Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: Positivismo, clase media y pensamiento revolucionario: notas para un debate actual a partir de José Ingenieros. [Primera parte]
Autor(es): Jorge Morales Brito
Fecha de publicación: 01 de Noviembre de 2016

Resumen

El artículo se propone realizar una síntesis del periplo contradictorio que recorre la obra del intelectual argentino José Ingenieros, en cuya producción el pensamiento político entra en conflicto con otras áreas de su pensamiento. El trabajo incluye una crítica sobre la perspectiva metodológica dominante hoy en los estudios sobre la filosofía en Latinoamérica y propone una alternativa de análisis en la que el centro lo ocupa el estudio del vínculo entre filosofía y las ideas políticas. No se pretende demostrar la existencia de una filosofía sobre la política como una expresión diferenciada en la obra de estos pensadores, sino que se aborda el impacto significativo de los esquemas filosóficos en el ideario político. Como temática peculiar, se estudian en este trabajo las conexiones entre la cultura o proyecto social de la llamada clase media en Argentina y las tendencias del pensamiento filosófico y político de Ingenieros y de todo un sector de la intelectualidad progresista que desarrolló su ciclo vital entre los años finales del siglo XIX y las tres primeras décadas del siglo XX.

Palabras claves: Política, clase media, pensamiento latinoamericano.

Abstract:

This article aims to make a synthesis of the contradictory journey that runs the work of the Argentine intellectual José Ingenieros. In his production political thought conflicts with other areas of his thinking. The present work includes a critique of the dominant methodological perspective today in the studies on philosophy in Latin America and proposes an alternative of analysis in which the center is occupied by the study of the link between philosophy and political ideas. It is not intended to demonstrate the existence of a philosophy on politics as a differentiated expression in the work of these thinkers, but rather addresses the significant impact of philosophical schemes on political ideas. As a peculiar theme, we study in this work the connections between the culture or social project of the so-called middle class in Argentina and the tendencies of the philosophical and political thinking of Ingenieros, and of a whole sector of the progressive intellectuality that developed its life cycle between the Late nineteenth century and the first three decades of the twentieth century.

Keywords: Politics, middle class, Latin-American thought.  

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Ingenieros y la historia de las ideas en Latinoamérica

A simple vista el pensamiento de José Ingenieros no presenta la complejidad que suele esperarse de un autor preocupado por producir ideas filosóficas. Por su grado de abstracción conceptual no estamos ante un Kant, un Hegel o un Heidegger, sin embargo, la presencia de contradicciones en sus ideas es tan intensa y tan llena de mutaciones que el estudio concreto de su obra se vuelve una tarea interesante.

Sabemos que la filosofía no está en la mera construcción de grandes sistemas teóricos, pero los estereotipos y frases hechas sobre la obra de Ingenieros no se borran con facilidad. La búsqueda de una cosmovisión abstracta, como conjunto de posiciones sobre problemas generales, no es el objeto absoluto del presente trabajo, sino apenas uno de sus momentos. En realidad, este estudio se dirige a buscar la sustancia social, es decir, la problemática universal del pensamiento de Ingenieros, en el cual la filosofía cumplió un papel que debía ser aclarado. La ambigüedad y el antagonismo en su esquema teórico desgarrado por los cambios de posición, cercanos a lo que uno de sus críticos llamó “travestismo doctrinario”[2] sugieren la necesidad de explicar el porqué de dichas oscilaciones.

Como una dificultad adicional, hay perspectivas que pretenden identificar al pensamiento de este autor con su discurso. Lo que Ingenieros pretendió ser, lo que expresó directamente en su obra se considera idéntico a lo que verdaderamente fue. Ya sea como maestro de juventudes o como mecenas de la cultura argentina, es lugar común olvidar que grandes autores dentro del acervo latinoamericano ajustaron cuentas y definieron su distancia de madurez con respecto a Ingenieros. Discípulos y admiradores lograron encontrar las limitantes de una propuesta que hoy suele ser consumida sin demasiada crítica.[3]

En el otro extremo del referéndumdescriptivo se encuentra el análisis sobre el pensador racista, positivista e idealista que fue sin dudas Ingenieros. Tal parece que existen muchos José Ingenieros. La tentación a ponderar virtudes y defectos puede resultar irresistible si no se impone el principio de que el centro de una investigación no radica en utilizar una balanza en la que se equilibren lo positivo y lo negativo. Este equilibrar tiende a ser expresión del más vergonzante eclecticismo.[4]Existen inclinaciones diversas en cada teoría, pero no basta con describir y ponderar la cualidad de lo diverso, se necesita encontrar lo determinante, aún si no ha sido concientizado por su propio autor.

Como era de esperar, existe gran diversidad y no pocos enfrentamientos entre las posturas que han intentado comprender el pensamiento de Ingenieros. Oscar Terán, reconocido por su trayectoria en el análisis del pensamiento en Argentina y en Latinoamérica, sintetiza las líneas fundamentales de desarrollo que considera como “invariantes” o tendencias de Ingenieros. La primera de ellas es el “crecimiento de la noción de ideal[5], mientras que “el papel rector adjudicado a las minorías”[6] sería otra inclinación que recibe impulso en su obra. Por su parte, Alejandro Korn señala que José Ingenieros nunca abandonó realmente el materialismo cientificista.[7]Desde otra visión, Carmen Barandela Alonso ha señalado que en su doctrina ética el pensador argentino se inclina a concepciones idealistas[8]; mientras que, en análisis más recientes, Pablo Guadarrama sitúa a Ingenieros como defensor de un utopismo concreto, humanista y desalienador, alejado tanto del idealismo como de “ciertos reduccionismos y simplificaciones materialistas”[9].

Dentro de la madeja de acercamientos permanece la incógnita de si se trata de un esquema con similares niveles de concreción en todas sus expresiones,o si, por el contrario, es necesario diferenciar el alcance de sus trabajos en distintas especialidadescomo la psicología, la psiquiatría, la teoría política o la filosofía. Barandela Alonso, autora de una de las escasas tesis doctorales realizadas en Cuba sobre el tema, asumió que la filosofía de Ingenieros fue el resultado de la integración y sistematización del cuadro científico-natural de su época, siendo sus fuentes más cercanas F. Ameghino, W. Haeckel y F. Le Dantec.[10] El mismo punto de vista había sido enunciado por Aníbal Ponce, conocido colaborador y discípulo de Ingenieros, quien resaltaba que el proyecto de crear una filosofía científica era el fruto de una preocupación constante del autor de El hombre mediocre por lograr un enfoque sobre la totalidad, como resultado de una síntesis de sus investigaciones diversas.[11]

Dicho punto de partida, que comparten Ponce y Barandela, asume que la relación ciencia-filosofía en el positivismo se establece como un vínculo causa-efecto, de forma tal que el desempeño de las ciencias particulares genera la necesidad de generalizar, jerarquizar y sintetizar los conocimientos ya logrados, sobre todo en cuanto a sus hipótesis esenciales. Se repite la idea, comúnmente aceptada, de que el positivismo es un desprendimiento de las necesidades de la producción científica del siglo XIX.

La primera dificultad que aparece cuando se trata de defender esta correspondencia causal entre la ciencia del siglo XIX y la filosofía positivista, está en el hecho de que esta valoración contiene una reproducción acrítica de las imágenes asumidas por los positivistas sobre su propio papel en la interpretación y en el desarrollo del pensamiento científico.[12]

Pongamos los conceptos en orden: la aparición del positivismo es impensable sin el avance de las ciencias durante el siglo XIX y los principios del siglo XX, que las colocó en el centro de todas y cada una de las estrategias de los grupos humanos para desplegar sus intereses terrenales; pero ello no puede llevar a confundir diversos procesos dentro de la producción espiritual. La inclinación de la teoría positivista a elaborar interpretaciones filosóficas, sociológicas o “metodológicas” sobre la ciencia no implica no la convierte en un sistema coherente con eldesarrollo del pensamiento científico. En muchos casos las concepciones de la filosofía positiva fueron en contra de las implicaciones consecuentes de la ciencia o le colocaron límites artificiales al estudio concreto de su impacto social.

Más cercana a la realidad resulta la postura que sobre este asunto defiende Alejandro Rossi, quien aclara que la filosofía de autores como Carlos Octavio Bunge o Ingenieros no se origina en la propia práctica científica, sino en una especulación filosófica previa. Rossi concluye que se trata de una “concepción filosófica derivada del spencerismo (…) con una manifiesta voluntad de crear un sistema totalizador”.[13] Esta postura, más allá de necesarias correcciones con respecto a si se trata de una filosofía con raíces únicamente spencerianas, reconoce que el esquema filosófico positivista se presenta a sí mismo como una síntesis de la ciencia, pero su movimiento objetivo no coincide con este criterio.

Precisamente, lo que está en déficit en las perspectivas que se han acercado a la obra de Ingenieros es la consideración de la cultura, en sus componentes espirituales, como producción de conciencia determinada por las posiciones objetivas que enfrentan a los grandes grupos humanos en la sociedad. Las deformaciones al interpretar los resultados y características de la ciencia no aparecerían aquí como fruto de la desviación accidental, ni como consecuencia de las limitaciones individuales de un autor, en realidad, estas desviaciones son la expresión visible de un problema más profundo: la inserción de cada obra teórica dentro del sistema de la producción espiritual hegemónico o en vías de consolidación como industria dominante. El tradicional análisis del pensamiento de Ingenieros desde la relación ciencia-filosofía, o desde sus respuestas a problemas teóricos generales, vinculados sólo a la lógica de cambios de un pensador o de una corriente a otra, carece del estudio de su relación con las tendencias determinantes del modo deproducción social, especialmente de su modo de producción espiritual. Dicho enfoque,al considerar las corrientes de pensamiento como universales que se auto-desarrollan, resulta incompleto.

En este punto es necesario utilizar perspectivas que faciliten el camino hacia lo concreto. Aquí se entiende por concreto la valoración de la teoría desde y más allá del discurso, en su estudio como una de las tantas metamorfosis sufridas por el ser social, en este caso por sus expresiones ideales. Si estas últimas alcanzan su objetividad en vínculo con la práctica, se impone valorarlas pasando de sus mediaciones espirituales a la síntesis de sus determinaciones sociales. El método de ascensión de lo abstracto a lo concreto permite esclarecer el salto, conexión y movimiento entre las categorías, proceso que tiene la potencialidad de conducir al descubrimiento de aquellas concepciones cultas o conceptos con que en un autor sintetiza la actividad histórica de toda una época. Este trabajo no puede ser consolidado sin descubrir los cambios objetivos que explican, exigen y provocan transformaciones en el pensamiento. Sinel análisis de su ser otro en la práctica, el estudio de la teoría se torna escolástico.

Existe considerable resistencia o una reacción escéptica por parte de las autoridades académicas cuando pretendemos juzgar a un autor por el vínculo entre pensamiento filosófico y sus “mundanas” ideas políticas. Se identifica con un pecado graveel tratar la importancia de su actividad social, no como simple individuo, genio creador o como representante de una corriente teórica, sino como fundamentación de posturas que caracterizaron a un grupo social en el despliegue de sus intereses globales. En otras palabras, queda misteriosamente condenado, por supuesto pecado de mecanicismo, el análisis del pensamiento desde el punto de vista de la conciencia de clase, como si esta última ya no fuese un momento importante en la producción espiritual.

Puede hablarse de reduccionismo cuando la obra de un pensador se intenta encerrar en su expresión política, pero la pretensión de hacer estudios en el “más allá” de una teoría despolitizada, que en muchos sentidos implica defender la concepción de una teoría des-socializada, resulta otra forma de reduccionismo. Un aspecto que llama la atenciónen Ingenieros es su interés por profundizar en el vínculo entre sus producciones teóricasy los problemas políticos y sociales más candentes.

En este asunto se revela la limitante de las historias de las filosofías que consideran al positivismoen Latinoamérica como el centro de una línea continua que va de los llamados pre-positivistas o precursores hasta los positivistas plenos, porque esta línea se encierra en el elemento lógico interno. El cambio solo ocurre, desde este punto de vista, cuando aparece la reacción bajo el ambiguo término de anti-positivismo.[14]Este tipo de investigaciones tradicionales presume que estamos en presencia de una misma forma de producción espiritual que conecta a fundadores de las primeras repúblicas con los positivistas. La continuidad se mantiene bajo la suposición de que los distintos momentos tienen similares objetivos, sujetos y enemigos históricos. Por un lado, las nobeles repúblicas necesitadas de impulsar la modernización industrial, educativa y cultural, por otro, los rezagos de la colonia y las facciones pro-hispánicas de las clases dominantes.

Sin embargo, mirando con detenimiento la práctica que atraviesa esta historia intelectual, la lucha por modernizar las repúblicas latinoamericanas no agota su contenido en el enfrentamiento de la modernidad contra los rezagos feudales o en la lucha entre liberales y conservadores. Tampoco sus unidades y divergencias se marcan por la maduración del problema en torno a la naturaleza de la actividad filosófica, esta es apenas uno de sus momentos. Las transformaciones de los sujetos históricos y de las realidades que se interpretan sugieren procesos de ruptura y continuidad en la actividad material y espiritual. Contrario a la visión de crecimiento lineal manejada por algunos estudiosos, con retrasos y nuevas contradicciones, el pensamiento liberal realiza su ascenso y crisis primaria en Latinoamérica. Como apunta Andrés Roig, en un acercamiento a este problema:

[…] la burguesía se inclinó a transitar de un liberalismo libertario, cuyos interlocutores son la ilustración y el romanticismo, hacia un liberalismo del orden. Tras la etapa independentista y tras la fundación de las primeras repúblicas, para cumplir con las necesidades conservadoras se desarrollan el espiritualismo racionalista y el positivismo.[15]

Este enfoque que no deja a un lado el vínculo teoría-práctica permite plantear que, pese a las declaraciones sobre idénticos objetivos y posibilidades liberadoras, entre los llamados fundadores de las primeras repúblicas y el positivismo hay abismos teóricos y prácticos. Ellos son portadores de distintas formas de producción espiritual. El elemento de vulgarización inclinado a la función de falsa conciencia u ocultamiento ideológico, que en el caso latinoamericano se caracteriza por seguir considerando como obstáculo para el desarrollo de nuestras sociedades al viejo sistema colonial ibérico desaparecido, se aleja con ello de una aprehensión clara sobre los problemas que caracterizan a la propia modernización capitalista. La nueva forma de re-colonización no puede ser identificada de manera absoluta con la expresión hispánica.Enfrentándose a los retos de los nuevos mecanismos de dominación, las teorías positivistas pretenden ontologizar las formas del colonialismo ibérico. Lo colateral se transforma en centro y la teoría apenas roza la superficie del asunto.

En realidad, la lucha contra las trabas coloniales conecta al positivismo con la tradición liberal anterior, perosólo en algunoselementos de continuidad: en la parte de las aspiraciones aún no resueltas por las burguesías latinoamericanas. En esa línea, la necesidad del sector dominante de crear un sujeto colectivo coherente con sus aspiraciones de clase dirigente, al retomarse desde el proyecto educativo y desde la exaltación de la ciencia o la industria que realiza el positivismo, contribuye a la creación del proletariado en América.

El planteamiento especulativo sobre las realidades de la modernización tiende a pasar por alto las nuevas condiciones del proyecto liberal en la región. El hincapié en responsabilizar de estas crisis al antagonismo entre el proyecto capitalista y la cultura ibérica, a la presencia de elementos raciales o étnicos supuestamente retrógrados o a la constancia de los vicios políticos como el caudillismo y la anarquía, a la permanencia de “taras” culturales, no revelan lo característico de las nuevas contradicciones que se están presentando, a lo máximo, las ve como variaciones de la forma general de coloniaje ya decidida por la teoría.

En la historia concreta, a medida que la modernización real se desarrolló de manera distinta a las predicciones, se hizo evidente que esta expresaba la incapacidad de la doctrina positiva para rearmar a las burguesías latinoamericanas contra el problema de la dependencia estructuralque el propio modo de producción capitalista va creando. La clase dominante “autóctona” debe cargar con la dualidad de ser explotada y explotadora, nada de extraño resulta que llegue a creer que se las ve con una condición ontológicadel ser o del pensamiento latinoamericano y considera esta condición desde su lado escolástico, en el que no importan las particularidades o, en el que las particularidades son universos cerrados.

A pesar de estos problemas, un grupo importante de investigadores defienden el carácter sui generis del positivismo en Latinoamérica. Paradójicamente, este enfoque pone en segundo plano la confirmación de que esta corriente no alcanzó a mantenerseni siquiera como representante de los sectores progresistas de la burguesía criolla. Leopoldo Zea, quien acepta en varios momentos la visión generalizada del positivismo progresista, se ve obligado a sobrepasar los análisis abstractos sobre la “valiosa” fundamentación positivista de la ciencia y su apoyo a la industrialización desideologizadas para referirse a las implicaciones sociales de estateoría.[16]

El enfoque sobre el carácter sui géneris de la filosofía en Latinoamérica va aún más lejos y afirma que el positivismo facilitó en la regiónel desarrollo de la conciencia revolucionaria.[17] La escasa presencia del pensamiento socialista en gran parte del siglo XIX latinoamericano, especialmente de su vertiente marxista, así como el poco desarrollo de las contradicciones entre el capital y el trabajo, que resultan fundamentos sociales para el despliegue de estas teorías, son esgrimidos como argumentos para demostrar las tareas progresistas del positivismo. Esta perspectiva supone que en ausencia de estos sujetos, luego en convivencia coherente con ellos, el positivismo se imbricaría sin grandes conflictos con las tareas del pensamiento avanzado.

Sin embargo, en las sociedades latinoamericanas que desarrollan con mayor profundidad las relaciones capitalistas de producción, importantes vertientes del positivismo muestran sus implicaciones negativas, sobre todo en la tendencia a defender al liberalismo contra el avance del movimiento obrero y frente la penetración de ideas anticapitalistas. A medida que se palpaban las nuevas contradicciones del proyecto liberaly la presencia de ideas socialistas, los positivistas latinoamericanos adoptaron posiciones que fueron desde el rechazo abierto hasta el intento de unidad formal con las tesis del socialismo y del marxismo. Tras una rápida evolución, las posiciones agresivas se inclinaron a la conciliación, siempre manteniendo el principio de la pretendida superioridad de la doctrina positiva. Este principio de superioridad y su correspondiente intento de asimilarfragmentos de la concepción socialista y marxista, se basada en argumentos tan diversos como la supuesta capacidad de la teoría positivista para lograr consenso, limar asperezas entre el capital y el trabajo, superar la lucha de clases y consolidar el despegue de proyectos liberales más inclusivos y humanos.

Desde los hermanos Lagarrigue, en Chile; pasando por representantes de la Escuela deParaná en Argentina como fueron Manuel A. Bermudes, J. Alfredo Ferreira, Leopoldo Herrera, José D. Bianchi; hasta figuras más destacadas como Carlos Octavio Bunge, Juan B. Justo y José Ingenieros, se verifican los antecedentes, alcances y funciones de una tendencia que buscó sistemáticamente un término medio, una tercera vía que desviase la trayectoria de la opción social tanto del capitalismo salvaje como del socialismo revolucionario. La expresión madura de esta tendencia fue el denominado “socialismo positivo” o “liberalismo socializante” representado por las figuras de Juan B. Justo y José Ingenieros.El pensamiento de Ingenieros resultó ser un casoparadigmático de este intento.

El casoJosé Ingenieros: contradicciónglobal

Asumida como el centro de su interés intelectual y práctico, la problemática que unifica la obra de Ingenieros se encuentra contenida en su tratamiento a la denominada “cuestión social”, que con sucesivas mutaciones va a expresar su intento por interpretar y, en algunos momentos solucionar, el carácter antagónico del proyecto histórico de la burguesíaargentina y latinoamericana. Si en otros pensadores podría resultar difícil encontrar las conexiones dialécticas entre el pensamiento y la práctica sociopolítica, Ingenieros resulta ser ese tipo de intelectual que siempré buscó la posible materialización de sus producciones.

En este sentido, los problemas esenciales dentro de la lógica de dicho pensamiento deben analizarse por su respuesta a la crisis del proyecto liberal y de los sujetos que la protagonizaron, crisisque determinó, polarizó y conmovió a su país y a Latinoamérica en el período. A tono con ello, las asimetrías y enfrentamientos históricos adoptan interesantes interpretaciones en la producción de Ingenieros. Las dificultades de los sujetos políticos reales para concretar sus intereses en proyectos hegemónicos, las luchas entre los distintos sectores de la burguesía y el proletariado argentino, el papel de los intelectuales en esta dinámica compleja y multifacética que no es posible agotar en el término “modernización”, provocaron que en el plano teórico la obra de Ingenieros se viese atravesada por el intento de sintetizar, en un esquema único, tesis y concepciones que correspondían a formas de pensamiento enfrentadas conceptual e ideológicamente.

Lo más interesante, en su caso, es que lo que resultaba ser una contradicción entre ideas dispersas, tomadas de diversas fuentes en las primeras etapas, se va perfilando a lo largo de toda su obra como conflicto entre el desarrollo de su esquema filosófico y la riqueza de su pensamiento político. Las causas y consecuencias de este fenómeno en el que se enfrentaron expresiones diversas de la producción intelectual son el objeto del presente trabajo.

Condiciones sociales para la contradicción teórica

Los intentos de crear una teoría política capaz de superar la crisis finisecular del liberalismo, el esfuerzo posterior de fundar la sociología argentina con peculiaridades de intervención médica, al estilo de un tratamiento preventivo o curativo para organismos sociales; más tarde, la creación de una trilogía ético-moral con carácter normativo para revolver problemas y encauzar tendencias de la humanidad, tienen sus raíces en las condiciones sociopolíticas de Argentina y del mundo.

La situación del país para fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, como nación adelantada en Latinoamérica en el tránsito de la estructura agraria y feudal a la economía agro-exportadora, dirigida aún por la típica oligarquía terrateniente pero ya encaminada a satisfacer las necesidades del capital foráneo[18], incentivan la afluencia de grandes masas de migrantes que, más allá de la imagen idílica elaborada por Sarmiento y Alberdi, en su mayoría procedían de los sectores populares súper acumulados en sus países de origen.[19]

Atraídas por la incipiente industrialización, estas masas portaban una definida conciencia sindical y política que impulsa tempranos esbozos de organización y difusión de ideologías revolucionarias. Dichas ideologías y sus referentes organizativos, que respondían a la situación de los trabajadores ya formados en el contexto europeo, representaban un problema creciente para la oligarquía criolla. Las condiciones de trabajo aplicadas por propietarios, terratenientes y empresarios argentinos a los migrantes no cedían en gravedad e intensidad a la sufrida por estos en Europa, ello aumenta la celeridad con que se radicaliza la conciencia de clase de los sectores populares en el país.[20]

Para la década del 90 del siglo XIX el nivel de organización del movimiento obrero argentino, especialmente sus capacidades de movilización y de enfrentamiento a las patronales, crece a ritmo acelerado. La primera década del siglo XX, lejos de ceder en niveles de movilización popular, aumenta su magnitud y complejidad.[21]

No es gratuita ni desmesurada la reacción del grupo gobernante al responder con un conjunto de leyes coercitivas, estados de sitio y represiones masivas contra la hiperactividad del movimiento obrero, ya que este amenazaba al mismo modelo agroexportador necesitado de las inversiones extranjeras. Panorama complejo, cercano a convertirse en verdadera sublevación nacional, cuyos resultados no llegaron a concretarse por la intervención de estrategias de contención política y de desarme ideológico lideradas por la oligarquía. Los que fueron objeto de estos mecanismos de control van desde el propio movimiento obrero en general, pasando por líderes e intelectuales destacados del período, hasta llegar a las llamadas “clases medias”.

Un factor que explica el éxito de dichos mecanismos de contención es la debilidad organizativa e ideológica que en temas vitales demostraron las fuerzas populares. A pesar del carácter masivo que alcanza el movimiento obrero, los problemas relacionados con su unidad y su organización afectan las posibilidades de las masas sindicalizadas para convertirse en sujeto rector de cambios revolucionarios.[22] Sobre todo la problemática en torno a la utilidad de los partidos, el tema de la participación en las instituciones democráticas dirigidas por la burguesía, así como la cuestión sobre el papel específico del partido socialista en el movimiento obrero, provocaron adaptaciones y desencuentros sistemáticos entre los socialistas, los sindicalistas y los anarquistas.[23]

En este contexto de divisiones doctrinales y de unidad relativa en momentos de confrontación directa con el gobierno, los socialistas adoptaron el reformismo como estrategia, con el cual intentaban representar los intereses obrerosdesde arriba. Sin embargo, esta postura no fue capaz desplazar ni de eliminar las limitaciones y las divisiones entre las corrientes sindicalistas y anarquistas. Por otro lado, la opción reformadora contribuyó a que el partido socialista no lograse el objetivo de convertirse en la vanguardia efectiva del movimiento obrero en Argentina, ya que lo distanció de importantes sectores dentro de los sindicatos y lo condujo a posturas de relativa neutralidad ante estallidos de rebelión popular.[24]

A pesar de sus confusiones y sectarismos, el ascenso del movimiento huelguístico se convirtió en una amenaza para la clase gobernante. Ante el peligro de radicalización revolucionaria que se avecinaba, el reformismo demostró sus verdaderas potencialidadescomo opción principal del proyecto liberal para encontrar salidas ideológicas a la crisis. A tono con ello,es que sectores de la élite gobernante se venían planteando la necesidad de apoyar la opción reformista, a la que visualizaban como el mejor camino para contener el ascenso de las protestas obreras.[25] Este cambio estratégico, que se materializa en 1912 con la aprobación de la Ley Sáez Peña, constituye la opción política que va ganando el mayor espacio en el panorama social argentinodurante las primeras décadas del siglo XX. La democratización del poder político y el ideal de un país determinado por un proyecto de clase media se tornan hegemónicos.

El tema de las conexiones entre los intereses de la llamada clase media, el proletariado y la élite gobernante, por la importancia que reviste para el desarrollo de las corrientes ideológicas y de pensamiento del período, ha sido analizado por una amplia bibliografía.[26]Germani, por ejemplo, sostiene que la alta movilidad y el carácter “abierto” de la sociedad argentina, han “desalentado la constitución de grandes movimientos populares de izquierda”[27] en este país. Este autor considera que el socialismo no ha sido en Argentina una opción encaminada a cambiar la estructura social establecida. En su opinión, las organizaciones socialistas funcionaron como alternativas del electorado independiente del partido típico de las clases medias, asociado al radicalismo argentino y no como expresiones autónomas de la lucha política del proletariado.[28]

Este tema resulta de vital importancia, en la medida que implica definir las condiciones objetivas que permitieron el desarrollo de la influencia ideológica ejercida por las clases dominantes sobre el proletariado argentino, así como el papel de intelectuales destacados en este proceso. El papel de la clase media en la vida política del país, sus condiciones de reproducción social, el desarrollo de sus perspectivas ideológicas fueron considerados por el pensamiento liberal, en especial por el positivismo, como fundamentos para sostener la concepción evolucionista del desarrollo gradual. El positivismo toma en cuenta la movilidad o acceso del proletariado a la condición de clase media y, al otorgarle un papel determinante, atenúa o coloca en un plano colateral las problemáticas de la desigualdad y de la lucha de clases. Es desde esta perspectiva que los positivistas defienden la supuesta existencia de un sujeto popular situado en condiciones de igualdad y poseedor de las mismas aspiraciones que caracterizan a la burguesía.

Mirando este enfoque con una perspectiva crítica, se descubre que el mencionado fenómeno de movilidad, que vinculó a sectores de la pequeña y mediana burguesía con el proletariado argentino, no elimina los antagonismos del modelo agro-exportador. El proletariado siguió siendo la clase social mayoritaria en la estructura económica de la nación, sobre la que se concentra la explotación y se acumulan los efectos más graves del capitalismo dependiente. La permanencia de la estructura desigual se refleja, incluso, en los estudios que hacen hincapié en el desarrollo de la clase media a partir del fortalecimiento de los grupos intelectuales, empleados públicos y funcionarios.[29]

La clase media existe, en efecto, como agrupación de sectores de la burguesía que no controlan el poder político ni participan del reparto fundamental de las riquezas, pero su unidad interna y su influencia sobre estratos del proletariado y sobre intelectuales del período no son simples resultados de la movilidad social. El proyecto de clase media establece una conexión ideológica que une, formalmente, a las élites gobernantes con los núcleos dirigentes de sectores medios e inferiores. Más aún, esta imagen invertida de la realidad nacional, que promete para la mayoría lo que sólo puede realizarse para pocos, permite que grupos progresistas e intelectuales se distancien de alternativas cercanas al movimiento obrero. Algunos de ellos intentan adaptar las aspiraciones populares a las tendencias ya conformadas por el liberalismo. Como apunta Martínez Díaz, el radicalismo fue:

[…] en todos los sentidos, un fenómeno de extensión de las ideas liberales a capas sociales que, hasta comienzos del siglo XX estuvieron marginadas de los eventuales beneficios derivados de la aplicación de esta política. La mezcla de sus principios con los del republicanismo y el krausismo (…) conformaron una visión política reformista (…) teñida por una postura ética, reivindicadora de un regeneracionismo.[30]

Fue necesario abordar el complejo proceso de instauración de la opción política y cultural de la ambigua clase media en el panorama argentino porque desde dicha estrategia se va a sustentar la contradicción más universal del pensamiento de Ingenieros. Este último logró expresar, desde diferentes manifestaciones de la conciencia de su época, la gran disyuntiva que planteaba la sociedad argentina en tanto momento particular del desarrollo capitalista latinoamericano: aceptar las asimetrías y desigualdades de la sociedad burguesa, por demás dependiente de los centros de poder mundial o intentar una ruptura que fundamentase las perspectivas abiertas por la actividad revolucionaria de las mayorías.

Esta disyuntiva pasa al terreno teórico como conflicto entre la filosofía y el pensamiento socialista, como choque entre el individualismo y la búsqueda de sujetos colectivos. La imposibilidad lógica y metodológica de Ingenieros para resolver la contradicción teoría-práctica tiene sus basamentos lógicos en su escaso contacto con las mejores vertientes del pensamiento dialéctico universal pero, sobre todo, estas debilidades expresan su incapacidad para superar el enfoque cultural y político de clase media. Dicho enfoque, como estrategia de control de la “conflictividad” revolucionaria, fue auspiciado por las élites, propagado por la clase media y reforzado por intelectuales que tenían considerable influencia enlas fuerzas populares y en la formación de la conciencia de sus sectores dirigentes.

Etapas del pensamiento de Ingenieros

La imposibilidad de superar integralmente la teoría liberal tuvo en Ingenieros diversos momentos y distintas expresiones. En gran medida, como muestra de su retorno sistemático a los extremos de un mismo diapasón cultural, que fue de la radicalización elitista hasta la propuesta inclusiva de sectores mayoritarios o medios, su objetivo no logrado fue el de unir intereses sociales, perspectivas ideológicas y formas antagónicas de pensamiento.

En la medida que la problemática política se mantuvo como centro que movilizabael pensamiento de Ingenieros, el propio carácter insoluble de este asunto se traduce en su incapacidad paraintegrar sus referentes metodológicos. En la actividad histórica global estas perspectivas eran opuestas o discordantes. Su pensamiento,al no tomar en cuenta los componentes objetivos para la unidad o diversidad real, sólo pudo crear la síntesis en el artificio, en la deformación de la perspectiva más débil o menos cercana a sus intereses particulares. Esta contradicción no resueltalo llevó al desarrollo de la abstracción para intentar la unidad deseada.Por este camino se definesu interésen plantear la relación sujeto-objeto y teoría-praxis, cubriendo asídesde mayor distancia cosmovisiva las cuestiones del poder, la emergencia de los sujetos históricos y la estabilidaddel desarrollo social y cultural. Este proceso en torno a problemas no resueltospermite definir las siguientes etapas de su pensamiento:

Primera Etapa (1895-1899).Espacio formativo caracterizado por la hegemonía del pensamiento revolucionario de corte socialista, con elementos del marxismo y el anarquismo. En este momento el conflicto entre la teoría revolucionaria y los esquemas de corte filosófico, sociológico y político se manifiesta de manera fragmentada, como choque entre tesis sueltas del liberalismo y los componentes del anarquismo, el socialismo utópico y el marxismo.

Segunda Etapa (1900 a 1911). Espacio de profesionalización del pensamiento de Ingenieros, caracterizada por el dominio de las distintas vertientes del esquema positivista en sus especialidades médicas, psicológicas, psiquiátricas y filosóficas. A ello corresponde una gran identidad entre su teoría sociológica y el reformismo político.

En esta segunda etapa Ingenieros intenta crear un gran enfoque típicamente cientificista, su socialismo se transforma totalmente en “socialismo positivo”. En cuanto al pensamiento marxista y socialista, Ingenieros elimina sus aristas críticas y asume la deformación economicista conectada al revisionismo internacional. También pretende fundamentar la reforma universitaria, pero este intento demuestra las debilidades de su esquema para sintetizar posiciones diversas dentro de la propia trayectoria liberal: positivismo y anti-positivismo, individualismo elitista y enfoques centrados en el papel de fuerzas colectivas e impersonales abren espacios de confusión en su obra cercanos al eclecticismo metodológico.[31]

Se trata, además, de la etapa en la que las contradicciones que se presentan entre las vertientes del positivismo ortodoxo y la reacción espiritualista, entre la opción reformista y el retorno a un proyecto más cercano al grupo oligárquico, generan una crisis parcial del esquema de Ingenieros. Dicha crisis, catalizada por su ruptura con el gobierno argentino, incentivan el surgimiento de su esquema filosófico totalmente diferenciado que marcará sustextosdefinitivos. Entre 1910 y 1911 aparecen antecedentes importantes de este esquema con la publicación de las primeras ediciones de los Principios de psicología.

Tercera etapa (1912 a 1925). Consolidación y domino del esquema filosófico dentro de la obra de Ingenieros. Este esquema, denominado por su autor como un “idealismo fundado en la experiencia”, intenta integrar los elementos de los enfoques sociológico, médico y psiquiátrico. Al que se le suma la influencia de la filosofía de Nietzsche, del pragmatismo y del empiriocriticismo europeo.

La filosofía constituye, desde este momento, nueva expresión de continuidad, ahora con mayores niveles de abstracción, de las posturas asumidas por Ingenieros con respecto a las contradicciones entre el individuo y la sociedad, entre la teoría y la práctica, entre el sujeto y el objeto de la historia, entre la libertad y la necesidad, entre el conocimiento y la voluntad espontánea. El hombre mediocre, obra representativa de la etapa, demuestra que Ingenieros está lejos de una ruptura con el pensamiento y el proyecto liberal, más bien se inclina a fundamentar sus vertientes más reaccionarias. En este sentido, apuesta por criticar el proyecto de clase media, pero los instrumentos usados para realizar dicha crítica provienen de posiciones del grupo oligárquico, las cuales ponen en duda cualquier papel positivo de las masas en la historia.Individualismo, elitismo, idealismo resultan nuevos marcos para la continuidad el social-darwinismo, el biologismo y el racismo de Ingenieros.

En la tercera etapa renace el choque entre la solución filosófica y el pensamiento político. Si bien El hombre mediocre parecía haber eliminado cualquier posibilidad de reaparición de una respuesta diferente a la exacerbación elitista del proyecto liberal, el desarrollo de la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la revolución socialista en Rusia, cambiaron esta tendencia. Y es que la revolución de 1917 coloca ante la palestra pública la reaparición de un sujeto que Ingenieros había considerado perdido o inexistente para la acción histórica. La imagen de las masas irracionales, carentes de proyectos y desprovistas de voluntad para imponer sus intereses, es golpeada por las conquistas del gobierno soviético en sus primeros años. Ingenieros reacciona con un conjunto de trabajos de diversa profundidad sobre el tema de la guerra y la revolución, posteriormente re-publicados bajo el título de Los tiempos nuevos.

En Los tiempos nuevos emergen con fuerza la presencia de tesis contrapuestas, de asimétricos niveles de análisis. Por una parte, la lectura en clave idealista, moralista y elitista que interpreta la guerra y la revolución desde los marcos de una supuesta conflagración eterna entre minorías pensantes y minorías conservadoras, estas últimas representativas de una cultura feudal sobreviviente; por otra parte, el enfoque político de corte socialista y marxistas que concreta el asunto como choque entre capital y trabajo, entre democracia formal y democracia popular, desplegada esta última en la toma revolucionaria del poder.

En esta etapa se desarrollan, además, el antimperialismo y el latinoamericanismo de Ingenieros, en ellos se percibe el impacto de la Revolución Rusa y el renacer del pensamiento socialista en su producción. Ello no impide que se reproduzcan algunas de sus tesis filosóficas, de tal manera que no coinciden la profundidad de la crítica contra el capitalismo monopolista y las propuestas de Ingenieros para superarlo, estas últimas privilegian el papel de los intelectuales y de fuerzas morales, representación específica del enfoque aún idealista e individualista que tiene Ingenieros sobre la vanguardia histórica.

La filosofía será la encargada de intentar, en definitiva, la unificación abstracta e incompleta de su pensamiento revolucionario con la teoría liberal. La debilidad de sus soluciones lógico-metodológicas expresan, una vez más, las contradicciones de un autor que se propuso integrar a las élites, los sectores medios y las mayorías trabajadoras en un granesquema lógico con sus correspondientes salidas a la práctica política.

[Continúa…]



[1] Profesor de Historia de la Filosofía y Pensamiento Filosófico Contemporáneo en la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas (UCLV), Cuba, e-mail: jmbrito@uclv.cu

[2] Cfr.: Luis Alejandro Rossi: “Los proyectos intelectuales de José ingenieros desde 1915 a 1925: la crisis del positivismo y la filosofía en la Argentina” (Prólogo), en: José Ingenieros y Aníbal Ponce: Revista de Filosofía, en: http://unq.academia.edu/LuisRossi (Fecha de consulta: 28 de noviembre de 2012.)

[3]Julio Antonio Mella, Raúl Roa y Aníbal Ponce son ejemplos de autores influidos que luego se distanciaron de Ingenieros, considerándolo una inspiración de juventud que precisó ser superada. Ponce es el menos crítico de los citados, ya que no se cuestiona directamente las limitantes de Ingenieros, aunque su propia obra va mucho más allá de su influencia. Mella y Roa son más explícitos al realizar una crítica a posiciones que se desprenden de la obra de Ingenieros como el juvenilismo o la exaltación de los intelectuales como sujeto histórico contrapuesto a las mayorías populares. 

[4] Cfr.: Carlos Marx: Miseria de la Filosofía, Editorial Progreso, Moscú, 1979.

[5] Oscar Terán: “Ingenieros o la voluntad…” (Prólogo), en: José Ingenieros: Antimperialismo y nación, Siglo Veintiuno Editores, México, 1979 p. 70.

[6] Ibídem.

[7] Citado por Luis Alejandro Rossi: “Los proyectos intelectuales de José Ingenieros desde 1915 hasta 1925: la crisis del positivismo y la filosofía en la Argentina”, en: http://unq.academia.edu/LuisRossi

[8] Carmen Barandela Alonso: “Las concepciones filosóficasy sociológicas de José Ingenieros”, Tesis en opción al grado científico de Doctora en Ciencias Filosóficas (Resumen), Instituto de Filosofía, La Habana, 1995, p.14.

[9] Pablo Guadarrama González: Pensamiento filosófico latinoamericano: humanismo vs. alienación, Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, 2008, t. II, p. 56.

[10] Cfr.: Carmen Barandela Alonso: “Las concepciones filosóficas y sociológicas de José Ingenieros, Tesis en opción al grado científico de Doctor en Ciencias Filosóficas (Resumen), Instituto de Filosofía, La Habana, 1995, p. 9.

[11] Cfr.: Aníbal PonceJoséIngenieros su vida y su obra y Educación y lucha de clases, J. Héctor Matera Editor, Buenos Aires. 1957, p.  73.

[12]Esta postura se origina en la obra de los fundadores del positivismo, Comte y Spencer, quienes pretendieron haber realizado una síntesis metodológica de lo mejor del pensamiento científico de la época. Ese esfuerzo, al realizarse en una etapa en la cual la vulgarización de la teoría científica es una cualidad dominante del pensamiento liberal, arroja como resultados la visión mecanicista, el reduccionismo y una variedad de extrapolaciones presentes en la interpretación positivista de la ciencia.

[13] Luis Alejandro Rossi: “Los proyectos intelectuales de José Ingenieros desde 1915 hasta 1925: la crisis del positivismo y la filosofía en la Argentina”, en: http://unq.academia.edu/LuisRossi (Fecha de consulta: 28 de noviembre de 2012.)

[14] La organización de las antologías, estudios introductorios, textos sobre la historia de las ideas y una masa no despreciable de investigaciones continúa repitiendo la clasificación de precursores, positivistas y anti-positivistas. No se debe confundir el término precursores, dado a los antecedentes o fuentes teóricas del positivismo como Sarmiento y Alberdi, con la denominación de los fundadores o patriarcas de la filosofía latinoamericana, que pertenecen a la tendencia que sustituyó, inicialmente, al positivismo. La insuficiencia del término “antipositivismo”, por ejemplo, demuestra las debilidades de esta visión abstracta de la historia de las ideas. Al caracterizar a las corrientes posteriores por su reacción contra el positivismo se mantiene carácter descriptivo de esta perspectiva, ya que la sustitución del esquema positivista por vertientes de la filosofía más centradas en el aspecto ético, espiritual o cultural de las problemáticas regionales, pero que al mismo tiempo profundizan la reactivación del idealismo, el irracionalismo y el vitalismo, sobrepasa ampliamente el objetivo de superar la filosofía anterior y profundiza el interés por encontrar nuevas salidas para las crisis de los proyectos liberales. Por ello, el desarrollo lógico de la filosofía burguesa posclásica en Latinoamérica, si se trata de abarcar el período de tránsito entre los siglos XIX y XX, debe incluir el estudio de un proceso más complejo en el que la teoría se ve presionada por la aparición de opciones políticas antagónicas, en el cual la filosofía va ganando espacio como instrumento de fundamentación de intereses reales. Como bien apunta Isabel Monal: “Al compás de las críticas, el positivismo primero, y con independencia de esa crítica después, se fue desarrollando, en la filosofía latinoamericana, la corriente espiritualista-irracionalista (…) después de la lucha contra el positivismo, aún antes de que la disputa con él se extinguiera, la concepción marxista-leninista del mundo, especialmente la visión materialista dialéctica de la historia, vino a ocupar el centro de su inquietud”. (Cfr.: Isabel Monal: Ensayos americanos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 225.)

[15]Cfr.: Arturo Andrés Roig: El pensamiento social de Montalvo. Sus lecciones al Pueblo. Editorial Tercer Mundo, Quito, 1984, p. 18, citado por Yamandú Acosta: “El liberalismo. Las ideologías constituyentes. El conflicto entre liberales y conservadores”, en: Colectivo de autores: El pensamiento social y político iberoamericano del siglo XIX, Editorial Trota, Madrid, 2000, p. 344.

[16] “La educación—dice Zea— no llegaba a todas las capas sociales. El confort no era disfrutado por todos los miembros de la sociedad. Pronto se destacarán grandes diferencias sociales. Se han formado oligarquías que acaparan los negocios públicos para mejor servir sus negocios económicos. No faltan tampoco nuevas formas de tiranía, como la de Porfirio Díaz en México. Los ferrocarriles y las industrias crecen, pero se encuentran en otras manos que las hispanoamericanas. La burguesía en Hispanoamérica no es otra cosa que un instrumento al servicio de la gran burguesía europea y norteamericana que le ha servido de modelo”. (Leopoldo Zea: El pensamiento latinoamericano, en: http://www.ensayistas.org/filosofos/mexico/zea/pla/

[17]Si bien algunos representantes de este enfoque declaran que el carácter sui generis y progresivo no se identifica con un papel revolucionario, esta distinción se pierde a medida que el estudio del supuesto carácter emancipatorio o desalienador de estas corrientes se convierte, como bien señala Guadarrama, en la principal motivación del historiador. Sobre dicho punto este autor declara que el objetivo siempre presente de su enfoque se halla en “enfatizar el grado de participación de los positivistas en el proceso humanista y desalienador que hasta el presente ha sido común al desarrollo de las ideas filosóficas en estos países”. (Pablo Guadarrama González: Positivismo y antipositivismo en América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 2.)

[18] Cfr.: D. Rock: El radicalismo argentino, 1880-1930, Amorrortu, Buenos Aires, 1977, p. 15, citado por Oscar Terán: “José Ingenieros o la voluntad de saber”, en: José Ingenieros: Antiimperialismo y nación,Siglo Veintiuno Editores, México, 1979, p. 14.

[19] Sobre la composición del migrante que reestructuró la sociedad argentina y Latinoamericana para fines del siglo XIX, señala Alba: “De 1850 a 1950 inmigraron a América Latina 17 millones de personas (…) Procedían de Italia (seis millones), Alemania (dos millones), España (cuatro millones), Portugal (1 millón)” (Víctor Alba: Historia del movimiento obrero en América Latina, Editorial Limusa Wiley S.A, México, 1964, p. 17.)

[20] En cuanto a las condiciones de trabajo, señala Oddone: “A finales de sigloXIXla jornada de trabajo es de 10 horas, pero un treinta por ciento de los trabajadores cumplen jornadas de 11 y hasta 14 horas, mientras  que solo un cuatro por ciento goza de la de ocho horas” (Jacinto Oddone: Historia del socialismo, citado por Víctor Alba: Historia del movimiento obrero…, pág. 340. La falta de derechos de los trabajadores revela su profundidad al ser la causa de sucesivos estallidos sociales como el de la “huelga de domésticos” de 1881: “El conflicto se debía a la decisión de la municipalidad de establecer una ordenanza (…) que establecía que los patrones tenían no solamente el derecho sino la obligación de expresar en una libreta cuál había sido la conducta de sus sirvientes (…) la ordenanza prácticamente condenaba a los trabajadores a una dependencia total respecto a sus patrones y a la imposibilidad de continuar trabajando en caso de ser despedidos o de no contar con el certificado de “buena conducta” (Lucas Poy: “Tu quoque trabajador? Agitación obrera en Buenos Aires (1888-1889)”, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2010, pp. 25-26.

[21]La primera huelga con objetivos sindicales había ocurrido en 1878, poco después la presión patronal hace que sus impulsores abandonen los acuerdos conquistados. Durante la década del 90 la situación es muy distinta, como apunta Alba: si en 1894 hubo 9 huelgas, estas crecieron hasta 19 en 1895 y llegaron a 26 en 1896.Víctor Alba: Historia del movimiento obrero…,p. 341.

[22]En 1901 se había creado la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) que reunía a anarquistas y socialistas, pero las resoluciones tomadas por el segundo congreso de la FORA provocan la salida de los socialistas de esta organización y el surgimiento, en 1903, de la Unión General de Trabajadores (UGT).  Dentro de la propia UGT se produjeron divisiones entre la corriente sindicalista y socialista, lo que llevará a nuevas rupturas y a nuevas organizaciones

[23]En 1903, la UGT liderada por los socialistas juzga que la huelga puede ser útil en cuestiones que afecten directamente al pueblo y como acto de resistencia, pero condena su despliegue por vías violentas o revueltas. La UGT también recomendaba a los obreros que, con independencia de la lucha general de sus organizaciones, dieran su voto a los partidos que tuviesen en sus programas reformas que pudiesen favorecer los intereses populares.Por su parte, la corriente sindicalista, centrada en la huelga como método de lucha, durante el congreso de la UGT en 1905 resolvía aceptar la representación parlamentaria, pero otorgándole un papel secundario, en la medida que ella no podía atribuirse nunca la dirección del movimiento obrero. (Cfr.: Víctor Alba: Historia del movimiento obrero…, p. 352.)

[24] Por sólo citar un ejemplo: Durante el año 1921, en “el territorio de Santa Cruz los obreros rurales se habían declarado en huelga, ocupando algunas estancias. Un teniente coronel del ejército al mando de dos regimientos de caballería pone a todo el territorio en pie de guerra, dicta una resolución por la cual se fusilaría sin formalidad alguna a toda persona que portase armas, y dirige la represión más brutal que pueda imaginarse. Cientos de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos depósitos. De ellos se escogía a quienes señalaban los representantes de las empresas y se los llevaba al campo para fusilarlos. A alguno se les hacía cavar su propia fosa y luego incineraban los cadáveres.” (Félix Luna: Yrigoyen, Raigal, Bs. As., 1954, pág. 259, citado por Milcíades Peña: Masas, caudillos y élites, la dependencia argentina de Yrigoyen a Perón, en: Katariche http://www.scribd.com/people/view/3502992-jorge. Este tipo de enfrentamientos dividió frecuentemente a los partidos obreros, sobre todo al Partido Socialista que para el momento había apostado por la reforma al gobierno como estrategia fundamental.

[25]Desde 1905 un ideólogo de la élite como Carlos Pellegrini señalaba el peligro que suponía colocar a los sectores medios y a los obreros en una situación sin salida. “La apertura del sistema electoral —señala Martínez Díaz— parecía la maniobra que comprometía menos el futuro de las clases altas (…) opción también aguardada por los grupos extranjeros que invertían en la economía argentina” (Nelson Martínez Díaz: Hipólito Yrigoyen. El radicalismo argentino, Ediciones Anaya, Madrid, 1988, p. 54.)

[26] Este tema ha alcanzado el debate reciente, sobre todo durante la década del 90 del siglo XX, en la que el derrumbe del modelo euro-soviético inclinó a reflexionar sobre la posible desaparición del proletariado y el papel de la clase media en el capitalismo desarrollado. Las predicciones extremas en ese sentido no se han cumplido, ya que la polarización social ha tomado otros caminos. Por otro lado, la clase media en los países centrales se ve sujeta a frecuentes amenazas de proletarización y a modalidades más sofisticadas de explotación. Entre los partidarios de la tesis de que la polarización burguesía-proletariado era un error del marxismo clásico Cfr.: Adam Schaff: El marxismo a final de siglo, Editorial Ariel, Barcelona, 1994, pp. 72-76. Ante esta perspectiva, Atilio Borón ha apuntado que se trata de un tema deficitario del Manifiesto Comunista y no de la obra posterior de los clásicos, aunque reconoce que el papel de las clases medias en la estabilidad del capitalismo, o, en etapas de crisis, en su radicalización reaccionaria, merece el interés del pensamiento marxista. Cfr.: Atilio Borón: Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003, pp. 34-35.

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