Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: Un enfoque crítico diferente acerca de las polémicas de los marxismos y los marxistas en la Rusia Soviética entre 1917-1930. Una historia poco conocida. [Primera parte]
Autor(es): Orlando Cruz Capote
Fecha de publicación: 01 de Noviembre de 2016

Introducción

Este artículo asienta un avance investigativo de un proyecto de investigación que se desarrolla en el Grupo de Pensamiento Cubano del Insituto de Filosofía de Cuba, con vistas a esclarecer y precisar la contextualización histórica, teórica y política del surgimiento y desarrollo de los procesos de los ‘consejos obreros’, el ‘consejismo’, el ‘comunismo de consejos’ -el germano-holandés de los años 20 y 30-, el “Grupo Socialismo o Barbarie” (1948-1965), la “Internacional Situacionista” (1957-1972), la experiencia socialista autogestionaria yugoslava; al que se han añadido a la autogestión y el cooperativismo, el autogobierno, la auto-organización, la autonomía, la autoemancipación, entre otros.

Constituye un propósito del trabajo que se presenta demostrar la pertinencia de dichas experiencias y enseñanzas históricas, teóricas y políticas, desde una perspectiva crítica, para analizar los cambios que se suceden en la Cuba actual, sin formulaciones y aplicaciones a priori ni pretencionismos universales, y promover aquellas iniciativas que potencien los procesos de socialización y control - regulación más pleno de los trabajadores y el pueblo sobre las condiciones de los que producen y los que prestan servicios, sobre la base de un sentido de compromiso y responsabilidad social e individual solidaria.

Lo que incluye, tanto a las fundamentales empresas estatales socialistas, como a las diversas formas económicas-sociales de propiedad y gestión -‘emergentes’ para el caso cubano-, de co-gestión y cooperativización, de propiedad personal, privada (‘cuentapropista’ eufemísticamente, que ocultan las presentes Pymes) y usufructuaria, la mixta con capital nacional y extranjero, las de capital extranjero totalmente, etc., y las que se están estableciendo, y establecerán, en la ‘Zona Especial de Desarrollo de Mariel’ (ZEDM),[i] para acometer las apremiantes necesidades del despliegue efectivo y eficaz del proceso de actualización del modelo económico y social[ii] en que se ha enfrascado el país, que abarca también las esferas de la política en conjunción con la ética, la ideología, lo jurídico y constitucional y, en especial, lo CULTURAL, con un nuevo sentido civilizatorio de emancipación humana.

Sin embargo, al revisar la bibliografía existente, hemos realizado un paréntesis ineludible para analizar los importantes debates marxistas, socialistas y comunistas al interior de Rusia soviética y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS o Unión Soviética, fundada en 1922), y su Partido bolchevique (b) comunista,[iii] lo que conllevó el examen, desde una nueva óptica, de las diversas fracciones oposicionistas en los obreros y comunistas desde 1917 hasta 1930, que tuvieron una amplia participación y repercusión exterior.

Pretendemos una indagación crítica y reinterpretativa de los contenidos fundamentales de las históricas polémicas marxistas y de los marxismos, en plural y conteniendo per se al leninismo(s),[iv] para precisar la organización y sistematización crítica de la apropiación conceptual que, desde disimiles posiciones de esta cosmovisión - concepción materialista del mundo, se habían efectuado respecto a diversas experiencias revolucionarias en que la auto-organización, el autogobierno, la autonomía, la cooperativización y, por último, la autogestión,[v] término no utilizado en el escenario ruso soviético analizado, de las masas obreras-campesinas, clases subalternas, grupos, sectores y otras capas sociales, ya sean en comunas, soviets, consejos obreros, comités de fábrica y barriales, poderes populares, entre otros, y que fueron determinantes en las controversias teóricas y en los procesos prácticos de transformación (exitosos y fallidos) antes, durante y después del triunfo del socialismo.

Sin olvidar tampoco, el cuestionador diálogo desplegado sobre el rol del partido político, el comunista, que debía y debe dirigir, orientar y educar política e ideológicamente -desde la urgente ‘labor filosófica’, como expresara el marxista italiano Antonio Gramsci-[vi] a sus miembros y a la sociedad en su totalidad, encauzando de forma persuasiva a los reales protagonistas de los cambios: los Soviets, como representantes genuinos del heterogéneo pueblo trabajador, haciéndose hincapié en aquella época histórica en el proletariado industrial, actualmente sin reduccionismos obreristas, como el sujeto múltiple de la transformación revolucionaria, hacia una sociedad contrahegemónica y antisistémica al capital.

Un Partido Comunista de nuevo tipo, concebido por Vladimir Ilich Lenin, que no podía sustituir a la clase proletaria-trabajadora, como tampoco asumir tareas administrativas excesivas, que en un ‘rejuego’ retorcido y burócrata dio lugar, erróneamente, a una dictadura de las élites del partido-estatales bajo la concepción estalinista, en vez de la real dictadura del proletariado. .

Lo que se dilucidaba, a fin de cuentas, en esos álgidos debates de la filosofía de la praxis, desde finales del siglo decimonónico, pasando por la centuria del XX, hasta este siglo XXI, era el cómo destruir efectivamente a la vieja maquinaria estatal-represiva burguesa, sustituyéndola por un poder ejercido directa y orgánicamente por el pueblo, con suficiente capacidad autonómica, iniciativa democrática y antiburocrática, que ya no debía constituir, propiamente, un Estado, el cual estableciera las bases de la transición hacia su extinción, como lo habían enunciado Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin.

La aspiración a que el Estado sea reabsorbido por la sociedad, legitimo concepto ‘meta’ de los socialismo(s) y cimiento básico de la construcción teórica de la lucha emancipatoria humana, no puede suplantar el hecho de que el nuevo ‘(no)’ Estado deba aparecer como organización general de la propia sociedad, como mediación política necesaria,[vii] y que, en momentos determinados de ese tránsito socialista, tienda a su ‘fortalecimiento’ dadas las condicionantes de la lucha de clases endógenas y exógenas en las que debe desplegar su actividad.

Empero, el poco conocido y extenso tránsito o construcción socialista hacia el comunismo que requiere de una certera y combinada estructuración entre los elementos de la participación, eficiencia, autonomía y la equidad no ha podido, laboriosa e ingeniosamente, ser construido hasta hoy desde una nueva hegemonía ética política, civilizatoria y cultural. Mostrándose fehacientemente los déficits democráticos, porque si bien la libertad de pensamiento fue un “(…) tema heredado de la burguesía (…) El marxismo dogmático retrocedió asustado ante el tema. Careció de imaginación democrática, y sin ella se pierde la condición revolucionaria”,[viii] y también por la corta de miras estratégicas política-culturales, el empobrecimiento teórico, carencias éticas, la ineptitud de los dirigentes saturados por el dogmatismo, el burocratismo tecnócrata y el divorcio con el pueblo.

Las disímiles discusiones y propuestas entre los marxismos, en los diferentes períodos, las etapas y fases históricas que investigamos, tenían además como puntos centrales la construcción-establecimiento de un Estado, con gobierno y Partido comunista más democrático y menos centralizador, que evitara la ‘estadolatría’ y la confusión entre la misión y función del Partido con la del Estado, fieles receptores de los criterios y las valoraciones de los miembros de la sociedad civil en toda su dimensión -término esencial rescatado en la obra escrita del marxista Antonio Gramsci (1891-1937)-,[ix] que atendiera y valorara las variopintas opiniones que surgían desde el proletariado, la clase obrera y las masas populares, sin importar en demasía los heterogéneos matices filosóficos, sociopolíticos y económicos si de lo que se trataba era de perfeccionar el tránsito capitalista al socialismo; así como los criterios de que los dirigentes y funcionarios en todos los niveles fuesen electos en las fábricas y los campos por los obreros y campesinos (pobres) y, en otros espacios públicos, como los barrios por el pueblo; que los representantes o delegados de las instancias de gobierno y el partido no fuesen asignados desde arriba (los aparatos político-administrativos centrales, intermedios y locales), salvo excepciones, con la posibilidad real de revocarlos en cuanto dejaran de cumplir sus funciones por esa misma masa popular y partidista que los había elegido.

Por lo que la hegemonía ideológica-política y cultural -otro concepto básico recuperado y trabajado también con mayor rigor por Gramsci- de la dictadura del proletariado debía ejercerse de forma persuasiva, dialogadora y consensual, más que coercitiva y represiva, si, como afirmaba Vladimir Ilich Lenin, representa los intereses de la mayoría de la sociedad, sin superficiales exclusiones, salvo el enfrentamiento contra los acérrimos explotadores y opresores internos y externos; eliminando la violencia extrema innecesaria, las calumnias y difamaciones contra las personas y los grupos (oposiciones dentro de los principios) que se cuestionaron las políticas que se establecían sin consultar previamente con el pueblo y la militancia partidista de las bases; frenando el burocratismo y la tecnocracia en la dirección estatal, de gobierno y partido, considerados los peores de los males que frenaban toda iniciativa y autonomía de las masas populares en la construcción socialista, rumbo al comunismo.[x]

I.- Las oposiciones - fracciones en la Rusia Soviética.

Tales posiciones, convergentes y divergentes, las encontramos en la Rusia Soviética y la URSS, lo que dio lugar al surgimiento de disimiles fracciones a lo endógeno del partido comunista ruso (bolchevique), que fueron traspoladas al ámbito internacional del movimiento obrero, comunista, de liberación nacional y las agrupaciones de izquierda en general; oposiciones que desarrollaron ideas legítimas y otras menos válidas que conllevaron a la confrontación, las escisiones y divisiones insolubles por la ausencia de diálogos constructivos, específicamente luego del agravamiento de la enfermedad de V. I. Lenin entre 1921 y 1923 -sufrió un atentado con balas envenenadas en 1918- y su muerte acaecida el 21 de enero de 1924.

Pero, las discusiones y los debates, muchas veces enconados de y entre los marxistas y leninistas, constituyeron y constituyen una permanente necesidad para el desarrollo de la teoría y la praxis, que se expresan en espacios-tiempos sociohistóricos concretos en que las conflictualidades permanentes, la ‘crisis’ coyunturales y las más extendidas en el tiempo, denotan las limitaciones y factibles superaciones de los marxismos, en su afán de aproximarse a la percepción-reflexión crítica de la mudable realidad nacional, regional e internacional, con vistas a la transformación revolucionaria.

No obstante, las discrepancias entre los marxistas revolucionarios, incluyendo a las izquierdas en general, debieron, y deben desarrollarse sobre la base de principios morales, ético-políticos inviolables, partiendo de la tolerancia, el respeto y la humildad hacia el pensamiento y la práctica del otro; la no imposición de criterios desde una supuesta autoridad ‘iluminada’ que no todos reconocen o distinguen como infalible, que constituye un imposible para cada realidad y heterogénea perspectiva de análisis; el sostenimiento de un intercambio de ideas en los cuales se construyan y obtengan aprendizajes-desaprendizajes, lecciones y experiencias mutuas; el no inmiscuirse intrusivamente en los asuntos internos de otras fuerzas revolucionarias que puedan provocar porfías estériles y divisiones nefastas; el deber de indicar al camarada de lucha sobre errores cometidos, las insuficiencias y deficiencias sin extralimitarse (primero de forma personificada y no públicamente) y sobre la base de una crítica realmente constructiva. Porque, cuando una de estas ‘reglas’ elementales se trasgreden, surgen serios problemas en la Unidad dentro de la indispensable diversidad del movimiento revolucionario. Ya que nadie debe enjuiciar al otro, a no ser que este haya perdido su condición de revolucionario, porque una personalidad y organización no puede ser juez ‘divino’ de las ideas y las acciones de las demás.[xi]

Por otra parte, hay que reconocer que la disputa ideológica, científica y política principal, en la sintetizada historia que abordamos, se desplegó dentro de los marxismos existentes, aunque hubo enfrentamientos contra otras escuelas y corrientes, pero especialmente contra el ‘marxismo-leninismo’ de hechura estalinista -aunque anteriormente hubo otros intentos manualísticos- que, con su fatal construcción seudoteórica del diamat y el hismat, no admitió una experiencia teórica y, por supuesto, tampoco práctica que se saliera de los cánones establecidos por el ‘socialismo de Estado soviético’.[xii]

Sin embargo, es necesario prevenir que ninguna de las propuestas esgrimidas, en el caso ruso-soviético y tampoco en el exterior, fueron totalmente cándidas desde el ángulo científico e ideopolítico -aunque algunas pudieron serlo o parecerlo, pues hubo quienes ocultaron otros propósitos improcedentes con el marxismo y el socialismo como se demostró más tarde; tampoco tan puras y diáfanas como para no develar las arduas luchas por el poder, existente en cualquier sistema de dominación, que se reflejaron en las pugnas por hacerse de máximas responsabilidades estatales, gubernamentales y partidistas para imponer los criterios blandidos. Todos se empeñaron, desde el diálogo o la fuerza, en aplicar sus conceptualizaciones teóricas y prácticas en un complejo y complicado escenario de lucha de clases, a lo interno y lo externo de cada país, tomando como referente principal a la Revolución rusa, que era donde se desplegaba el proceso de transición socialista y el lugar en que se desarrolló, con inusitado vigor, los combates endógenos y exógenos contra y por el poder. En ciertos casos, como expresó el trotskista Isaac Deutscher, los ex-dogmáticos y ex-opositores ‘heterodoxos’, dañados en su amor propio, se apocaron y desilusionados se precipitaron de las redes del antiestalinismo hacia al antisovietismo y el antipartidismo y, como correlato no absoluto, al antimarxismo y el anticomunismo más inmoral.[xiii]

Los recios altercados versaron sobre las vías para transitar y fortalecer al socialismo triunfante en un país que tenía fuertes rezagos precapitalistas, principalmente feudales, pero no únicamente, con una masa campesina muy superior a las concentraciones obreras y proletarias (industriales) que se hallaban en las principales ciudades rusas; cuyos dirigentes políticos y obreros mas concientizados, fundamentalmente en las filas del Partido, los Guardias Rojos y en el Ejército Rojo, fueron diezmados durante el desarrollo de la sangrienta Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Guerra Civil (1917-1922),[xiv] a lo que la joven Revolución victoriosa se vio obligada a contraponer al ‘terror blanco’, la violencia revolucionaria del ‘terror rojo’,[xv] más la ‘contingentación’ del ‘comunismo de guerra’ como política económica coyuntural, con el fin de resistir y salvar al país de la calamidad económica-social y su fracaso político. La disminución demográfica ruso-soviética fue notable en el sector obrero, por lo que las masas campesinas fueron ocupando los nuevos cargos administrativos y políticos en la medida que se instruían y educaban en el terreno cultural y político.

Entre tales fracciones existentes en aquellos años, pudimos mapear a la ‘La Oposición Obrera’ u ‘Oposición de los Trabajadores’ (1918-1927), los ‘comunistas de izquierda’, los ‘centralistas democráticos’, el ‘comunismo de consejos’, la ‘oposición o fracción comunista’, luego ‘trotskista’, entre otras, que lidiaron para imponerse en el campo de las ideas contra las concepciones de V. I. Lenin -en menor medida, por su enorme visión estratégica y flexibilidad táctica-, Nicolas Bujarin, Leon Trotski, Grigori Zinóviev, Lev Kámenev, Yevgueni Preobrazhinki, Féliks Dzerzhinski, Anatoli Lunacharski, Yákov M. Sverdlov Alekséi Rykov y Mijail P. Tomsky, entre otros, y, concretamente, contra Iosif Stalin y sus seguidores.

Este último, desde su cargo de secretario general del Partido y, más tarde, como jefe de Estado y gobierno,[xvi] manejó con maquiavelismo a los grupos ‘opositores’, logrando catalizar, cuando no provocar, el emponzoñamiento de unos contra otros, aliándose temporalmente con algunas de sus personalidades principales, para luego romper con las mismas y liquidarlas, con el fin de destruir con la represión cualquier oposición contraria a su ambición de poder personal -en nombre del “leninismo más puro”- y poner en práctica un proyecto carente de vuelo teórico relevante.

Una de las primeras fracciones lo fue ‘La Oposición Obrera,[xvii] u ‘Oposición de los Trabajadores’, entre 1918 y 1927, cuyos portavoces más conocidos fueron Alexandre Schlyápnikov, Alexandra Kollantai y Gabriel Miasnikov, quienes dijeron representar a los proletarios organizados, principalmente, en la industria metalúrgica y pesada, como la vanguardia del proletariado ruso-soviético y en la construcción socialista, un sesgo reduccionista-sectario criticado por Lenin.

Este grupo subrayó, en 1922, en la ‘Carta de los veintidós’ miembros, emitida a los participantes de la Conferencia internacional de la Internacional Comunista,[xviii] en 1919, que ‘la cuestión del Frente Obrero Único estaba gravemente comprometida en el país e incluso en el interior del partido’; asimismo, afirmaron que ‘el elemento pequeño burgués había penetrado en la sociedad y en el seno de la organización política, ya que sólo tenía entre sus miembros al 40 por ciento de obreros’; denunciando ‘la lucha desmoralizante y la represalia contra aquellos que se permiten una opinión personal diferente dentro del partido´; cómo ‘a las fuerzas coaligadas de la burocracia del partido y los sindicatos que paralizaban toda iniciativa de los obreros, ignorando las decisiones aprobadas en los congresos’; ‘las restricciones para elegir a los comunistas en cargos desde la base hasta el Comité Central’; así como criticaron ‘que los métodos de trabajo utilizados conducían al arribismo, el espíritu de intriga y el servilismo’.[xix] Por primera vez, se ventilaba internacionalmente, los asuntos internos del partido comunista de Rusia.

En 1926, Alexandre Schlyápnikov, hace público su artículo “La verdad sobre la Oposición Obrera”, en el que plantea de manera concisa y diferenciada: “(…) Nuestra lucha ideológica de 1920-1922 se distingue de la de hoy por lo profundo del contenido y de la enseñanza. Las lecciones de esa época no han sido vanas. 1926 no es 1921 y estamos profundamente convencidos de que, sobre los desacuerdos de hoy, estaríamos al lado de Lenin contra los dirigentes actuales, como estuvimos con él en los primeros días de la Revolución de febrero contra esos mismos dirigentes (…).”[xx] Así como que, “(…) Paralelamente, historiadores ignorantes y politicastros interesados en la lucha de la fracción intentan desacreditarnos refiriéndose a la lucha ideológica que tuvo lugar entre Lenin y nosotros, no comprendiendo ni sus motivos auténticos ni su significación política. Diremos al Partido a su tiempo lo que ha sido esta lucha. Sin embargo, luchando con nosotros, Lenin prestaba la mayor atención a nuestras alarmas en cuanto a la suerte de nuestra Revolución (…) Los dirigentes actuales (…) han perdido desde hace mucho tiempo todo verdadero sentimiento de alarma en cuanto a la suerte de nuestra Revolución”.[xxi]

Inmediatamente, rechazó un artículo publicado en el diario Pravda, del 10 de julio (1927), titulado “El peligro de la derecha en nuestro Partido”, en el cual se analiza una carta de Medvediev, (no poseemos datos sobre este comunista ruso) de carácter personal, que este había dirigido a un proletario comunista de Bakú, entre 1923-1924,[xxii] la cual tomaba inesperada relevancia dos años después, para el Partido, en especial, para la Comisión Central de Control y el Buro Político. Sin haberse hecho pública la carta de Medvediev, se protestó contra el juicio injusto a la fantasmagórica ‘Oposición de Bakú’ y se agradecía al órgano del CC del partido, que se diera a conocer la misiva, aunque se temía a posibles falsificaciones y omisiones intencionadas en el documento.[xxiii]

La cuestión era de fondo, pues Medvediev, tal como Schlyápnikov, criticaban la política económica del Partido; la suerte de la gran industria; la política de concesiones de las minas; y, en el plano internacional, contra la política del poder con relación de la Internacional Sindical Roja (ISR),[xxiv] declarándola, sin tapujos, una ‘política liquidadora’, por la presencia pequeño burguesa en la construcción del ‘Frente Único Obrero’. Asimismo, se contraponía a la supuesta ‘renovación de los soviets’ porque, en realidad, estaba realizándose en detrimento de los obreros y los campesinos pobres, por un crecimiento de los electores de los sectores de medianos y pequeños burgueses explotadores, en el campo y la ciudad. En especial, se menciona que los salarios reales de los obreros de las principales industrias eran muy inferiores a los de antes de la guerra.

‘La amenaza [concluye Schlyápnikov] proviene de las falsas acusaciones contra una inexistente y peligrosa fracción ‘medvedieva-schliapnikovista’, que práctica ‘la democracia política’ en contra de la línea del CC del Partido’, órgano al que acusa de estar plagado de funcionarios burócratas que prohíben toda iniciativa de crítica comunista y se pronuncia contra el aplastamiento de todo pensamiento comunista independiente de los funcionarios. Finalmente, declara que debe cesar la soplonería, la persecución de la izquierda, la difamación y la amenaza que desorganiza y desune las filas del partido y los proletarios.[xxv]

Por su parte, y anteriormente, Alexandra Kollantai, al publicar el folleto titulado ‘La Oposición obrera’,[xxvi] en 1920-1921, radicalizó las posiciones de esta corriente de izquierda ante las posiciones, primordialmente, de Leon Trotski, de quien fue una ardiente rival, I. Stalin, Grigori Zinóviev y Lev Kámenev -aunque sin dejar de criticar algunas posiciones de Vladimir I. Lenin-, al afirmar, parafraseándola, que ‘la construcción de la economía socialista sólo puede ser obra de la clase ligada orgánicamente a las formas de producción nuevas, que nacen en las angustias del parto de otro sistema económico, recalcando que el motor de la socialización debe ser las comunidades de producción de los trabajadores’.

Es necesario plantear que las tesis planteadas por la Kollantai, estuvieron contextualizadas sociohistóricamente a la realidad rusa-soviética, por eso advierte que, “(…) Si consideramos atentamente el origen de nuestros disensos internos, nos convenceremos de que la crisis actual del Partido Comunista se origina en tres causas fundamentales. La primera y principal es la difícil situación en que debe trabajar y actuar el Partido. El Partido Comunista debe edificar el comunismo y poner en práctica su programa dentro del siguiente estado de cosas: 1. Completa desorganización y ruina de la economía nacional; 2. Ataques incesantes de las potencias imperialistas y de la contrarrevolución rusa durante los tres años de revolución; 3. Un país económicamente atrasado en donde la clase obrera debe encarnar sola al comunismo y construir las nuevas normas de la economía comunista, mientras la población campesina domina; un país en el que no existen todavía las condiciones económicas necesarias para la colectivización y la centralización de la producción y en el que el capitalismo no tuvo tiempo de completar su desarrollo (desde la concurrencia ilimitada que es la etapa primitiva del capitalismo, hasta la regularización de la producción que es su forma suprema, pasando por los sindicatos y trusts patronales)”.[xxvii]

Respondiendo, de manera fulminante, a la pregunta de ‘burocracia o iniciativa de las masas?’, con una caracterización correcta de la primera: negación directa de la iniciativa y la actividad autónoma de las masas, de la cual no se podían buscar los lados buenos y malos, sino se debe condenar resuelta y abiertamente, porque es inutilizable para una economía socialista. Y añadió, que ‘la burocracia es una peste’ que penetra hasta médula al Partido y las instituciones soviéticas,[xxviii] combinando el temor a la crítica y a la libertad de pensamiento, y ese mal reside sobre todo en la manera como se resuelven los problemas, no por un intercambio abierto de opiniones, o por los esfuerzos de todos los que están concernidos, sino por decisiones formales tomadas en las instituciones centrales por una persona o un número muy pequeño de personas y transmitidas, ya acabadas, hacia abajo, mientras las personas directamente interesadas son con frecuencia completamente excluidas.

Además, solicitó la más amplia circulación de la información, la publicidad de los debates, la libertad de opinión y discusión, el derecho a la crítica en el interior del partido y entre todos los miembros de los sindicatos,[xxix] y la expulsión del Partido de todos los que tienen miedo de la difusión de la información, de la responsabilidad absoluta ante la base y los que se contraponen a la libertad de crítica.

En el mejor espíritu autocrítico del marxismo fundacional expuso que, ‘si todavía quedaba camaradería en el Partido, este sólo existía en la base, porque la desaparición de éstas virtudes en la dirección [ya se conocían las disimiles y exacerbadas pugnas en los aparatos directivos superiores] han propiciado el abandono del sistema de elección del Partido, por lo que los nombramientos no deben ser tolerados más que a título de excepción y no pueden convertirse en la regla, ya que el nombramiento de los responsables constituye una característica de la burocracia, lo que es una práctica general, legal, cotidiana y reconocida, y que tal principio del nombramiento desde arriba disminuye el sentido del deber y la responsabilidad ante las masas, porque los nombrados son pagados por las instancias del partido y el gobierno, y no son responsables ante las masas, lo que agrava la división entre los dirigentes y los militantes de base’, porque “(…) Si las "masas" se alejan de la "cumbre", si se abre una brecha, una fisura, entre los centros dirigentes y las capas inferiores, es signo de que en la cumbre no todo va bien, sobre todo si las masas no permanecen silenciosas sino que reflexionan, actúan, se defienden y hacen triunfar sus ideas”.[xxx]

Como se puede apreciar, los puntos de vistas de la Kollantai, a nombre de ‘La Oposición Obrera’, aunque no compartidos totalmente por los otros miembros, estaban dirigidos a precisar que la dictadura del proletariado constituía en esencia, el poder ejercido realmente por toda la clase trabajadora -existió cierto desdén por los campesinos a los que le impugnaron una ideología pequeño burguesa- y no sólo por el Partido; propugnando que los consejos obreros (soviets) eran los elementos colectivos indispensables al poder revolucionario y no las ‘reducidas’ asambleas obreras, defendiendo la igualdad completa en el partido,[xxxi] la denuncia de la dominación de los burócratas privilegiados sobre los militantes de base, contra el arribismo oportunista y, además, asumiendo una posición ‘cerrada y única’ acerca del rol que debería desempeñar los sindicatos industriales (industria pesada) -para ‘La Oposición Obrera’ el resto de los sindicatos estaban impregnados de ideología pequeño burguesa y del burocratismo estatal-partidista-, que deberían seguir siendo independientes del Estado soviético, sin definirse acerca del papel decisivo del Partido en ellos. Esta últimas, otras de sus debilidades unilaterales, junto al menosprecio de los campesinos y las políticas de alianzas y compromisos leninistas.

Por otra parte, los ‘comunistas de izquierda’ que se reorganizaron en los años de 1921-1929 -otros autores afirman que nacen en 1917-, comulgaron y tuvieron afinidad con los ‘Demócratas Centralistas’ o los ‘Centralistas democráticos’ (‘decistas’, 1919-1921, con su poca conocida ‘Declaración de los quince’), y patrocinaron las ideas de la gestión colectiva de las empresas, defendiendo el principio colectivo y colegial en la dirección para evitar ‘la división en compartimientos y la asfixia burocrática del aparato del Estado’, proponiendo que dos tercios de los representantes en el consejo de la administración de las empresas industriales debían ser elegidos entre los obreros, moción que fue reducida, luego de una álgida discusión con Lenin, por un tercio; así como la denuncia a la extrema centralización, los métodos autoritarios y el autoritarismo jerárquico del Comité Central, que llamaron ‘centralismo burocrático y autoritario’, condenando simultáneamente la organización tecnócrata del trabajo, la burocratización del partido, la creciente concentración del poder en manos de una pequeña minoría y rechazando las posibles represiones contra los camaradas que tengan ideas diferentes.

A su vez, el ‘comunismo de consejos’ o ‘comunismo consejista´’, rompió lanzas contra la línea socialdemócrata y, posteriormente, con el trotskismo, y su lucha se dirigió, además, contra las corrientes de centro, reformistas y parlamentaristas. Creían en la autonomía proletaria y la auto-organización de la clase obrera más que en la dirección del partido político de vanguardia y el estatismo. La autonomía proletaria, la concebían en la acción y organización de la clase obrera consciente de su papel histórico y coherente con su autoemancipación, a través, de los soviets, consejos obreros, organizaciones de fábricas y asambleas de obreros, donde los trabajadores de cada unidad de producción o barrio podían elegir, para instancias superiores de coordinación, a representantes de sus filas o representantes conocidos de la clase obrera, los cuales eran delegados revocables en cualquier momento. El papel de los comunistas, según ellos, no consistía en fundar un partido político para dirigir a la clase obrera, tampoco adoctrinarla y ganar a estas con un programa especial, sino poner su experiencia de lucha, su acervo teórico al servicio del desarrollo autónomo del movimiento proletario, exponer su actividad de debate, clarificación y propaganda, contribuyendo a los obreros en una dirección comunista. Con ello, los ‘comunistas de izquierda’ o ‘consejistas comunistas’, rompían definitivamente con el papel integral a desempeñar por el Partido de nuevo tipo (toda una herencia de la corriente ácrata), no por exceso sino por defecto; así como subestimaron el papel de los parlamentos en la lucha socioclasista.

Los ‘Centralistas democráticos’, que resurgieron luego de los debates con V. I. Lenin en 1918, emitieron sus criterios acerca de la disciplina ‘no militarizada’ en el trabajo, la no gestión de un solo hombre y aprobando la necesidad de utilizar especialistas burgueses en las empresas, lo que reconocieron necesario, pero sin ‘otorgarles poder’, asumiendo posiciones de ‘una administración obrera no sólo desde arriba, sino también desde abajo’, desaprobando los enfoques de Leon Trotski, favorable ‘a la militarización del proletariado’ y ‘el mando de uno solo en la industria’, planteamientos discutidos en el Tercer Congreso de los Consejos Económicos, en 1920 y, en el IX congreso del Partido, celebrado en ese mismo año.[xxxii]

A pesar, de la resolución acerca de la unidad, aprobada en el X Congreso del partido en 1921, que ordenó ‘la disolución de todos los grupos, sin excepciones, que se habían formado en torno a una plataforma cualquiera’, y que ‘la no ejecución de esta decisión conllevaría a la expulsión inmediata e incondicional de las filas del Partido’, éstas oposiciones continuaron actuando, abierta y encubiertamente, en especial, en vida de V. I. Lenin, quien fue muy proclive, antes de caer letalmente enfermo, de escuchar y dialogar con todos y asumir, críticamente, las posiciones racionales de los demás, dialécticamente, con las suyas propias, siempre que las razones esgrimidas no fueran en contra de los principios admitidos como válidos, para marchar hacia el socialismo y no quebrar la indispensable unidad interna.

Otros grupos de oposición se fueron conformando bajo nombres, documentos, tesis y cartas emitidas, como fue lo sucedido en la Conferencia regional del Partido reunido en Moscú (1921) en que ‘La Oposición Obrera’, ‘los ‘Demócratas centralistas’ y el ‘Grupo de Ignatov’,[xxxiii] quienes alcanzaron 124 escaños, frente a los 154 obtenidos por los partidarios del Comité Central, reclamaron por los derechos de ‘la ampliación de la libertad de discusión dentro del partido’; de igual forma, ‘la Carta de los Diez’ de 1921;[xxxiv] el ‘Manifiesto del Grupo Obrero’ y la creación del ‘Grupo obrero del partido comunista’, en 1923.

En el mismo año 1923, Leon Trotski envía dos cartas al Comité Central, requiriendo en la primera, 'un giro en la vida interior del partido’ (8 de octubre) y, otra que denominó, el ‘Nuevo curso’; y, finalmente, se produce la “Declaración de los cuarenta y seis ‘viejos bolcheviques” al Politburó del CC del PCR, el 15 de octubre.[xxxv]

Sin embargo, la ‘oposición comunista’, luego llamada ‘trotskista’, merece un punto aparte que abordaremos en otro trabajo posterior, porque su conformación supuestamente no data totalmente de la época de Lenin, aunque existieran desde entonces puntos de vistas divergentes entre ambos dirigentes y sus seguidores, sino de la confrontación con I. Stalin, y la excesiva significación que éste le otorgó como corriente “opuesta” de forma total al leninismo, con el fin de liquidarla del panorama teórico y político soviético.

Porque, por ejemplo, la absolutización por parte del grupo estalinista de construir voluntaristamente ‘el socialismo en un solo país’, idea que Lenin enarbolaba como ‘defensa’ de la posibilidad de construcción del socialismo en Rusia, estuvo profundamente unida a la de la Revolución Mundial, por lo menos europea, que poseía, sin exclusiones, otros componentes tácticos-estratégicos económicos e ideopolíticos, a lo interno y lo externo, así como con la necesidad del apoyo solidario e internacionalista hacia la Rusia soviética del movimiento obrero, comunista y de liberación nacional, y viceversa; y la tesis, a `contracorriente´, de León Trotsky (este había escrito en 1906, sobre el `desarrollo desigual y combinado y de la Revolución Permanente´), acerca de la “revolución permanente”,[xxxvi] que imponía no sólo la factibilidad del triunfo del socialismo en varios países, vía apoyo directo de la Rusia Soviética, como condición sine qua non para que el socialismo rusos-soviético triunfara y se fortaleciera definitivamente, sino el tránsito ininterrumpido, sin etapismos, hacia el socialismo.

Se puede resumir, que las dos tesis nunca debieron contraponerse dicotómica, menos antagónicamente, tampoco imponerse como verdades unilaterales, y si encontrar un espacio intermedio de diálogo mesurado, científico y político, tal como se logró con las fuertes y agudas discusiones y disputas cuando V. I. Lenin estuvo a la cabeza de la dirección del partido bolchevique, también del Comisariado del Pueblo, y L. Trotsky como miembro de la dirección política construyendo y dirigiendo el Ejército Rojo, y, además, en la `oposición comunista´, ya que ambas elaboraciones tenían su razón de ser solo en su dialéctica racional-lógica y en su comprendida complementariedad, determinadas por una inédita Revolución proletaria y socialista triunfante, con una repercusión de enorme envergadura para los destinos de ese país, la Europa en posibilidades de estallar social y revolucionariamente, más la ebullición sociopolítica en el Oriente, y en otras partes del orbe, etc.

Por su parte, en la mencionada ‘Declaración de los 46’ de 1923, se sostenía que, “(…) La extrema gravedad de la situación nos obliga (en interés de nuestro partido y de la clase obrera) a deciros abiertamente que la prosecución de la política de la mayoría del Politburó amenaza al conjunto del partido con una gran desgracia. La crisis económica y financiera comenzada a finales de julio de este año, con todas las consecuencias políticas que se derivan de ella, incluso en el partido, ha revelado despiadadamente la inadecuación de la dirección del partido tanto en el dominio económico como en el dominio de las relaciones dentro del partido (…) El azar y la falta de reflexión son sistemáticos en las decisiones del C. C., que no ha acabado de tantear en economía; esto ha llevado a una situación en que, tras conseguir grandes éxitos, sin duda en el dominio de la industria, la agricultura, las finanzas y los transportes -estos éxitos se han conseguido en la economía de la nación espontáneamente, no gracias, sino a pesar de la insuficiencia de liderazgo o, para ser más preciso, de la ausencia de liderazgo- nos vemos confrontados no sólo a la perspectiva de la detención de estos éxitos, sino también a una grave crisis de la economía en su conjunto.”[xxxvii]

Y continuaba, “(…) De la misma manera, vemos en el dominio de las relaciones internas del partido la misma dirección incorrecta que paraliza y desmoraliza al partido, de lo que se resiente especial y claramente en la crisis que atravesamos. Nosotros no explicamos esto por la incapacidad política de los líderes actuales del partido; muy al contrario, poco importan nuestras divergencias con ellos en la evaluación de la situación y en la elección de los métodos para hacerla cambiar; nosotros pensamos que los dirigentes de hoy, cualesquiera que sean las condiciones, no podrían ayudar a ello porque ellos están pagados por el partido para funciones de la dictadura de los trabajadores. Nosotros lo explicamos más bien porque, bajo el pretexto oficial de la unidad, en realidad tenemos una selección unilateral del personal que se adapta a los puntos de vista y a las simpatías de un círculo estrecho en una dirección unilateral de la actividad. Como consecuencia, al estar deformada la dirección por tales consideraciones estrechas, el partido ha dejado de ser en gran medida una colectividad independiente, sensible a los cambios y a las realidades de la vida precisamente porque está conectado por miles de hilos a esta realidad. En lugar de esto, continuamos observando la progresión, apenas encubierta, de la división en el partido entre una jerarquía de secretarios y de funcionarios profesionales, reclutados por arriba, y las masas que no participan en su vida social común. (…) La situación que se ha desarrollado se explica por el hecho de que el régimen de la dictadura de una fracción en el seno del partido, nacido después del Xº Congreso, ha sobrevivido a sí mismo. Muchos de nosotros escogimos conscientemente no resistir a tal régimen. El cambio completo de 1921, tras la enfermedad de Lenin, ha exigido, por tanto como algunos de nosotros hemos sido concernidos, una dictadura en el partido como medida provisional. Otros camaradas reaccionaron desde el principio con escepticismo o se opusieron a ello. En todo caso, en el XIIº Congreso del Partido este régimen se quedó obsoleto. Comenzó a mostrar el reverso de la medalla (…)”

Añadiendo, “(…) Las obligaciones internas han comenzado a debilitarse. Oposiciones extremas y abiertamente malsanas, las tendencias en el partido han comenzado a tomar un carácter anti-partido, porque no había en él ninguna relación interna ni ninguna discusión amistosa a propósito de las cuestiones más agudas. Y una tal discusión habría podido permitir desvelar, sin ninguna dificultad, el carácter malsano de estas tendencias, tanto a las masas del partido como a la mayoría de los participantes. En consecuencia, hemos visto la formación de grupos ilegales, que arrastran miembros del partido fuera, y somos testigos de que el partido pierde el contacto con las masas obreras. Si la situación que se ha desarrollado no cambia radicalmente en un futuro muy próximo, la crisis económica en la Rusia soviética y la crisis de la dictadura de la fracción en el partido propinarán golpes muy duros a la dictadura de los obreros en Rusia y a su Partido comunista. Con una tal carga sobre los hombros, la dictadura del proletariado en Rusia, y su dirigente, el PCR [Partido Comunista de Rusia], no podrán hacer frente a la inminencia de nuevos conflictos internacionales más que con la perspectiva de fracasos en todos los frentes de la lucha del proletariado. Por supuesto, a primera vista sería más fácil resolver la cuestión en el sentido siguiente: Teniendo en cuenta la situación, no es posible y no puede haber lugar hoy para suscitar las cuestiones de la evolución del curso del partido y de la puesta en el orden del día de nuevas tareas complejas, etc. (...) Ahora bien, está totalmente claro que semejante punto de vista desembocaría en cerrar oficialmente los ojos sobre la situación real, puesto que todo el peligro está en el hecho de que no hay ninguna unidad ideológica o práctica verdadera frente a la situación extremadamente compleja en el interior y en el extranjero. En el partido, cuanto más secreta y silenciosamente es llevada la lucha, más feroz se hace. Si planteamos esta cuestión antes del Comité Central [Sic.], es precisamente para encontrar la más rápida y la más indolora de las soluciones a las contradicciones que desgarran al partido y colocarlo rápidamente otra vez sobre bases sanas. Necesitamos una verdadera unidad en las discusiones y las acciones. Las pruebas que amenazan exigen una actividad unánime, fraternal, absolutamente consciente, extremadamente enérgica y extremadamente unida de todos los miembros de nuestro partido. El régimen de fraccionamiento debe ser eliminado, y esto debe ser hecho en primer lugar por los que lo han creado; debe ser reemplazado por un régimen de camaradería, de unidad y de democracia interna.”[xxxviii]

La cita, aunque extensa, es necesaria porque muestra las interrogantes, los cuestionamientos y las posibles soluciones que algunos viejos bolcheviques estaban en su derecho de exigir, ante la presencia de I. Stalin y otros dirigentes, por su larga participación en la lucha revolucionaria.

La posición asumida puede considerarse dura y osada, también divisionista pero, al mismo tiempo, juzgarse de valiente y honesta, porque estos cuarenta y seis viejos bolcheviques deseaban restaurar la democracia en el Partido y no fuera de él, recuperar el papel de los soviets, como real poder obrero y popular, e igualmente protestaron contra el creciente poder de la burocracia, el sistema de nombramiento de todos los cargos desde un verticalismo de ordeno y mando, la reducción de las discusiones internas al Partido y las elecciones en los soviets y el partido, reveladas rutinarias y formales. Y eso ya Lenin lo tenía presente desde 1921-1922.

Continuará…



Notas y referencias bibliográficas.

[i] http://www.zedmariel.com/;José Luis Rodríguez (2015) Valoraciones externas sobre la inversión extranjera en Cuba, Cubadebate, (digital), 5 de noviembre.

[ii] Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, (2011) VI Congreso del PCC, Editora Política, La Habana, Abril.; Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba (2012), Ídem.

[iii] El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), fue fundado en 1898, en el Primer Congreso celebrado en Minsk, Bielorrusia, a partir de varios círculos socialdemócratas y grupos marxistas. Más tarde, en 1903, la facción bolchevique -que significa la mayoría- al frente de la cual se encontraba Vladimir Ilich Lenin y un grupo de marxistas-comunistas, se separa del grupo menchevique (minoría), constituyendo, en enero de 1912, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique), organización que dirige la insurrección y la victoriosa Revolución Socialista en Rusia contra el zarismo, el 25 de octubre de 1917 (calendario Juliano; el 7 de noviembre (calendario Gregoriano). En marzo de 1918, el partido fue denominado Partido Comunista de Rusia (bolchevique), en correspondencia con la denominación del país, la Rusia Soviética. Más adelante, en 1925, con la URSS o la Unión Soviética ya constituida, en 1922, se convirtió en el Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique). Finalmente, en 1952, asume el nombre de Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

[iv] Al escribir de los marxismos y marxistas en plural, conteniendo per se al leninismo(s), que abarcan no sólo a los clásicos, sino a sus coterráneos y continuadores, asumimos un marco epistemológico fundamental para explicar la profunda dialéctica de la teoría-práctica del marxismo revolucionario fundacional, evitando reduccionismos que aún subsisten cuando se etiqueta al marxismo como una filosofía cerrada, sin la existencia de sus desarrollos independientes y las disimiles vías para arribar al socialismo, según las condiciones sociohistóricas concretas. Igualmente, se confronta el llamado a la “libertad de crítica”, que limitará fronteras, tenues pero esenciales, entre el liberalismo burgués y las concepciones de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin.

[v] La raíz del concepto autogestionario o la autogestión (aunque no se haya usado este término en el siglo XIX y parte importante del XX) no es sólo de contenido propiamente marxista(s), sino que proviene, además, de algunas vertientes del socialismo utópico, del anarquismo, el anarcosindicalismo -“productores libres asociados”, la ‘asociación de productores libres… e iguales’, ‘libre asociación de los productores’, o, como Carlos Marx le denominaba, frecuentemente, la ‘comunidad de los individuos libremente asociados’-, por lo que ha sido reapropiada y defendida por estas escuelas y corrientes, también los trotskistas, la ultraizquierda y hasta algunos sectores de la derecha, que lo han revertido, matizado y radicalizado en sus esencias liberadoras, introduciéndole el rechazo al Estado y todo tipo de autoridad, incluyendo la del partido político y, sobredimensionando en la sociedad civil el caos, la espontaneísmo y la indeterminación de normas y regularidades, objetivas y subjetivas. Por otra parte, hemos podido determinar que la articulación histórica, teórica y político-práctica entre marxismo, socialismo y ‘autogestión’ resultó ser más compleja y dudosa de lo que se suponía, porque el término autogestión, acuñado a mediados de la pasada centuria en el contexto del desarrollo autogestionario de la nombrada, en 1963, República Federativa Socialista de Yugoslavia (comenzado desde 1949-1950, introducido en su Constitución en 1951, hasta mediados de la década del 70, cuando esta experiencia fracasa, aunque prosigue de forma hibrida con otras políticas estatales hasta 1990), y extendido en la siguiente década con la revuelta del ‘Mayo francés’ en 1968, el ‘Tlatelolco mexicano’ y otras protestas sociales en las principales capitales de casi todas las latitudes geográficas, estuvo marcada por estallidos anti-autoritarios capitalistas y contra el sistema socialista-estalinista prosoviético, por ejemplo, la ‘Primavera de Praga’ en Checoslovaquia, en 1968, aunque hubo conatos sociales y políticos, con otras connotaciones, en la década del 50 en la Alemania socialista, Polonia y en la propia Checoslovaquia, por lo que fue perdiendo la significación primaria como modo de subversión del orden capitalista y matriz de reorganización de la nueva sociedad bajo la iniciativa y el control de los trabajadores.

[vi] Jorge Luis Acanda afirma que Antonio Gramsci “(…) ofrece una reflexión sobre el carácter complejo de cualquier cultura nacional. Interpretó la cultura desde la atalaya conceptual que brinda la teoría de la hegemonía de la cultura como compleja interrelación de dominación y liberación. Como sistema complejo y contradictorio, en el que la cultura de la clase dominante intenta manipular las producciones de la cultura popular. Y la necesidad de lo que llamaba la “labor filosófica” para expurgar a esa cultura popular, criticarla y elevarla a un nivel superior.” Jorge Luis Acanda (2007) Traducir a Gramsci, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, p. 14.

[vii] Gilberto Valdés Gutiérrez (2013) Algunos referentes para soñar y pensar a Cuba, revista temas, 25 abril, http://www.temas.cult.cu/catalejo/economia/Gilberto_Valdes.pdf.

[viii] Jorge Luis Acanda (2002) Sociedad civil y hegemonía, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, p. 49.

[ix] Antonio Gramsci (1973) Antología, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana; Cuadernos de la cárcel, 1999), editorial Era, México, T. 1; El Materialismo Histórico y la filosofía de Benedetto Croce (1966), Edición Revolucionaria, La Habana; Los intelectuales y la organización de la cultura (1960), Lautaro editorial, Buenos Aires; Norberto Bobbio (1977) Gramsci y la concepción de la sociedad civil, Avante editorial, Barcelona; J. C. Portantiero (1987) Los usos de Gramsci, Plaza y Valdés editorial, México; Norberto Bobbio (1972) Gramsci y la concepción de la sociedad civil, en Gramsci y las ciencias sociales, Cuadernos de pasado y presente, No. 19, Córdoba.

[x] Se insiste en el rumbo hacia el comunismo como meta final, porque como expresó Ernesto Che Guevara, la estrategia tenía que ser diáfana: “(…) debemos salir hacia el comunismo desde el primer día, aunque gastemos toda nuestra vida tratando de construir el socialismo”. Néstor Kohan (2000) De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, p. 94.

[xi] Orlando Cruz Capote (2008) Los principios éticos de una polémica desde la izquierda, http://elblogdelapolillacubana.wordpress.com, 16 de julio; La vigencia del sindicalismo revolucionario y los nuevos movimientos sociales y políticos (2009), en Lombardo, la CTAL y los problemas de la clase trabajadora y los pueblos, Editora Manuela Toledano, Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, México D.F., pp. 19-28.

[xii] Debe leerse, críticamente, la obra de Leszek Kolakowski, donde se desvirtúa al marxismo por su carácter abiertamente anticomunista y antisoviético, pero poseedora de una información profusa. Leszek Kolakowski (1983) Las principales corrientes del marxismo. III La crisis, (en tres tomos), Alianza Editorial (Universidad), S. A., Madrid; Roy A. Medvédev (1989) Let History Judge: The Origins and Consequences of Stalinism, Columbia University Press, Nueva York; Carlos Antonio Aguirre Rojas (1999) Itinerarios de la historiografía del siglo XX. De los diferentes marxismos a los varios Annales, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana; Ludovico Silva (2011) Teoría del socialismo, Fundación para la Cultura y las Artes (Fundarte), Caracas; Orlando Cruz Capote (2015) El desarrollo del pensamiento marxista y su lugar en la atmosfera intelectual cultural en Cuba en las décadas del 40 y 50. Razones epistemológicas y políticas, Investigación del Instituto de Filosofía, febrero. Inédito.

[xiii] Isaac Deutscher (1970) Herejes y Renegados, Editorial Ariel, Barcelona, 1970; La conciencia de los ex-comunistas, El Dios que cayó (1970), The Reporter, New York, April.

[xiv] Con la Paz de Brest-Litovsk, los rusos-soviéticos sufrieron sacrificios económicos y territoriales. Alemania ocupó Polonia, Ucrania, Finlandia, los países bálticos y parte de Bielorrusia. Además, tuvo cerca de 12 millones de muertos, de ellos 10 millones civiles. V. I. Lenin (1985) El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional, O. C., T. 25, Ob. Cit. pp. 121-134; Colectivo de autores soviéticos (1958) Historia de la URSS, Editorial Grijalbo, S. A., México, D.F., 1958; Eric Hobsbawm (2003) Historia del Siglo XX, en dos tomos, Editorial Félix Varela, La Habana; Nichlas V. Riasanovsky y Mark D. Steinberg (2005) A History of Russia, 7th Edition, Oxford University Press; Stone Norman (2008) Breve historia de la I Guerra Mundial, Editorial Ariel, Madrid; David Stevenson (2013) 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial, Círculo de Lectores/Penguin Random House.

[xv] El ‘terror rojo’ fue anunciado, oficialmente, el 2 de septiembre de 1918, por Yákov Sverdlov -claramente por indicaciones de V. I. Lenin- y terminó, supuestamente, en octubre del mismo año, pero perduró durante el transcurso de la Guerra Civil hasta la derrota de la contrarrevolución e intervención extranjera en 1922-1925. Se ejerció por la policía (Cheká), los Guardias Rojos, luego el Ejército Rojo, la Agencia de Inteligencia Militar bolchevique (GRU) y hasta por las masas de trabajadores contra la ‘hidra’ de la contrarrevolución: el ‘terror blanco’, el cual perpetró atentados, sabotajes y asesinatos contra los dirigentes, la economía y pueblo en general. Impuesto para ayudar la ‘construcción del orden revolucionario’ y la destrucción de la contrarrevolución, el ‘terror rojo’ se aplicó, en algunos casos, sin un proceso judicial apropiado. La coerción se hizo de manera (des)-controlada, hasta anti-ética, como sucedió con la ejecución del Zar y su familia, el empleo de la tortura, considerando a millones de personas como “enemigas” del poder soviético, traduciéndose en el encarcelamiento o fusilamiento de una parte de los adversarios, entre ellos algunos inconformes y huelguistas que se rebelaron frente a la gravedad de la hambruna y pobreza extrema. El ‘terror rojo’ fue tergiversado por el enemigo de clase, endógeno y exógeno, por la historiografía. Colectivo de autores soviéticos (1958) Historia de la URSS, Ídem.; Sergei Melgunov (1975) The Red Terror in Russia, Hyperion Press, ISBN 0-88355-187-X; Roy A. Medvédev Let History, Ídem; Eric Hobsbawm Historia del Siglo XX, Ídem.; Nichlas V. Riasanovsky y Mark D. Steinberg A History of Russia…, Ídem.

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