Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: El poder y los símbolos
Autor(es): Roger Ricardo Luis e Iraida Calzadilla Rodríguez
Fecha de publicación: 01 de Noviembre de 2016

Resumen

El poder simbólico es decisivo en la producción y reproducción ideológica a partir del desarrollo de estrategias de dominación enfiladas a la configuración de la hegemonía, la legitimación social y la fabricación del consenso. Esa labor se realiza mediante un sofisticado y continuo proceso de construcción y socialización de formas simbólicas que son fuente de valores capaces de integrarse a la realidad y contribuir a transformarla. Este artículo propone un recorrido por los principales referentes teóricos sobre la relación poder-poder simbólico-medios de comunicación a tenor con la importancia que adquiere el tema en nuestros días.

Palabras claves:

Poder simbólico; hegemonía; medios de comunicación; visibilidad mediática.

Abstrac

The symbolic power is decisive ideological production and reproduction from the development of strategies of domination strung to the configuration of hegemony, social legitimacy and consensus making. That work is done by a sophisticated and continuous process of construction and socialization of symbolic forms that are a source of values able to integrate into reality and help transform it. This article proposes a tour of the main theoretical framework on the relationship symbolic power-power media in accordance with the importance acquired by the issue today.

Keywords:

Symbolic power; hegemony; media; media visibility.

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Bien pudiera decirse que fue Superman quien con su vuelo del planeta Krypton al estado de Kansas, inauguró la era de los símbolos. Tal vez no fue una idea premeditada de los progenitores del personaje, pero Hollywood sí se percató de inmediato que las cualidades del nuevo héroe de ficción (valentía, fortaleza, astucia, poder, bondad, justicia) apuntaban más lejos y eran funcionales a la imagen que las esferas de poder de Estados Unidos querían mostrar al mundo de su nación.

Cercano ya a la centuria y bajo sucesivas mutaciones acorde con los nuevos tiempos y contextos, el superhéroe de marras ha demostrado su eficacia, desde la dominación carismática, para llevar a las “mentes y los corazones” de cientos de millones de seres en el orbe ese mensaje que busca generar admiración e infundir respeto bajo el principio de que, como entidades persuasivas significantes, los símbolos son fuente de valores que circulan por el tejido social generando consenso y legitimación capaces de integrarse a la realidad y contribuir a transformarla.

Es precisamente en el ámbito de los valores donde se dan las acciones decisivas por el poder, pues estos contribuyen a condicionar las actitudes de los individuos y su correspondiente postura ante los hechos que pautan el espectro político-social. Se afirma que desde la aceptación o desgaste de los símbolos puede percibirse el ascenso o decadencia de un orden social en nuestros tiempos.

Entonces, si la industria cultural es por excelencia la fábrica de símbolos, no por gusto EE.UU. participa y/o posee la mayor red de construcción y socialización simbólica del orbe caracterizada por su colosal alcance y efectividad. Por ejemplo, los 8 estudios más grandes de Hollywood controlan el 85% del mercado mundial de cine y en el caso de América Latina alcanza el 95%. Esa nación tiene a su haber el 80% de la circulación de programas de televisión y más del 70% de los de videos; asimismo, el 50% de los satélites de comunicación, el 75% de la red de Internet, produce el 60% de los software de uso internacional (Microsoft, con Windows, está más de 90% de las computadoras de todo el mundo) y posee los motores de búsqueda en internet más empleados en el orbe: Google, Yahoo, MSN, Amazon, Altavista.

Bastaría este ejemplo para ilustrar la influencia de lo simbólico como uno de los principales territorios de disputa política en la contemporaneidad y del por qué en este campo el capitalismo se mantiene como sistema mundial hegemónico y el modelo globalizado estadounidense como su centro más allá de la crisis estructural y civilizatoria que lo viene corroyendo.

A partir de los años 90 del siglo pasado se verifica un proceso sin precedentes en el ámbito de la concentración de las corporaciones mediáticas que da paso a la creación de un oligopolio global de la información, la cultura y la recreación que además de proporcionar colosales ganancias, cumple con la estratégica función de contribuir decisivamente al mantenimiento del poder trasnacional, globalizado e imperial del capitalismo. La lista de los seis grandes grupos que controlan la industria mediática en el mundo la conforman News Corp, Time Warner, Walt Disney, Viacom-CBS, Vivendi-Universal y Bertelsmann. De ellos, cuatro son mayoritariamente estadounidense (también participan capitales del Reino Unido y Australia), y dos son una simbiosis de capital francés y estadunidense, y uno alemán. Estos gigantes definen los símbolos y agendas informativas que se difunden en el mundo minuto a minuto y con ello perfilan la percepción global de su conveniencia. Un dato revelador: las empresas periodísticas de dichas corporaciones generan y distribuyen el 95% de la información que circula en el mundo. Con la concentración mediática se genera una sinergia de homogenización cultural e informativa planetaria con base en la propaganda política basada en mensajes configurados desde el poder con la intención de mantenerlo.

Bastaría recordar que la presencia de otros consorcios como, por ejemplo, el complejo militar-industrial, la industria petrolera, los oligopolios financieros dentro de las juntas directivas de los citados emporios mediáticos, condicionan significativamente las agendas y los contenidos de la industria mediática y con ello sepultan el ideal arraigado del cuarto poder otorgado al ejercicio democrático de la prensa y su libertad de expresión.

Al respecto, Manuel Castell en su libro La era de la información expresa: “El poder, como capacidad de imponer la conducta, radica en las redes de intercambio de información y manipulación de símbolos que relacionan a los actores sociales, las instituciones y los movimientos culturales, a través de íconos, portavoces y amplificadores intelectuales” (1998:93).

Al examinar el cometido antes mencionado, Stuar Hall da preminencia a los medios de comunicación de masas, pues son ellos los que garantizan “el suministro y construcción colectiva del conocimiento social, de la imaginería social por cuyo medio percibimos ‘los mundos’, las ‘realidades vividas’ de los otros y reconstruimos imaginariamente sus vidas y las nuestras en un ‘mundo global’ inteligibles, en una ‘totalidad’ vivida’ ” (Hall, 1981: 385). Desde esta perspectiva podemos confirmar también el papel de los medios en la estratégica función de la conformación de la opinión pública.

Ello reafirma que los medios de comunicación de masas han devenido actores privilegiados en la construcción de la lucha por el poder. Ese protagonismo se da con mucho más fuerza a partir del último tercio del siglo XIX y alcanza un ritmo extraordinario después de la segunda mitad de la centuria pasada bajo una hábil y eficaz gestión discursiva estrechamente relacionada con el desarrollo exponencial de las tecnologías, especialmente de la comunicación y la información que sobrepasan con creces las fronteras tradicionales de su alcance y generan nuevas plataformas, formatos y maneras seductoras de comunicar.

Resulta significativo recordar que el advenimiento de la modernidad capitalista trae consigo el progresivo ascenso de la cultura como factor estructurante de la hegemonía por parte del poder burgués. En su devenir surgen hitos como el espacio público, la sociedad de masas, la comunicación pública y los medios de comunicación como escenarios principales de la realización cultural y social y, por tanto, de legitimación pública y fabricación del consenso todos portadores del espíritu civilizatorio de la clase dominante (también su contrapartida) como forma del conocimiento e interpretación de la realidad.

Las coordenadas del poder

Al poder generalmente se le ha visto objetivado de manera instrumental en instituciones e individuos; la naturaleza prohibitiva, represora, pareciera ser la característica natural de quien lo detenta, otorgándole la capacidad de obligar, ya sea por la fuerza física y/o psicológica, a ejecutar actos en contra de la voluntad de otros. Sin embargo, Michael Foucault abre las miras del poder cuando subraya que “transita transversalmente, no está quieto en los individuos” (1992:144). Es decir, lo pone a circular como conexión que funciona en red.

Para Acanda (2002) “(…) el estatuto ontológico del poder no es el de ente objeto, sino de un complejo sistema de relaciones. El poder es relación de fuerzas. Por lo tanto, no surge después de que se ha estructurado el todo social, sino que es elemento de su conformación”. Ello pone de relieve que el poder es una construcción simbólica donde participan múltiples actores sociales mediante un proceso continuo de resignificación de las relaciones económicas y políticas del cuerpo social.

La complejidad y magnitud de la red de poder hace cada vez más sutiles acciones como la producción de sentidos, la formación de valores, la generación de necesidades o comportamientos en la sociedad, además de las actitudes de control y vigilancia de los actores a los cuales se quiera someter. Ello pone de relieve la significación de lo simbólico como uno de los componentes esenciales del poder.

En esa dirección, el sociólogo John B. Thompson en su libro Los media y la modernidad, estima que el poder simbólico se coloca entre los componentes esenciales del poder como lo son el político y económico. Explica que este dependería del ejercicio de una violencia invisible y solapada que reproduce visiones dominantes a través del intercambio de formas simbólicas, entendidas como “una gama de acciones y lenguajes, imágenes y textos, que son producidos por los sujetos y reconocidos por ellos y por otros como constructos significativos (1998:65)”. Según este autor, ello estaría dado por las estrategias con las que el poder se legitima a través de formas simbólicas fabricadas a su imagen y semejanza, por lo que pudiéramos identificarlas como metáforas ideológicas.

Ello devine apoyatura para que el académico inglés declare que la sostenibilidad de un orden social sin recurrir a la coerción estará asociada, en buena medida, a su capital simbólico, es decir, al prestigio y reconocimiento acumulado por sus productores e instituciones.

El planteamiento de Thompson guarda estrecha relación con el concepto gramsciano de hegemonía que identifica la capacidad del grupo dominante para obtener y mantener el poder sobre la sociedad: “El ejercicio normal de la hegemonía (...) se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso que se equilibran de diferentes maneras, sin que la fuerza predomine demasiado sobre el consenso, y tratando de que la fuerza aparezca apoyada en la aprobación de la mayoría, mediante los llamados órganos de la opinión pública”(Gramsci, 1997: 1638).

En otras palabras, la hegemonía apunta a la capacidad cultural e ideológica de la burguesía para crear, desarrollar y reproducir su racionalidad[1] y, por tanto, de ejercer el poder. Como señala Marx, la ideología no es ajena a la producción y toda aproximación a esa relación conlleva al conocimiento de aquella desde la perspectiva de las dinámicas de la producción que la engendra y el reproductor que la mantiene. Es decir, la reproducción ideológica, y social en general, está permanentemente generando valores simbólicos que solo son posibles en los procesos de comunicación inherentes al sistema social, de ahí la constante renovación en términos de valores simbólicos.

Por otra parte, Louis Althusser, basado en la idea gramsciana del carácter ampliado del poder y del Estado, apuesta por el papel de los Aparatos Ideológicos del Estado (AEI) como entes legitimadores del orden social. Como Gramsci, Althusser se opuso a los que ubican las funciones del Estado como institución de poder, en el limitado encuadre de la represión. En esa dirección plantea otros ámbitos de reproducción ideológica; así, en su indagación acerca de las “superestructuras”, identifica el papel de instituciones como la familia, la iglesia, la escuela, la cultura, los medios de comunicación de masas, los partidos políticos, entre otros, integrantes de los AIE con la función de legitimar permanente a la clase dominante mediante la ideología y no como aparatos represores. Sin embargo, donde el estructuralista vislumbró solo instituciones constructoras de hegemonía, el italiano fue más allá para presentar una pieza clave en ajedrez de la hegemonía: el sentido común[2] .

Al superar la concepción de los AID, Michael Foucault sigue el norte gramsciano y argumenta: “Al reproducir cotidianamente su vida, los individuos reproducen las relaciones de poder. El ser humano se objetiva mediante un conjunto de prácticas discursivas y no discursivas. Estas prácticas están siempre mediadas por “instancias de verdad”, estructuras que valoran, le dan un sentido y una orientación a las diversas formas de objetivación de la persona. Esas “instancias de verdad” son la esencia del poder, y, por lo tanto, de su reproducción” (1992: 113-114).

Pierre Bourdieu también hace un aporte significativo a la compresión del papel del poder simbólico como factor protagónico en el sistema de la producción y reproducción cultural hegemónica. El sociólogo francés mediante el “habitus” subraya que las personas interiorizan la “arbitrariedad cultural” que se les pretende imponer, la hacen suya y terminan reproduciéndola con un grado de complicidad que no conseguiría nunca la coacción política (Bourdieu, 1972: 73-75).

Como puede apreciarse, hay un sensible y justificado desplazamiento en la creencia del ejercicio del poder como coerción y engaño hacia la perspectiva de una lógica de saberes construidos y de los discursos que los socializan como forma de articulación social en estrecha vinculación con las prácticas coercitivas; es decir, se trata de un complejo sistema de relaciones, tal como lo identifican Gramsci y Focault.

De gran interés sobre el tema resultan los aportes teóricos de Raymond Williams desde la Escuela de Birmingham, quien amplía el alcance de la propuesta gramsciana de hegemonía cuando expresa que cultura es “(…) el sistema significante a través del cual necesariamente, un orden social se comunica, reproduce, se experimenta e investiga” (2003:41). Williams también define la cultura como un "proceso social total", y plantea que la hegemonía va más allá del concepto de cultura porque relaciona a este proceso con las distribuciones específicas del poder.

Así, el concepto de hegemonía cultural revoluciona la forma de entender la dominación y la subordinación en las sociedades actuales. La hegemonía no es solamente el nivel superior articulado de ideología y sus formas de control y dominio, sino constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida.

Al darle connotación hegemónica a la cultura, Williams advierte que no debe entenderse como una identidad estática, sino como "(…) un complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes". Y, por otra parte, nunca se da de modo pasivo como sistema de dominación: es continuamente renovado, recreado, defendido, modificado y de la misma manera es también resistido, limitado, alterado, desafiado por presiones que no le son propias. Es por esto que, unido al concepto de hegemonía, encontramos al de contrahegemonía y al de hegemonía alternativa.

En esa dirección, cuando se habla de guerras culturales en la actualidad debe tenerse en cuenta que los vertiginosos avances en las telecomunicaciones convierten al campo cultural y la mente de los hombres y mujeres en el escenario de primordial y definitivo de la batalla de ideas, tal como subraya Acosta (2009). El académico cubano también apunta que las acciones ideológicas que se verifican desde los medios (tanto culturales como informativas) son empleadas para reducir a la obediencia a las poblaciones ocupadas a asimilar los valores del ocupante, o a naciones y poblaciones locales a anular su resistencia cultural, y por tanto, social, política, económica e ideológica contra los valores y culturas hegemónicas del mundo globalizado.

En esta batalla de ideas alcanzan gran preminencia las prácticas simbólicas provenientes del arte y literaria en sus diferentes y multifacéticas expresiones, el periodismo, la publicidad, la propaganda, la comunicación política que los medios se encargan de socializar y sedimentar mediante un discurso estable y continuado de construcción de sentidos para (re)interpretar la realidad a tenor con los postulados inherentes a la racionalidad ideológica de la clase dominante y su estrategia de defensa ante el ejercicio de la contahegemonía.

Al respecto, Esteinuo sentencia que “(…) la alta capacidad de legitimación continua y acelerada de los medios sirven para actualizar y reactualizar de manera constante y mediante diversas formas discursivas los campos de la conciencia y del comportamiento social con respecto a las coordenadas dinámicas que requiere el proyecto de dominación cultural” (1983: 88).

En situaciones de polaridad social, el carácter articulador del poder de los medios es significativo y tiene su asidero en la legitimación de su papel en el campo político a partir de su supuesta credibilidad e independencia dentro de los límites de las condiciones estructurantes del poder en que actúan los propios medios.

En el impacto que pueda tener o no la información que suministran los medios en los imaginarios sociales es importante tener en cuenta el aporte de esos mensajes para que sean aceptados o rechazados por los receptores. Martín Serrano[3] asegura que la “(…) representación ideológica de la realidad ofrece un modelo de mundo reconocible en el entorno o fácticamente posible; sugiere a los actores comportamientos factibles y aceptables, y describe situaciones que suelen ser las más probables” (1986: 23). Esa percepción conlleva en contextos sociales polarizados a la transformación de la realidad inmediata o bien privilegiando el presente o retomando justificativamente el pasado.

Es Dennis Mc Quail quien proporciona una de las llaves maestras que llevan a la compresión del poder simbólico a partir del valor intrínseco de la actividad de los medios: “(…) son en sí mismos un poder por su capacidad de llamar y dirigir la atención, de convencer, de influir en la conducta individual y social, de conferir estatus y legitimidad, y aún más, los medios pueden definir y estructurar las percepciones de la realidad” (1998:124).

El propio investigador (op.cit) abre el espectro de su idea matriz y señala que los medios desempeñan un papel crucial “(…) en la producción, reproducción y distribución de conocimientos que permiten dar un sentido del mundo, contribuyendo a modelar la percepción de este y contribuyendo también al conocimiento del pasado y a dar continuidad a nuestra comprensión del presente”.

Y como para que no quede duda de su posición respecto al tradicional debate sobre el papel de los medios respecto al poder, el investigador deja claro que subestimarlo como agentes de cambio social podría ser tan ingenuo o desacertado como sobredimensionarlo al estilo de las primeras teorías de la omnipotencia mediática.

Thompson afirma que el poder simbólico es también “(…) la capacidad de intervenir en el transcurso de los acontecimientos, para influir en las acciones de los otros y crear acontecimientos reales a través de los medios de transmisión simbólica” (1998:34).

Resulta igualmente de interés señalar que si bien el poder simbólico marca a su favor una enorme desigualdad en la relación emisor-receptor, aquella parece quedar minimizada en el universo simbólico al aceptarse como válida la posibilidad de interpretar desde el campo cultural las lecturas e interpretaciones del discurso.

Como puede apreciarse, los medios ocupan un lugar de privilegio en la socialización masiva de ciertas visiones de la realidad. De esa manera contribuyen a la reproducción del poder al expandir “(…) en gran medida el alcance de la operación de la ideología en las sociedades modernas” (Thompson, 1998: 291) con lo que realizan una muy valiosa contribución a la reproducción del orden establecido.

Verse o no verse, ¡he ahí la cuestión!

Como poder a fin de cuentas, el simbólico también sufre de una distribución desigual que implica que los medios de formación de sentido estén depositados en aquellos grupos o individuos que detentan mayor poder. Para Bourdieu, “(…) el poder simbólico actúa en medio de una lucha constante entre los grupos sociales por la nominación de la realidad, y el monopolio de la visión legítima de la misma destinada a hacer ver y hacer valer ciertas realidades” (2002: 137).

Uno de los atributos centrales de los medios es la creación constante y difusión amplia de representaciones sociales hechas a su imagen y semejanza, pero más que el valor que supone el registro de esa realidad, el verdadero poder está en su construcción: el decidir la manera en que se encuadra un determinado acontecimiento, individuo o grupo para hacerlo existir como realidad social codificándola por la vía del lenguaje mediático.

El poder simbólico descansa también en el acceso al discurso público (en especial el que proporcionan los medios) y este guarda una relación directa con el resto de los poderes. Como apunta Santander, “(…) la capacidad de representar (producir representaciones de la realidad objetiva) la posee quien tiene acceso al discurso mediático y este es generalmente conferido al poder político, económico y cultural que tiene capacidad de intervención en las representaciones y están posibilitados para definir, construir y difundir su identidad construida desde los medios” (2009:135).

Desde esa visión, el académico chileno asume la pieza clave que suministra el marxismo para la compresión de este fenómeno cuando Marx y Engels, en la Ideología Alemana, exponen: “La clase que posee los medios de producción material posee al mismo tiempo el control de los medios de producción mental y, por tanto, en sentido general, las ideas a que están sometidos los que carecen de medios de producción mental (…). En consecuencia, gobiernan ampliamente como una clase y determinan la extensión y el ámbito de una época, con lo que evidentemente, entre otras cosas, regulan la producción y distribución de las ideas de su época. Es así como sus ideas son las ideas dominantes de su época” (1966:10).

Vicente Romano (2005) ahonda en esa realidad y saca a la superficie que “los pocos tienen así el poder de definir la realidad para los muchos y producir las informaciones que dificultan a la mayoría de los ciudadanos el conocimiento y la compresión del entorno, la sociedad en que viven, así como la articulación de sus necesidades e intereses”.

Ese fenómeno lo observa van Dijk (1997) como una relación de dependencia mutua, una suerte de contrato donde las “élites mediáticas” necesitan de otras élites como fuentes de información y éstas a su vez, en especial la política, requieren de los medios como entidad para ejercer y legitimar su poder. Sin embargo, esta visión se ve limitada a la luz de nuestros días si tenemos en cuenta que los consorcios multimediáticos que hoy operan a nivel global son emporios accionarios donde confluyen en un todo orgánico esas otras élites como resultado de los procesos de transnacionalización y concentración de capital que tomaron un auge extraordinario a partir de la década de los años noventa del siglo pasado. No obstante, conviene subrayar que ese poder simbólico inherente y a la vez distintivo de la actividad mediática en nuestros días se materializa en la capacidad de gestionar la política.

Thompson la resume cuando manifiesta que “(…) con el desarrollo de la imprenta y otros medios, los políticos adquirieron cada vez más una visibilidad que superó la de su presencia física ante las audiencias reunidas” (1998:5).

Los gobernantes utilizaron los nuevos medios de comunicación no solo para promulgar decretos oficiales, sino también como un medio para fabricar una autoimagen que pudiese ser transportada a otros que estuviesen en escenarios distantes. Entonces, se puede inferir la tendencia de la clase hegemónica a capitalizar y controlar todas las acciones de la sociedad que tengan que ver con la comunicación ya no sólo para hacerse ver sino también para silenciar, neutralizar acciones en su contra.

Por todo ello, hoy se pueda afirmar que existe una tendencia irreversible a la mediatización de la política, pues se trata, como subraya Arancibia (2002) de un fenómeno “histórico simbólico-material” que da cuenta de la transformación de la política, desde su comprensión y ejercicio clásico, hacia una nueva politicidad mediatizada. Así, la visibilidad mediática se ha convertido en una herramienta fundamental mediante la cual se articulan y llevan a cabo las luchas políticas y sociales.

No se trata sólo del balance del binomio forma-contenido expresada desde la persuasión, la confrontación y la influencia inherente al discurso político en todas sus expresiones públicas que articulan cualquier estrategia política, sino desde la visibilidad mediática entendida como un proceso dialéctico asociado orgánicamente al fenómeno histórico-material del desarrollo, muy especialmente de los soportes tecnológicos con el ascenso de las formas audiovisuales y el exponencial avance hacia la conquista del ciberespacio.

La visibilidad mediática supuestamente ha acortado la distancia entre los políticos y la ciudadanía, y más que complementar el tradicional modelo de “encuentro cara a cara” es superador del mismo en cuanto a su alcance en la captación de grandes audiencias y el sentido del espectáculo cuando se trata del empleo de la televisión.

Ese soporte comunicativo hasta ahora sido decisivo; es decir, conseguir el acceso a los medios audiovisuales es ganar en representación y legitimidad, es, asimismo, tener la posibilidad de acceder al poder simbólico. Por ejemplo, en sus diez primeros años (1997-2007), CNN en Español, tras 87 600 horas de transmisión, pasó de cuatro millones de telespectadores a más de 21 millones de televidentes hispanoparlantes en EE.UU. y América Latina.

Por su parte, Ignacio Ramonet (2002) asevera que a finales de los años 80 la televisión, que ya era el medio dominante en materia de diversión y ocio, se convirtió también en primero en materia de información; es decir, la mayoría de las personas se informan por la televisión y la ha llevado a ejercer su hegemonía sobre el resto de los medios de comunicación.

Un nuevo escenario de visibilidad política se abre paso mediante el uso meteórico que experimentan las redes sociales o la web 2.0. Baste recordar la campaña “Yes we can!” con la cual interactuó Barack Obama con más de ocho millones de seguidores (fundamentalmente jóvenes) en su camino para conquistar la presidencia de Estados Unidos en 2008.

De la misma manera, con el surgimiento de la web 2.0 o web social, una entidad como Facebook ha logrado aglutinar a más de 500 millones de usuarios convirtiéndose en la red social más grande del mundo, donde se hablan 65 idiomas. Cada vez más presidentes latinoamericanos se han sumado a la plataforma social Twitter para lanzar medidas, movilizar sus bases o enviarse mensajes entre ellos. El fallecido Hugo Chávez, presidente de Venezuela, uno de los pioneros en usar esta popular red en la región, llegó a alcanzar en su cuenta @chavezcandanga, más de un millón de seguidores.

Es por ello que en las sociedades de hoy prevalece lo que Thompson denomina “la lucha por la visibilidad en el siglo de los medios de comunicación”. O como afirma Bisbal: “Los medios, para bien o para mal, han transformado la naturaleza de la visibilidad y la relación entre transparencia y poder. Es decir, los media hace ya un buen tiempo redefinieron la idea del espacio público; por lo tanto, el juicio que continuamente se hace del poder político o cualquier forma de poder desde los medios es un continuo escrutinio de sus acciones” (2009, 39).

Podemos resumir que el poder simbólico se ha convertido en un factor cardinal en la producción y reproducción ideológica del sistema destinado a la fabricación del consenso a partir del desarrollo de estrategias de dominación. Esa labor se realiza mediante un sofisticado proceso de construcción permanente de formas simbólicas socializadas con alcance global con capacidad de generar valores que se integran a la realidad y contribuyen a transformarla.

La existencia de los valores está determinada por el contexto material en que se inscriben y el esfuerzo organizado y sistémico destinado tanto a su creación, socialización y reforzamiento como para minimizarlos o anularlos en las mentes de los individuos. De ahí su especial significación en el trabajo ideológico y especialmente en la contemporánea batalla global de las ideas. Es en los valores que profesan los individuos donde se puede medir la eficacia de la producción simbólica que dimana de la creación artística y literaria, del ejercicio periodístico, la propagada política, de la publicidad comercial, de la educación, las campañas mediáticas, entre otras formas de construcción simbólicas.

Como consecuencia de esos procesos, se ha verificado una metamorfosis en que la política incorpora como suyas las prácticas y metodologías que habitualmente han distinguido el accionar de los medios, dada su necesidad de supervivencia, legitimación y visibilidad. Los medios, por su parte, también se han apropiado de las funciones de los institutos políticos tradicionales a partir del valor que supone el disponer del poder simbólico y de la racionalidad que dimana de los procesos de mediatización de la política de la contemporaneidad. Estos trabajan como articuladores del espectro político que representan, su actividad ha estado enfilada a la lucha por poder, como el campo prioritario de la política que significa imponer modos de comprender y significar para incidir en la toma de decisiones.

La prensa, específicamente, cumple funciones políticas dadas su imbricación al sistema político y sus instituciones; ello se verifica a partir de las relaciones que establece en ese ámbito para el cumplimiento de su encargo social que apunta a la formación de opinión pública y fabricación de la cohesión social. Esa función política se trata de invisibilizar bajo el velo aséptico de la objetividad e la imparcialidad, principios que supuestamente legitiman el modelo de democracia capitalista.

Sin embargo, esa metáfora simbólica se desdibuja cuando la crisis se hace presente en el sistema; es entonces cuando se pone por delante la salvaguarda de los intereses de la clase dominante, se cierran filas y se hace mucho más evidente el papel de actor político de primer orden de los medios de comunicación.

No siempre el poder que se atribuye a los medios cristaliza pese a su colosal capacidad para definir y estructurar las percepciones de la realidad. El mito de medios todopoderosos carece de sentido cuando éstos asumen un discurso contrafáctico, ajeno al contexto y la realidad. Semejante práctica los descalifica y lleva a la falta de credibilidad abriéndose paso una nueva politicidad representada por emergentes actores sociales, incluyendo nuevos medios de comunicación (alternativos) que actúan y contraponen un ejercicio contrahegemónico a ese poder en crisis. (FIN)

Bibliografía

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Notas y referencias

[1] Esteinuo (1983: 64) atribuye a esas prácticas simbólico-culturales tres funciones básicas: la aceleración del proceso de circulación social de las mercancías; la inculcación de la ideología dominante; y su contribución a la reproducción de la calificación de la fuerza de trabajo.

[2] “Por 'sentido común' se entiende la conciencia cotidiana, la concepción del mundo popular tradicional, propia del hombre medio. Se caracteriza por una concepción del mundo ingenua, desarticulada, caótica, disgregada, dogmática y conservadora. Su estructura interna conduce a una conciencia escindida, alienada y rígida que favorece la pasividad y la aceptación de desorden social. (...) La capacidad hegemónica de la clase gobernante, (en este caso, la burguesía) se ha manifestado, precisamente, en su capacidad de hacer que su ideología se convierta en algo popular, común y «evidente» para todos, hasta el punto de ser asumida de forma mecánica por el pueblo, que la acepta debido a su carencia de educación crítica.” (Acanda, 2002: 295-297)

[3] Para el académico existen dos tipos de mediaciones: la cognitiva y la estructural. La primera señala que lo que cambió en la representación del acontecer sea asumido y normalizado por la concepción de la realidad del individuo; es decir, la mediación opera sobre los relatos de los medios para ofrecer modelos de representación del mundo (mitificación de la realidad). La segunda propone que el cambio del acontecer sirve para realizar las modalidades comunicativas que cada medio produce y opera sobre los soportes de los medios ofreciendo modelos de producción de comunicación (ritualidad del consumo mediático).

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