Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 4. Septiembre - Enero 2006. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: Capital, subjetividad y cultura de la exclusión
Autor(es): Romelia Pino Freyre, David García Niubó
Fecha de publicación: 15 de Septiembre de 2005

(Ponencia presentada en el V Encuentro Cuba-México de Filosofía. Julio de 2005 [1].)

El capitalismo se llama a sí mismo sociedad de la libertad. A diferencia de sus predecesoras, el esclavismo y el feudalismo, el capitalismo borra todo pecado original; absuelve al hombre desde su nacimiento, condenándolo a la suerte de sus propios esfuerzos. No hay ya monarcas o Iglesia que diga que esta bien o mal, no hay señor que suponga su sangre y su linaje superior y mancille la dignidad de nadie. No existe tampoco la inmutable estabilidad de la tradición donde cada quien nace artesano, siervo o señor. Desde el nacimiento todos somos iguales, iguales ante la ley e iguales en oportunidad. Todo, entonces, dependerá de nuestra suerte y de nuestros esfuerzos. Todo dependerá de nosotros mismos. Se crea la ansiedad del éxito -pues promete que todo se puede alcanzar- y de la angustia y el abatimiento, pues se preconiza que somos también responsables de nuestro fracaso.

La libertad, por la que las personas destronaron reyes e hicieron revolución, se transforma entonces en una pesada carga, la carga de la responsabilidad[2]. Y es preciso huir de ella. La droga, la velocidad, el sexo, el consumo desenfrenado o los sistemas totalitarios tienen algo en común, anulan la conciencia y con la conciencia la libertad, lo cual se vivencia entonces como el menor de los males posibles. Esta cultura de la abstención tiene también otros mecanismos conformadores, más sutiles y civilizados. No basta con la violencia, o los mecanismos directos de dominación, como en los tiempos de la acumulación originaria del capital. El capitalismo exacerba como nunca antes la exclusión, al punto de que por primera vez la convierte en una deformidad estructural, sin la cual no puede sostenerse. El desarrollo del capitalismo actual es el desarrollo de sus mecanismos de exclusión, del refinamiento de estos. Si el hombre es cultura cosificada y cultura subjetivada en su personalidad, se trata entonces de reproducir en él la única cultura conveniente a la lógica del capital, haciéndola pasar invisiblemente como la cultura universal y liberadora. El hombre, se dice, es un ser instintivamente egoísta y violento cuyos impulsos destructivos deben atemperarse, dominarse y encauzarse por medio de la educación. Eso pensaba Freud, y de acuerdo a esto, la escuela se propone como objetivo supremo la socialización: inculcar en el niño "la única y universal cultura posible", la cultura de la exclusión.

La escuela y los mecanismos de exclusión

Que el mercado laboral excluye a la mayoría es un hecho anunciado a voces. Pero el excluido pocas veces se entera sin previa preparación. El excluido ha sido avisado; y los argumentos, no poco fundamentados, le han sido explicados desde la infancia. Una institución se ha encargado de ello: la escuela tradicional.

Son dos los mecanismos que utiliza la escuela para conformar en el niño la cultura de la exclusión: el sistema de evaluación " promoción, y el énfasis exagerado en el método ( o sea, el estilo didactista).

El sistema de evaluación y promoción.

Aprende el niño pronto en la escuela su lugar y su tarea. El niño se esfuerza por intangibles, los puntos; y los puntos los da el maestro, que evalúa según la clave y los objetivos dispuestos en el curriculum. No hay nada personal en contra o a favor de él. Pronto comprende que puede y que no. Le aseguran que todo depende de su inteligencia y de su esfuerzo, pero, más temprano que tarde, aprenderá cual es su nivel real y cuáles pueden ser las aspiraciones razonables. Si en la primaria supone el niño que más cuenta el esfuerzo, finalmente termina concediendo más peso a la inteligencia o el don. Nadie es culpable sino el mismo. Promueva o repruebe el grado, acceda o no a otro nivel de enseñanza. Todo depende de la nota, que el profesor anuncia, pero que él ha merecido.

Pero el capital no será inclemente ante el remordimiento del adolescente o el joven, a quien le asegura incapacidad para el bachillerato o la universidad. Allí estará la ciencia para ofrecer una explicación tranquilizadora: la capacidad verbal, lógica y matemática "proclamada convenientemente como inteligencia- y medida objetivamente por el test, se distribuye según una curva normal. Es inevitable que los talentos sean pocos. «¡Ved lo inexorable "dice el Señor Capital- de excluir a tantos! » y seguidamente agrega: «Tened al menos el consuelo de que no es falta de esfuerzo lo que origina vuestra exclusión. Es sencillamente culpa de vuestros genes, no sois responsables» La posibilidad de absolución se ofrece sin titubear, pues el fin supremo de la inteligencia es la adaptación[3]. Y si el excluido se adapta a este mundo ( o sea, si acepta las reglas que en este mundo dictan el Papa, el Rey o el Señor Capital), no es entonces tan incapaz. Protestar, rebelarse y subvertir "en cambio- demostraría más allá de toda duda razonable, una ausencia total de inteligencia.

Dice Bourdieu "que no hay elección técnica que sea socialmente neutra"[4] . Esta es la manera impersonal y perfecta en que el sistema actúa a través de la escuela para eliminar a las clases sociales desfavorecidas[5]. Es el mecanismo social por excelencia, para la conformación de la cultura de la exclusión y la abstención. Un excluido puede ser peligroso, pero no un excluido resignado que se desprecia y se culpa. La escuela conforma en los alumnos la cultura de la exclusión.

2- El didactismo

El maestro didactista corre desesperadamente contra el tiempo. El resultado es el malestar del docente, manejado en parte por medio del ritualismo, que no respeta la complejidad del desarrollo humano. El didactismo es el estilo de un quehacer profesional que enfatiza el método al punto de convertirlo en receta, utilizado para afrontar cualquier evento.

El didactismo está condicionado por demandas objetivas (como la exigencia de rendir cuentas y resultados palpables de la labor del educador) y por concepciones que postulan relaciones lineales entre aprendizaje y desarrollo[6]. Pero existe una determinación más profunda, aquella que parte de una deformidad estructural. Por medio del didactismo[7], la escuela conforma en los alumnos la cultura de la exclusión, algunos de cuyos rasgos son:

La figura de autoridad (en el contexto escolar el maestro), sabe y por tanto habla y manda, el estudiante ignora, y por eso, calla y obedece.

Quién interroga, quien pregunta, desconoce; y quien afirma, conoce. El maestro debe tener respuesta para cada interrogante del alumno.

Solucionar un problema es más importante que plantearlo.

La normatividad, que excede todo ámbito profesional anulando la vida del estudiante.

La tenaz resistencia a reconocer el carácter hipotético e incierto de cualquier conocimiento (sobre todo en presencia de los que carecen de autoridad, o sea, los estudiantes).

El olvido del carácter histórico de la verdad, de la historia de todo conocimiento.

El libro es La Verdad, y esta verdad la domina la autoridad, el maestro. De lo cual se deriva, en última instancia, que el aprendizaje escolar es el más útil de los aprendizajes posibles.

Que el aprendizaje de esta verdad contenida en el texto y enunciada por el maestro (la autoridad) conduce necesaria e inevitablemente al desarrollo del alumno.

Así es la dinámica en la escuela tradicionalista, en verdad la mejor preparación para la futura vida en la cultura de la exclusión y la abstención que requiere el sistema democráticamente representativo del capitalismo. Los alumnos escuchan, obedecen e ignoran (el público silente); los maestros hablan y mandan, conocen y temen. Nótese lo relativo de aquella archiconocida crítica según la cual la escuela prioriza la instrucción sobre la educación. No es del todo cierto. Muchos objetivos educativos, por perversos, no pueden ser declarados.

El hombre "nuevo" de la sociedad del conocimiento

La relación de la ideología, el mercado y la subjetividad es compleja, presentando múltiples entrecruzamientos. Decía Marx que «en la sociedad burguesa el capital es independiente y tiene personalidad, mientras que el individuo que trabaja carece de independencia y está despersonalizado[8]» Casi cien años después, Erich Fromm define en su tipología una nueva orientación de la personalidad: la orientación de mercadeo[9], que surge producto de la sobreidentificación con las demandas del sistema socioeconómico.

La esencia de este tipo de orientación personológica, radica en la percepción de valía de la persona en tanto mercadería, valor que es demandado y que puede efectivamente realizarse. Aunque Fromm advierte que esta orientación se expresa en todos los ámbitos de la vida, nos interesa específicamente el análisis con respecto al mercado. La persona con esta orientación fija su valor justamente no en una autoridad externa cualquiera, sino precisamente en el mercado; si su oferta es atractiva y se puede vender, se estima, si por el contrario, no puede realizarse en el mercado, se desprecia. "Tanto sus poderes como lo que crean se apartan, son algo diferente de sí mismo, algo para que otros juzguen y usen; por tanto, sus sentimientos de identidad se hacen tan débiles como su propia estima, que está constituida por todos los papeles que puede desempeñar: «Soy como tu me deseas»"(Fromm, 1947, p. 73).

No deja de llamar la atención que esta orientación personológica haya sido definida poco antes que el enfoque de la Calidad Total, que considera el valor de un producto como un todo (desde la preciosa envoltura, la marca, hasta el lugar donde se vende). Pero afirmar que el capitalista compra "el alma" al obrero, supone una contradicción, en tanto esta no produce plusvalía. ¿No será que el capitalista exige del obrero la misma calidad total que preconiza como excelencia a la hora de vender él mismo su mercancía?

La personalidad con orientación de mercadeo es el estuche fino, la marca; el lugar apropiado, de la mercancía del obrero: su fuerza de trabajo. Sin este valor agregado, sin esta exigencia legitimada por la supuesta reciprocidad, la fuerza de trabajo del obrero no se realizará pues el capitalista no la comprará. Es también un sutil y refinado medio de hacer sobrevivir al capitalismo incapacitando a sus sepultureros.

Cabría entonces preguntarse si la escuela y sus mecanismos de exclusión " el sistema de evaluación-promoción y el didactismo que analizamos anteriormente- son los conformadores de esta personalidad con orientación mercantil, que como exigencia de valor agregado, necesita la fuerza de trabajo en el sistema capitalista que se define con Calidad Total. Creemos que no, o al menos, que estos no son lo suficientemente eficaces. No por gusto, la escuela es criticada como conservadora e ineficiente incluso por el mismo sistema que la sostiene. De la empresa fordista al toyotismo, se hace imperativo crear la ilusión del consenso, la participación aparente[10]. La escuela debe cambiar. Poniéndose a la altura de los nuevos vientos necesita crear el modelo de sociedad con apariencia de participación donde la emoción y la dimensión personológica son en sí un objetivo de primer orden. Aparecen entonces figuras como Goleman que redefinen lo que la escuela debe formar[11].

¿Qué es lo primero que dice Goleman? Que la inteligencia tradicional no predice el éxito futuro, en eso estamos de acuerdo. Seguidamente plantea que el coeficiente emocional (CE) es mejor predictor del éxito profesional que el coeficiente intelectual (CI). No hay ejemplo más claro de la psicología aliada a la escuela para subordinar el ideal educativo al mercado: el mejor indicador de la inteligencia emocional serán los logros y el desempeño real en el mundo de la Calidad Total.

¿Qué es lo segundo que hace Goleman? Mostrar con datos objetivos el preocupante nivel de violencia, drogadicción y suicidio en el ámbito escolar y exigir que la escuela sea rediseñada. Supone, con razón, que esta gradúa "analfabetos emocionales" y que al manejo de conflictos, la asertividad y al control de impulsos, debía prestarse tanta atención como a los contenidos curriculares más tradicionales. Pero no se le ocurre pensar que la violencia no solo llega a la escuela del mundo externo, sino que también la escuela la conforma y por ello se manifiesta tan frecuentemente allí. Crítica a la escuela por graduar a personas potencialmente violentas, pero no se le ocurre enseñar a las personas como oponerse -incluso por medio de la violencia- a la violencia que el sistema les impone.

Goleman no está de acuerdo con la escuela a imagen y semejanza de una empresa fordista. Lo que propone, es buscar en la educación el más refinado mecanismo de exclusión, tal y como el mundo del trabajo lo encontró en el enfoque de la Calidad Total.

Bibliografía



Antúnez, R.: (2001) ¿Adiós al trabajo?, Ed. Cortés, Sao Paulo.
Bourdieu, P.: (2004) Intervenciones (1961 - 2001), Ciencia social y acción política, Hiru, Hondarribia.
Fariñas, G. y de la Torre, N.: (2001) ¿Didáctica o didactismo?, Revista Educación, Numero 102, enero-abril.
---------------: (2003) La otra cara del didactismo, Revista Educación, Número 108, enero-abril.
Fromm, E.: (1947) Man for Himself, Holt, Rinehart and Winston, New York.
-----------: (1956) The Art of Loving, , Harper & Row, New York.
----------- : (1968) El miedo a la libertad, Paidós, Buenos Aires.
Goleman , D.: (1996) Inteligencia Emocional, Kairós, Barcelona.
Marx, C. y Engels, F.: El manifiesto comunista. Ob. Escogidas en tres tomos (1974), t I, Moscú, Progreso.

Notas y Referencias

[1] El presente artículo es un extracto de Ciudadanía y límites económicos y sociales de la participación política en el capitalismo. (material inédito realizado por los autores)
[2] Fromm, E (1956) The Art of Loving. New York: Harper & Row; Fromm, E (1968) El miedo a la libertad. Paidós, Buenos Aires.
[3] En Piaget, por ejemplo, la inteligencia como adaptación tiñe toda su obra.
[4] Bourdieu, P. (2004) Intervenciones (1961-2001) Ciencia social y acción política. Hiru, Hondarribia.
[5] Bourdieu en 1968 analiza detalladamente los mecanismos sociales para eliminar a las clases desfavorecidas, que nosotros hemos llamado mecanismos de exclusión. Realiza además algunas propuestas para compensar su acción.
[6] Fariñas, G y De la Torre, N. (2001) ¿Didáctica o didactismo? Revista Educación, No. 102 enero-abril; Fariñas, G y De la Torre, N. (2003) La otra cara del didactismo. Revista Educación, No. 108 enero-abril.
[7] El didactismo funciona también como mecanismo de exclusión del maestro, en tanto generador del burnout que lo incapacita profesionalmente.
[8] Marx, El manifiesto Comunista
[9] Fromm, E. (1947) Man for Himself. New York: Holt, Rinehart and Winston.
[10] Véase al respecto, Antúnez, 2001
[11] Goleman, D. (1996) Inteligencia Emocional. Kairós, Barcelona.

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