Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: Feminismo y cooperativismo en Cuba: dos líneas convergentes? Condiciones de partida de la mujer en la Cuba actual
Autor(es): Maura Febles
Fecha de publicación: 01 de Noviembre de 2016

La sociedad cubana ha vivido fuertes cambios a partir de la década de los 90, no sólo en términos de la economía general, sino de redistribución y organización familiar. En los últimos años se han implementado, además, una serie de medidas como parte de la nueva política económica emprendida por el gobierno desde el 2008 y que pretende mejorar la eficiencia y productividad económicas que parecían dormidas en la Isla por más de 20 años.

Entre las medidas tomadas para el cumplimiento de dicho objetivo, están la reducción de las escuelas internas en el campo y la reapertura de los pre urbanos -con ello toda la responsabilidad del cuidado y mantenimiento de ese sector poblacional recae en la familia-, la reducción gradual de los productos de la libreta de abastecimientos, el cierre de los comedores obreros, la disminución del presupuesto de asistencia social, la eliminación de subsidios a productos y de las “gratuidades indebidas”, así como el cuidado de las personas que se ubican en el llamado “envejecimiento poblacional”, entre otros cambios económicos? y características socio demográficas, han incidido especialmente al interior de los hogares en los que vivimos hoy.

En este sentido, hay un elemento que resalta por su sensibilidad para el tema del género y es que a partir de 2010 comenzó la implementación de la reducción de plantillas infladas a fin de incrementar la productividad económica[1]. Dicho proceso se rige por el principio de idoneidad demostrada, que determina cuáles trabajadores permanecerán en la plaza laboral y cuáles quedarían “disponibles”. En consecuencia, en el año 2011 se experimentó un decrecimiento de las mujeres ocupadas que movió la tasa de desocupación femenina de 2% en 2009 a 3,5% en 2013[2]. A decir de la investigadora Teresa Lara[3], entre los años 2010 a 2013 salieron del empleo estatal casi 62.000 mujeres, mientras que los hombres disminuyeron solo en 4.000.

Estudios realizados muestran algunos peligros que entraña la valoración de idoneidad demostrada como principio para establecer la permanencia o disponibilidad de un trabajador/a en una entidad. En estos criterios prima en no pocas ocasiones elementos subjetivos, relacionados con la cultura androcéntrica, patriarcal y productivista que requiere trabajadores disponibles 100% del tiempo y según intereses de la empresa, sin necesidades y demandas propias para su cuidado y el de su familia. Existen, además, estereotipos relacionados con características fenotípicas y sociales (color de la piel, sexo, orientación sexual, tener a su cargo la responsabilidad del cuidado de otro miembro de la familia, etc.) que condicionan la efectividad esperada de estas personas ante determinadas responsabilidades laborales.[4]

Dentro del propio marco de la actualización del modelo económico, la ampliación del trabajo por cuenta propia pudiera ser una alternativa ante la situación laboral en la que se encontraban muchas mujeres al inicio del reajuste. Sin embargo, las limitaciones del sistema patriarcal vuelven a incidir sobre un desigual desarrollo, pues como tendencia, no son ellas las que cuentan con capital o recursos suficientes (casas, autos, dinero) para emprender y mantener un negocio en las condiciones actuales. Su capacidad de iniciarlo y además de que sea exitoso dependerá en gran medida de las condiciones de partida: de quiénes son los principales bienes puestos en explotación, quién tiene los contactos para facilitar los trámites y los controles para acceder al mercado de insumos y de clientes, cuál es la carga doméstica y si tienes redes de apoyo o no para atender el cuidado de sus dependientes, así como la experiencia de vida anterior, en la que generalmente no se desarrollan capacidades o habilidades necesarias para la gestión empresarial.

Las mujeres que se han identificado como cuentapropistas con alto grado de empoderamiento y que han logrado modificar sus roles familiares, sociales y comunitarios son más bien la excepción de la regla. El resultado habitual de esta nueva forma productiva es dejar para las mujeres el apoyo a una actividad económica a nivel familiar, sin contratos o licencias formales, vista como “ayuda familiar” y por lo tanto no remunerada. En el caso de las que sí son contratadas oficialmente tampoco lo hacen a través de un contrato o documento oficial en donde se deje por escrito las condiciones en las cuales se asume el trabajo (salario, horarios, condiciones de trabajo, etc.). Tampoco existe un mecanismo institucional que respalde los derechos de las trabajadoras ni de los trabajadores que inician en estos puestos privados. El anhelo de poseer una entrada económica que la mayoría de las veces triplica el promedio salarial del país, guarda muchas veces relaciones de violencia laboral que se silencian bajo el desconocimiento y la desprotección de un mercado amplio, informal y de fácil acceso.

La diversificación de actores económicos que se promueve y estimula desde el 2007 y que exige de ellos una mayor eficiencia y productividad, percibe a las mujeres de modo desfavorable precisamente porque no tienen las mismas condiciones de partida que los hombres, un hecho que la implementación del nuevo modelo económico cubano ha pasado por alto.

Lentes de género para la nueva propuesta económica?

Los procesos económicos que ocurren en la Cuba de hoy reclaman una mirada más amplia que implique todos aquellos aspectos de la vida humana que la visión economicista ortodoxa no incluye. Presuponer que se parte en igualdad de condiciones, para la economía clásica, implica asumir al individuo económico como carente de sexo, clase, edad, o pertenencia étnica, y lo deja fuera de un contexto histórico, social y geográfico particular. En consecuencia, las diferencias entre hombres y mujeres son ignoradas en los supuestos que sustentan las políticas implementadas y sus instrumentos. El individuo racional del enfoque neoclásico, entre otras dimensiones de identidad, carece de género.[5]

El concepto de racionalidad dominante en la ciencia económica está sesgado por concepciones a priori de género (sesgo androcéntrico). Se trata de una racionalidad (en todo caso) masculina, que opera bajo el supuesto de la existencia de hombres autónomos e independientes para tomar decisiones económicas.

Las mujeres, en cambio, han sido caracterizadas como dependientes y sin autonomía para sus decisiones económicas. Las mujeres en términos neoclásicos serán “irracionales”, no porque actúen contra las leyes de la racionalidad económica, sino porque no pueden actuar en el marco de la racionalidad establecida como tal, o porque actúan contraviniendo los roles prescriptos como naturales para ellas.

La feminista Amaia Pérez Orozco nos muestra claramente en qué consiste una mirada más amplia de la economía y qué consecuencias trae obviar la diferencia:

“Desde muchos ámbitos de la economía crítica, es corriente presuponer que un

diagnóstico de la crisis realizado desde la economía feminista va a consistir en un discurso victimista del estilo “¡cuánto peor están las mujeres!”. La potencia que nos da mirar a la crisis desde la economía feminista no es esa, sino otra bien distinta, y es doble.

En primer lugar, nos permite realizar un análisis de la crisis centrado en comprender su impacto en las condiciones de vida de sujetos diferencialmente posicionados en el sistema socioeconómico. Es decir, no limitarnos a preguntarnos el impacto en agregados macroeconómicos, o en frías cifras como los tipos de interés. Ni siquiera en aquellos números que parecen más cercanos a la calidad de vida (empleo, salarios, gasto público). Sino utilizar todas esas cifras (y otras imprescindibles) en la medida en que nos permitan entender el impacto en las condiciones de vida de las personas… y desentendernos de aquellas que más bien nos distraen la atención. Y realizar ese análisis desde la plena consciencia de que, de la misma manera en que los sujetos ocupamos posiciones muy disímiles en el sistema, el impacto va a ser muy diverso y que, en la ausencia de fuertes mecanismos para evitarlo, la tendencia va a ir hacia la multiplicación de las desigualdades”.[6]

El primer aporte precisamente de la economía feminista es la propuesta de ampliar las nociones de economía y trabajo utilizadas. El mercado capitalista ha sido capaz de reducir nuestra capacidad analítica respecto a la comprensión de lo económico solo al análisis de los procesos de “producción” y distribución mercantil. La ampliación en este sentido es entender la Economía en tanto generadora de recursos para satisfacer necesidades y creadora de condiciones para una vida digna de ser vivida.

Esto es, que además de los procesos mercantiles, hay otro gran ámbito de actividad económica que es el denominado como espacio de desarrollo humano, protagonizado por los hogares. En este espacio se produce un triple proceso económico:

extensión del bienestar, es decir, de generación de recursos adicionales a aquellos provenientes de los ámbitos monetizados de la economía (por ejemplo, alimentos cultivados, en ropa cosida) y de transformación de los recursos provenientes del mercado (cocinar, limpiar la casa, lavar la ropa…).

expansión del bienestar, esto es, garantizar que los recursos extendidos y/o transformados finalmente respondan a las necesidades de cada persona, generen bienestar individual, y, mediante la generación de una inmensa cantidad de servicios personales precisados por cada quien cubran la dimensión afectiva y relacional de las necesidades de las personas.

y reducción, o la selección de los miembros del hogar que acudirán al mercado laboral y la preparación para que cada día puedan hacerlo.[7]

Estos son procesos económicos sumamente complejos y que nunca pueden dejarse de lado en cualquier intento serio de comprender cómo funciona el sistema, no solo porque en estos espacios privados se produce esta inmensa cantidad de actividad económica, sino porque es en ellos donde se asume la responsabilidad de que el conjunto encaje; es decir, de que todos los diversos recursos, transformados, adaptados, etc, finalmente generen bienestar.

Esta responsabilidad no es asumida por el Estado, ni por la sociedad en general, ni por las diversas formas de gestión económicas, sino por los hogares, y en ellos, por las mujeres. Por eso afirmamos que la unidad analítica básica para la economía ha de ser el hogar: porque es en él donde se toman las decisiones económicas primarias y donde en última instancia se ajustan todos los procesos de forma que adquieran sentido económico, esto es, que generan bien-estar.[8]

Consideramos esencial el enfoque de la economía feminista no bajo la consigna de que incluir mujeres en los procesos es suficiente, sino con la pretensión de fundamentar un cambio radical en el análisis económico que pueda transformar la propia disciplina y permita construir una economía que integre y analice la realidad de mujeres y hombres, teniendo como principio básico la satisfacción de las necesidades humanas.

En pocas palabras, la propuesta de la economía feminista pudiéramos resumirla así:

cuestiona los límites de lo que es –o se entiende por– “economía”;

devela el papel del género en ella, esto es, los sesgos androcéntricos que sustentan el discurso económico dominante (y las consecuencias espaciales y normativas que ello conlleva para la organización social); pone énfasis en los trabajos que no se pagan realizados mayoritariamente por las mujeres en los hogares, y estos se reconocen como otra esfera crucial de la economía en interrelación con el Estado y el mercado. Pero, sobre todo, desplaza el eje analítico para poner en el centro la sostenibilidad de la vida: los procesos de mercado han de interrogarse a la luz de su aporte a dicha sostenibilidad (producción y reproducción de la vida no separados).

Por tanto, pretende revertir los sesgos construyendo conocimiento y acción transformadores de las desigualdades[9].

La economía feminista no se propone entender el mundo para mantener el orden actual, sino comprenderlo para transformarlo. Es una corriente comprometida con la búsqueda de una economía que genere condiciones para una vida que merezca la pena ser vivida en términos de equidad.

La consideración que le da el género a la economía, no es otra que la consideración de personas con diferentes posiciones sociales y, por tanto, intereses y problemas distintos en el área económica, con motivaciones y racionalidades diferentes. En este sentido, el proceso de actualización económica y social que se lleva a cabo en Cuba debe contemplar una pluralidad entre sus variantes de gestión económica que contemple dichas particularidades, y por supuesto, que no contribuya a la re-producción (entre otras muchas) de las desigualdades entre mujeres y hombres.

Como ya se ha visto anteriormente, el tipo de relaciones laborales e interpersonales que se vienen desarrollando al interior de la mayoría de los negocios privados en la Isla (a partir de la ampliación del Trabajo por Cuenta Propia), queda sujeta al convenio personal entre el empleador y los/las empleadas, desprovistas de un marco jurídico adecuado. Esta carencia es común a las formas de gestión cooperativas no agropecuarias recién implementadas. Sin embargo, el principio mismo de este tipo de gestión de propiedad (de producción y distribución) determina, al menos formalmente, una actividad económica más cooperada, y con la participación de cada uno de sus integrantes en las decisiones de dicha empresa[10].

No por ello debemos asumir que, bajo la inscripción de Cooperativa, todas las empresas funcionen de acuerdo con sus principios establecidos. En el caso particular de las Cooperativas no Agropecuarias (CNA) se ha visto un incremento sostenido y acelerado luego de su promulgación en el año 2013, mayormente en La Habana, debido en gran parte a la transformación en estas (CNA) de empresas que permanecían ineficientes e insostenibles para el mantenimiento del Estado.[11]

Esta particular conformación implica más que un mero cambio de nombre o el aumento considerable del salario (ahora anticipo de utilidades). Significa la transformación de todo el modo de propiedad, producción y gestión de dichas empresas hacia una forma en la que todos/as los socios/as tienen voz y voto y son los responsables de encausar el negocio a estos nuevos rumbos que se les propone.

Para ello es necesario asistir dicho proceso no solo a través de un asesoramiento formal del ministerio al cual pertenezca la entidad en cuestión, sino acompañar sistemáticamente, capacitar, instruir, crear condiciones de posibilidad para que las personas involucradas en tales tareas puedan hacer suyo un proyecto al cual llegaron de modo súbito e inconsulto[12].

En esa contribución a una forma de gestión sólida, rentable y que integre las necesidades de cada uno/a de sus asociados/as, encontramos un camino común a las luchas feministas por abrirse un espacio alternativo a la lógica capitalista y patriarcal que opera normalmente en el mercado. Esta relación feminismo-cooperativismo no es externa o arbitraria, lleva intrínseca una relación conceptual que no niega la diversidad interna en cada uno de los movimientos.

En ambas corrientes de pensamiento subyacen los conceptos de igualdad y justicia y ambas tienen como objetivo modificar las relaciones de poder.

En el caso del cooperativismo, se busca transformar la relación de poder entre capital y trabajo; en el caso del feminismo, la relación de poder entre hombres y mujeres. Ambos movimientos deberían complementarse mutuamente con el objetivo de superar el orden capitalista, y en específico, las relaciones de desigualdad entre los géneros. Se abre, por lo tanto, un interesante campo de estudio en esta colaboración. Y a las cooperativas se les plantea un importante reto al que deberán dar respuesta.[13]

Tradicionalmente las cooperativas navegan entre las tendencias dominantes de la sociedad y el cumplimiento estricto de sus principios y valores. De esta manera, a pesar de las contradicciones del cooperativismo respecto a la igualdad de género, las cooperativas y las mujeres se han apoyado mutuamente. Las mujeres han realizado una aportación diferencial al movimiento cooperativo, al tiempo que las cooperativas han ayudado a mejorar la desfavorable situación de muchas mujeres.

El cooperativismo ha aportado a la situación de las mujeres principalmente en estas tres vertientes:

Creación de empleo: las cooperativas han sido consideradas como una vía efectiva para la creación de nuevas empresas, a la vez que ha servido para sacar a mujeres que se encuentran en una economía sumergida.[14]. Se ha comprobado que las empresas de economía social ayudan a la corrección de desequilibrios del mercado de trabajo, son más propicias a realizar cambios en los salarios en vez de en el empleo cuando varían las condiciones económicas de su contexto, y fomentan la distribución más igualitaria de renta y riqueza, el desarrollo económico endógeno, la autonomía de los territorios, la oferta de servicios de bienestar social, la estabilización económica y el desarrollo sostenible[15].

Condiciones de trabajo: las cooperativas ayudan a mejorar las condiciones de trabajo de las personas asociadas. De esta manera, las mujeres tienen posibilidad de aumentar el control sobre su trabajo, tienen un mejor clima psicosocial y, en muchas ocasiones, favorecen la conciliación de la vida familiar y laboral.

Participación en la gestión: un sistema de gestión participativa puede favorecer el rol de la mujer en la empresa, si se incorporan los puntos de vista, valores, inquietudes y necesidades de la parte femenina a las decisiones adoptadas por unos equipos de dirección fundamentalmente masculinos[16]. Asimismo, se ha comprobado que las fórmulas jurídicas de economía social han servido a las mujeres para acceder y promocionarse a puestos de mayor responsabilidad[17].

El potencial de las cooperativas en la consecución de la igualdad de oportunidades no reside solo en posibles acciones concretas, sino en sus valores básicos y en las estructuras organizativas, es decir, en los propios fundamentos de la cooperativa, que, por su estructura y mecanismos de participación pueden mejorar una situación que, actualmente, desfavorece a las mujeres.

En el caso de Cuba, no se trata de priorizar las formas cooperativas sobre las otras formas de gestión, sino de aprovechar al máximo las posibilidades que se están dando dentro de ellas en cuanto a participación, iniciativas, interés de los socios/as en el futuro de la empresa, etc., y que no se aprecian en las experiencias de las empresas estatales por el agotamiento de su sistema de gestión, ni en el sector cuentapropista, porque generalmente las decisiones del negocio solo conciernen a los dueños del mismo, y no toman en cuenta las necesidades de los trabajadores.

Es necesario socializar las buenas prácticas de experiencias cooperativas que sí existen en el país (fundamentalmente fuera de La Habana) y retomarlas como ejemplo de éxito económico, responsabilidad social, compromiso comunitario e integración de la familia a la vida cooperativa.

El diálogo hogar-Estado que se ha venido produciendo a partir de los años 90 ha exigido complejas estrategias de sobrevivencia a los hogares cubanos, particularmente a las mujeres que los dirigen. El proceso de actualización del modelo económico y social que se implementa desde los últimos años tampoco ha favorecido opciones reales de empoderamiento de mujeres, sino que ha propiciado la re-producción de un sistema patriarcal que las mantiene en desventaja. Este es un reclamo que no puede solucionarse después que nos ocupemos de salvar la economía nacional, porque es en la propia economía donde se reproducen las brechas entre unos y otras.

Bibliografía citada

Agenjo, Astrid. Los retos de la sostenibilidad de la vida. pensamientopolitico.org/Descargas/RIPP08015027.pdf

COCETA, Dpto. de la Mujer. (2004). La promoción e igualdad de la mujer en la cooperativa de trabajo asociado. Noticias de la Economía Pública, Social y Cooperativa, 42, 54-60.

Echevarría, Dayma. Procesos de reajuste en Cuba y su impacto en el empleo femenino: entre dos siglos y repetidas desigualdades. En: Miradas a la economía cubana. Entre la eficiencia económica y la equidad social. Editorial Caminos, 2013, p. 138.

ELIO CEMBORAIN, Eunate. Mondragon Unibertsitateko Enpresagintza Fakultateko ikerlaria. Perspectiva de género en el cooperativismo: retos y controversias. Disponible en: http://www.eskonews.com/0641zbk/gaia/64101es.html

Gaceta Oficial de la República de Cuba. Ext. Especial. No. 12. La Habana, viernes 8 de octubre de 2010

ICA-ACI. International Co-operative Alliance - Alianza Cooperativa Internacional. (2006). The ICA Group's annual report 2006. ICA-ACI.

Junta de Andalucía, y CEPES-Andalucía, Confederación de Entidades para la Economía Social. (2011). Economía social con perspectiva de género: Análisis de “techo de cristal” y establecimiento de un modelo equitativo de gestión empresarial. CEPES-Andalucía, Confederación de Entidades para la Economía Social.

Muster, Blanca. Género y economía, 2015. Fondo GALFISA, Instituto de Filosofía.

Reporte de SEMLac . Hernández Hormilla, Helen. Cuba: Mujeres, más vulnerables ante la reforma económica. jueves, 6 de Julio de 2015

http://www.redsemlac-cuba.net/economia/mujeres,-m%C3%A1s-vulnerables-ante-la-reforma-econ%C3%B3mica.html

Ribas, M. A. (2005). Mujer y trabajo en la economía social. Madrid: Consejo Económico y Social.

Perez Orozco, Amaia. Diagnóstico de la crisis y respuestas desde la economía feminista. Revista de Economía Crítica, nº9, primer semestre 2010 http://revistaeconomiacritica.org/sites/default/files/revistas/n9/7_Amaia_Orozco.pdf



[1] Gaceta Oficial de la República de Cuba. Ext. Especial. No. 12. La Habana, viernes 8 de octubre de 2010

[2] Datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. http://www.one.cu/aec2009.htm,

[3] Tomado de: Reporte de SEMLac . Hernández Hormilla, Helen. Cuba: Mujeres, más vulnerables ante la reforma económica. jueves, 6 de Julio de 2015

http://www.redsemlac-cuba.net/economia/mujeres,-m%C3%A1s-vulnerables-ante-la-reforma-econ%C3%B3mica.html

[4] Echevarría, Dayma. Procesos de reajuste en Cuba y su impacto en el empleo femenino: entre dos siglos y repetidas desigualdades. En: Miradas a la economía cubana. Entre la eficiencia económica y la equidad social. Editorial Caminos, 2013, p. 138.

[5] Muster, Blanca. Género y economía, 2015. Fondo GALFISA, Instituto de Filosofía.

[6] Perez Orozco, Amaia. Diagnóstico de la crisis y respuestas desde la economía feminista. Revista de Economía Crítica, nº9, primer semestre 2010 http://revistaeconomiacritica.org/sites/default/files/revistas/n9/7_Amaia_Orozco.pdf

[7] Ibídem

[8] Perez Orozco, Amaia. Diagnóstico de la crisis y respuestas desde la economía feminista. Revista de Economía Crítica, nº9, primer semestre 2010 http://revistaeconomiacritica.org/sites/default/files/revistas/n9/7_Amaia_Orozco.pdf

[9] Agenjo, Astrid. Los retos de la sostenibilidad de la vida. pensamientopolitico.org/Descargas/RIPP08015027.pdf

[10] Dentro de las formas no estatales de producción, la cooperativa no favorece la concentración de riquezas en manos individuales, sino que cumple una función social en sentido colectivo, expresada en sus 7 principios: 1. Adhesión abierta y voluntaria. 2. Control democrático. 3. Participación económica de los socios. 4. Autonomía e independencia. 5. Educación, entrenamiento y formación. 6. Cooperación entre cooperativas. 7. Compromiso con la comunidad.

[11] Solamente entre el año 2013 y 2014 dejaron de existir 243 Empresas estatales, al tiempo que las CNA aumentaron en una cantidad de 147. Datos de Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). Panorama económico y social. Cuba 2014.

[12] Debiera pensarse en una asociación, organización, etc. que cumpla permanentemente estas funciones como hizo la ANAP ante la creación de las CCS y CPA en su momento.

[13] ELIO CEMBORAIN, Eunate. Mondragon Unibertsitateko Enpresagintza Fakultateko ikerlaria. Perspectiva de género en el cooperativismo: retos y controversias. Disponible en: http://www.eskonews.com/0641zbk/gaia/64101es.html

[14] ICA-ACI. International Co-operative Alliance - Alianza Cooperativa Internacional. (2006). The ICA Group's annual report 2006.ICA-ACI.

[15] Ribas, M. A. (2005). Mujer y trabajo en la economía social. Madrid: Consejo Económico y Social.

[16] COCETA, Dpto. de la Mujer. (2004). La promoción e igualdad de la mujer en la cooperativa de trabajo asociado. Noticias de la Economía Pública, Social y Cooperativa, 42, 54-60.

[17] Junta de Andalucía, y CEPES-Andalucía, Confederación de Entidades para la Economía Social. (2011). Economía social con perspectiva de género: Análisis de “techo de cristal” y establecimiento de un modelo equitativo de gestión empresarial. CEPES-Andalucía, Confederación de Entidades para la Economía Social.

  Comentario Fecha
 No se han hecho comentarios sobre este artículo.

 

NOTA: Su comentario no se mostrará en la página hasta que no sea revisado y aprobado por el administrador.


Menor contraste Mayor contraste Valores por defecto Texto más pequeño Texto más grande