Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 5. Enero - Mayo 2006. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: El cine mexicano y Hollywood: La exepción cultural
Autor(es): Armando Casas. México
Fecha de publicación: 15 de Enero de 2006

(Edición dedicada a publicar las ponencias presentadas al Colquio Estética y Arte desarrollado en La Habana los días 7 y 8 de julio de 2005)

En México tenemos una socorrida frase que explica con la contundencia de la sabiduría popular el infortunio del país: "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos." La situación actual del cine mexicano es una evidencia de la triste realidad que hay bajo estas palabras.

No hace falta ahondar en lo que es obvio: El mercado cinematográfico mundial está dominado por el cine producido en Hollywood. Está a la vista. Con notables excepciones, se puede viajar por todo el mundo y encontrar que la cartelera cinematográfica es prácticamente la misma.

El cine es una industria cultural, sin lugar a dudas. Cada vez que se exhibe una película se muestra una visión propia de un autor y de del país al que pertenece. Con este simple acto se perpetúa una y otra vez en el "consciente imaginario" de los consumidores el sentido de la vida y de la nación que la produjo. Por esto, la Comunidad Económica Europea ha defendido con gran ahínco sus industrias culturales, para que sus millones de habitantes piensen como europeos y no como una mala copia de los norteamericanos. En Latinoamérica, Argentina y Brasil se han convertido recientemente en ejemplo a seguir y, en menor medida, Colombia y Chile. Cuba, por supuesto es un caso de excepción en la región, pues su trabajo cinematográfico se ve determinado por condiciones de todos conocidas. En el norte de América, al que geográficamente pertenece México (aunque no culturalmente), se firmó hace diez años un Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. A partir de ese momento el cine mexicano ha visto disminuir su producción dramáticamente, en contraste con el aumento sustancial en la exhibición. El tratado es a todas luces inequitativo. Canadá, por ejemplo, no permitió que el cine y todas sus industrias culturales formaran parte de este Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, tratando de evitar una mayor dependencia ideológica de su vecino del sur. México ha cedido esta posibilidad al ilusorio juego de la oferta y la demanda, a la preponderancia del capital financiero, bajo el supuesto de una falsa modernidad. La lógica parecía correcta: Hagamos un libre intercambio de productos (en este caso películas, como si fueran una mercancía más). "Nosotros llevamos libremente nuestras películas y Ustedes traen las suyas". ¿Qué ha sucedido? Cada año entran a México más de 300 películas norteamericanas libres de impuestos especiales mientras que, en el mejor de los casos, México envía una cada dos años con un número de copias muy limitado. Eso sí, también libre de impuestos especiales.

México se ha convertido en el quinto país más importante en materia de exhibición, que recibe sin restricciones los productos de la segunda industria más importante del país más poderoso económicamente del mundo. El verdadero "sueño americano": un país de consumidores que no produce. El problema no es exhibir cine norteamericano, sino que bajo esta "lógica comercial" no se pueda fomentar el cine nacional como sucede en otros países. En España y Argentina cada película extranjera que ingresa paga un impuesto especial sobre ingresos en taquilla que sirve directamente para fomentar el cine español y argentino. Las grandes productoras norteamericanas han estado muy poco interesadas en producir cine mexicano. Cuando lo han hecho es en un muy bajo porcentaje y con muchas restricciones. Lo que verdaderamente sorprende es lo mucho que disgusta a las grandes majors que haya producciones nacionales, por muy escasas que estas sean. Por supuesto que en nada ayuda el nulo interés en los temas de la cultura, la ciencia y la tecnología del actual gobierno mexicano y su total e incondicional sumisión a los intereses norteamericanos.

Entre la falta de incentivos fiscales y la lentísima recuperación de la inversión, el cine mexicano se aleja cada vez más de las posibilidades de consolidar una industria. Del ingreso en taquilla, el exhibidor se queda con el 60%, el distribuidor con el 25% correspondiente a la recuperación de gastos, más comisión, y el productor recibe, en el mejor de los casos, un 12%, y sólo tratándose de un éxito de taquilla este porcentaje puede representar una ganancia. Recobrar el capital financiero de una película mexicana, el cual fluctúa entre 1,5 y 2,5 millones de dólares puede tomar entre dos o tres años de acuerdo a las posibilidades de exportación de la cinta y de comercialización en los mercados de DVD y televisión, si es que se llega a estos mercados; todo depende de la aceptación que la película haya tenido en su exhibición.

En este punto es conveniente ubicar la relación que tiene la producción con el hecho estético. La diputada francesa en el Parlamento Europeo, Catherine Lalumière, comenta lo siguiente:

Es cierto que saber producir y saber vender no significa que se creen automáticamente obras de arte. Pero no podrá haber bellas creaciones de forma duradera sin construir antes una poderosa industria y circuitos de distribución eficaces. Esto no significa que las unidades de producción tengan que ser de grandes dimensiones, ni todas las obras banales y destinadas al gran público.[i]

Es aquí donde se encuentra la "excepción cultural". Término acuñado en Francia a propósito de las negociaciones de un tratado comercial (GATT) en 1993.

El leitmotiv de la excepción cultural se fundamentaba en la creencia que, si no se imponen restricciones para controlar la entrada de productos americanos "baratos y competitivos- a los mercados europeos, la cultura y la identidad europeas estarán en peligro.[ii]

Una expresión polémica en la actualidad, que poco se ha discutido en nuestros países, en México por lo menos.

La expresión designa actualmente dos cosas distintas. Ella es un principio: las obras de arte no deberían salir a flote, para su producción y su circulación, por la sola lógica del mercado. Y ella es un medio jurídico: ya que es sobre ella que se funda toda reglamentación tendiente a hacer intervenir otros criterios que los del mercado dentro de la producción y la difusión de obras. Este medio jurídico está al servicio de una meta: la diversidad cultural, es decir, la posibilidad de alentar la producción y la difusión de obras de estéticas diferentes.[iii]

En la actualidad, la discusión se ha centrado en un término que nos es más cercano.

Por otra parte, cada vez se habla más no de excepción cultural (la expresión es demasiado negativa y restrictiva) sino de diversidad cultural. Lo que se pretende es evitar la uniformización del mundo preservando la diversidad de las culturas, así como se defiende la biodiversidad para conservar la diversidad de las especies. La diversidad cultural es ante todo una cuestión política fundamental para el futuro de las generaciones de todo el planeta. [iv]

La diversidad cultural tiene que ver con la ampliación de nuestro propio imaginario en el conocimiento de las diferentes estéticas que son propiciadas por cada cultura en particular. Evidencia la universalidad de la obra artística en su propia identidad.

México ha discutido poco el tema pero la ha vivido muy de cerca.

El año pasado el cine mexicano sufrió el que quizás haya sido el peor embate de su historia reciente, producto de una visión gubernamental orientada por el poder financiero internacional: el gobierno mexicano intentó desincorporar al de por sí agónico Instituto Mexicano de Cinematografía, vender los emblemáticos Estudios Churubusco y desaparecer al Centro de Capacitación Cinematográfica (importante escuela de cine en México). No se consiguió el propósito gracias a una airada y ruidosa protesta de la comunidad cultural nacional en todos los medios. Al final era una medida distractora de los caminos buscados por el gobierno para conseguir su verdadero propósito: vender Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad.

Este año, el cine mexicano se encuentra en una situación desalentadora por la total ausencia de estímulos. Hace algunos meses, las grandes empresas distribuidoras y exhibidoras nacionales y norteamericanas ganaron un amparo contra la medida emergente para conseguir recursos por parte del Instituto Mexicano de Cinematografía a través de una iniciativa de ley de parte del Poder Legislativo de retener un peso por cada boleto vendido en las taquillas de los cines para fomentar cine nacional. La medida sólo sirvió para que los exhibidores aumentaran los precios de las entradas utilizándola como pretexto. Y, lo que es verdaderamente el colmo, desatar la furia de la Motion Picture Association of America en la voz de su anterior dirigente Jack Valenti, quien amenazó explícitamente al presidente mexicano si la medida paliativa se aplicaba (amenaza mal dirigida, pues la medida no era impulsada por el presidente, quien siempre ha atendido diligentemente las políticas "sugeridas" por el capital norteamericano).

Lo interesante es que desde 1990 a la fecha el cine mexicano ha atravesado por una incierta etapa de transición post industrial en la que sobrevivió su infraestructura artística, es decir, se cuenta con directores, guionistas, actores, fotógrafos, editores, técnicos, profesionales que han demostrado su capacidad y talento.

La gran paradoja del cine mexicano actual es que, mientras vive el que seguramente es su peor momento como industria, ha producido películas y cineastas con un importante reconocimiento de público y aceptación en México y en el extranjero. De hecho, frente a la falta de expectativas en el país, varios directores, fotógrafos y actores trabajan intermitente o definitivamente en el cine hollywoodense, que se nutre constantemente del talento mundial.

El panorama actual del cine mexicano hace evidente que uno de los requisitos indispensables para que la industria del cine mexicano renazca es que el Estado lo apoye, con decidida voluntad política, y lo considere, además de una empresa que puede ser rentable y competitiva en el mercado nacional y extranjero (aspecto que tampoco favorece como ya hemos visto), un bien nacional, que debe estar inscrito como parte de la "excepción cultural", de la diversidad cultural, que actualmente impulsan varios países en favor de su patrimonio cultural y que redundará con seguridad en nuevos planteamientos estéticos.
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Notas y referencias:
[i] La batalla de la diversidad cultural de Catherine Lalumière
[ii] "Excepción cultural", políticas nacionales y mundialización: factores de democratización y de promoción de lo contemporáneo. Divina Frau-Meigs
[iii] Cahiers du Cinema no. 601, mai 2005.
[iv] La batalla de la diversidad cultural de Catherine Lalumière

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