico sistemático en España, donde entre las maravillosas catedrales ninguna es de conceptos, como entre los formidables castillos ninguno haya sido de pensamientos, no se deba a la falta del genio arquitectónico ni de congregar materiales, sino a otras causas. Y esto mismo da la posibilidad de una historia en la cual el pensamiento elige otros senderos, el de la poesía y la novela, la literatura. á¿Será este el caso de Cuba, de las islas del Caribe?

La filosofía se da emparentada a estas manifestaciones. Y es que poesía y novela funcionan sin duda –argumenta María– como formas de conocimiento en las que el pensamiento se encuentra disuelto, disperso, extendido y el saber corre por temas esenciales y últimos sin revestirse de autoridad alguna, sin dogmatizarse, y se da un modo tan libre que parece estar extraviado. Y está el caso de Unamuno y Ortega y Gasset y de toda una obra de pensamiento en el continente donde pisaba. La filosofía no solo está donde hay vida académica que reclama por las pautas y los cánones impuestos por la modernidad. Por eso hay una familiaridad, una continuidad que salía a flote. La mente española, como la del nuevo continente, reservorio y depositario de la tradición hispana, no soporta ningún traje, ningún hábito cortado a ajenas medidas que le cubra por mucho o prolongado tiempo. Hoy todavía nos encontramos en ese debate, en el debate por una crítica a formas académicas y el de saber una filosofía deshecha de moldes eurocéntricos, para rescatar no el mismo logo, sino el logo propio de un pensamiento en el Caribe más allá de las cátedras y los seguidismos teóricos, de la filosofía de academia, así como para recuperar una tradición americana, indígena, negra, mestiza, propia.

Las relaciones de María con los escritores y poetas cubanos pueden hacernos sospechar que su labor como profesora y como filósofa haya empezado a menguar para dedicarse fundamentalmente a su vocación más honda, la de escribir. Entre ellos hay mucha afinidad por los presupuestos teóricos, por sus actitudes, así como por sus formas de pensamiento religioso que comienza a desarrollar María aun en Cuba y que se expresan en su libro concluido en Italia El hombre y lo divino.

Con su razón poética y su vida órfico pitagórica, su convicción cristiana, su elegancia expresiva, su profundo conocimiento de la historia de la filosofía clásica (euro-occidental) y el tema de la mujer, fue dejando María Zambrano una estela de influencias fundamentalmente entre escritores de la talla de Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marrúz, Eliseo Diego y otros quienes encontraron en sus ideas, señuelo para su obra posterior. No siendo igual en aquellos que se dedicaban a la filosofía, que como Medardo Vitier escribiera, era maestra ejemplar, pero huidiza, tímida y de relaciones con sus amigos poetas[7].

Tal vez también por ello la poesía de los escritores de Orígenes se caracterice por un marcado carácter cosmovisivo y de profundización en la realidad por medio del conocimiento, cuestión que les une a su amiga y maestra “conciencia errante de su España en el destierro” y amiga permanente.

En su destino órfico, en su condición de errante, Cuba fue esencial, la “catacumba” desde donde podía ascender a la luz, resurgir, trascender una vez descendido a los ínferos. La Habana fue el sitio, el lugar que a veces es más necesario que la palabra –como dijera en una ocasión. Fue desde donde más vio y bebió el alba hasta que saliera el sol que le asustaba y la isla de luz y colores que siempre recordó mirar para extrañar definitivamente.

También La Habana fue para María lugar de intenso trabajo, de conferencias, artículos, libros publicados y de ahínco para sus trabajos posteriores. A pesar de no haber formado parte del claustro profesoral de la Universidad de La Habana, se vinculó a la vida cultural del país ofreciendo materias, dictando conferencias, escribiendo, participando en programas radiales y llevando una vida activa con los emigrados españoles del exilio. Hizo conocer más el perspectivismo de su maestro, su razón histórica, su posición filosófica de quien se conocían sus textos y animaba los tiempos, y ahora de la voz sibilina de su discípula.[8]

María en Cuba, habiéndose leído una antología poética preparada por Cintio Vitier tiene una premonición. En su ensayo “La Cuba secreta” ve que Cuba está despertando, poéticamente y en vísperas de entrar en la historia; Cuba hasta entonces ha vivido su estado prenatal dice María. Este sentir va más allá de la poesía, y se consuma en hechos, unos años después del Moncada y 1959.[9] Su premonición no es ajena. Es sentir e intuir un futuro de cambios. Otro coterráneo suyo, Gustavo Pittaluga adelanta en su libro Diálogos sobre el destino, una especie de conversación con una mujer moderna heredera de tres tradiciones culturales para discurrir sobre el destino de Cuba y la previsión de un porvenir basado en las potencialidades de la isla sobre la base de la frustración palpable en los cincuenta del proyecto republicano donde el destino no puede ser “vender azúcar y comprar automóviles”,[10] sino un augurio, como el de María, del lugar de la dictadura de Batista en marcha. Sin dudas, es época de gestación a la que no quedan indiferentes.

María Zambrano, peregrina, no exiliada, dolida de la tierra de España, de sus olivos y sus encinas, sus retamas, sus trigales y hasta su ancho cielo y su luz, llega a América cargada, urgida de fundamentar una relación diferente entre la filosofía ensoberbecida y la poesía que le salva. Aquí se encuentra el medio que le da empuje para salir nuevamente a la luz. Tal vez aquí, en La Habana haya hecho ya lo último que en filosofía en sentido académico la pensadora malagueña se haya propuesto. Su lectura cristiana, emprendedora, humana, siempre siguió marcada por sus amigos cubanos, Lezama, Cintio, Fina, Mañach y tanto otros. Su huella en la isla fue considerable. Muchos lo destacan. Este podría ser un intento más, no incumbe si un tanto torpe.



[1] María era conocida por los intelectuales cubanos debido a sus trabajos publicados en la revista, donde compartía espacio, entre otros con Lino Novás Calvo, desde los años treinta.

[2] Indudablemente este fueron tiempos de una marcada influencia de su maestro Ortega y Gasset y de seguir el itinerario de la razón vital que interpreta de un modo específico, a su modo, manteniendo ese aire de discípula que le hizo lograr algo contradictorio, el haberla atraído y el haber llegado a ser ella misma. Así lo reconoce la propia María en: “Ortega y Gasset, filósofo español” en: M. Zambrano. España, sueño y verdad, EDHASA, Barcelona, 1965. Jorge Luis Abellán, como otros tantos estudiosos de su obra, hace referencia a la influencia orteguiana en María en este tiempo. Ver: Filosofía española en América (1936 – 1966). p., 172.),

[3] Artículo publicado en Revista de Occidente, número de octubre-diciembre de 1934.

[4] Revista de Occidente, abril – junio de 1934.

[5] María Zambrano. Filosofía y poesía. México: FCE, 1987 p. 21

[6] María Zambrano. Pensamiento y poesía en la vida española. México, 1939, pp. 75-76

[7] Ver: Medardo Vitier. Valoraciones. T. 1. UCLV, 1960, pp. 143-148.

[8] Idem. Una revisión de las páginas de la revista Ultra da muestra de las conferencias impartidas por Zambrano y reseñadas en sus páginas. Una decena de conferencias sobre la mujer en la edad media, en el Renacimiento, sobre Ortega, la filosofía, etc.

[9] Sobre el significado, más allá de lo poético que encierra esta “premonición” de María, como la de Lezama cuando habla por este tiempo en Orígenes de avizorar las “cópulas de los nuevos actos nacientes” lo menciona Cintio Vitier en entrevista concedida a Enrico Mario Santi y publicada en: Coloquio Internacional sobre la obra de José Lezama Lima. Vol. II, Prosa. Universidad de Portiers, Francia. Edit. Fundamentos, 1984 pp. 157-190

[10] Gustavo Pittaluga. Diálogos sobre el destino. La Habana, 1954.

  Comentario Fecha
- Es muy importante el recordar para una américa latina así, de herida y sumida que la poesía como... 2010-12-20 10:32:28
- Este es el mejor texto que ojos humanos jamas hayan visto... 2010-12-07 23:34:58

 

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