Revista Cubana de Filosofía. Edición Digital
No. 29. Noviembre - Junio 2017. ISSN: 1817-0137


 
 

Artículos

Título: Un enfoque crítico diferente acerca de las polémicas de los marxismos y los marxistas en la Rusia Soviética entre 1917-1930. Una historia poco conocida. [2da parte]
Autor(es): Orlando Cruz Capote
Fecha de publicación: 01 de Noviembre de 2016

 [2da parte].

II.- Las disputas en el terreno científico, religioso y económico.

De igual manera, las ideas sectarias - dogmáticas, y sus contrarias, estuvieron presentes en las discusiones acaecidas y relativamente permitidas en Rusia Soviética y la URSS, hasta los años 30, de un número importante de publicaciones periódicas, de libros, folletos y artículos científicos variados, privados y públicos, como las que realizó la Academia de Ciencias con bastante autonomía hasta un instante de la década del 20, bajo el control o no del partido, así como la prolifera actividad de intelectuales, científicos y en todas las esferas de la cultura y el arte.

Un Arte, con mayúscula, que fue ciertamente de vanguardia -‘avant-garde ruso soviético’- en muchos frentes, como en el cine, la arquitectura, la escultura, la lingüística, la poesía, la literatura, la música, la plástica, el cartel, el ballet, el circo, etc., con la presencia de las escuelas y corrientes del neo-primitivismo, el constructivismo, el formalismo, el dadaísmo, el futurismo, y hasta con un realismo socialista, sin valorarlo omnímodo. Asimismo sucedió con los estudios e investigaciones en la filosofía, la economía, la historia, la sociología, otras ciencias sociales y humanísticas que tuvieron su espacio, pero que fueron convertidos en un campo de batalla ideopolítico entre supuestos contrarios irresolubles bajo el estalinismo.

Sin embargo, la libertad individual y colectiva siempre restringida en mayor o menor grado, no se propició de igual manera con las iglesias y el pensamiento religioso, principalmente con la jerarquía y los creyentes de la Iglesia Ortodoxa rusa, los cuales fueron hostigados, regularmente, desde 1925.

Siendo notable´, en su sentido antilógico metafórico, el ‘juicio contra Dios por sus crímenes contra la humanidad’, ubicando a la Biblia en el banquillo de los acusados y fusilarla irónica y sórdidamente por ser culpable.

Persecución antirreligiosa que cesó durante el desarrollo de la ‘Gran Guerra Patria’, consecuencia de la fuerte posición patriótica nacionalista de los ortodoxos rusos principalmente, y de las demás religiones. La animadversión hacia las creencias religiosas se debió, en primer lugar, porque las élites eclesiásticas se pusieron al lado de la contrarrevolución, ante lo cual el partido comunista y el Estado soviético no hicieron distinción entre una jerarquía opositora y los creyentes de las bases y, en segundo lugar, porque se concibió un socialismo comunista consecuente con un materialismo vulgar e irracional -con el simplista extremismo filosófico ‘que la materia existe primero que la conciencia’ transportado fatalmente a la ideología y la política estatal, partidista, pública y privada cotidiana- por lo que se estableció oficialmente un ‘ateísmo científico’ antinatural en un Estado multinacional en que se profesaban casi todas las principales religiones del mundo,[2] y otras muy específicas, entre los múltiples pueblos (se calculan cerca de 45 nacionalidades, más las etnias o minorías) que convivieron en su vasto territorio.

En el terreno de las ciencias sociales, en general, podemos mencionar los vivaces diálogos entre los intelectuales, profesionales y economistas, como Evgueni Varga,[3] Stanislav Strumilin, Gleb Krzhizhanovsky, Gregor Sokólnikov, Vladimir Bazarov y Víktor Novozhilov, incluido N. D. Kondrariev; los historiadores A. S. Bubnov, V. I. Nevsky, N. N. Popov, E. Yaroslavski, D. B. Ryazanov y Mikhail N. Pokrovski (este durante algunos años, fue comisario diputado de Educación con Anatoli Vasílievich Lunacharsky, y primer director del Instituto de Profesores Rojos);[4] el experto en teoría legal y constitucional, Yevgeny B. Pashukanis (académico eminente) y Petr I. Stuchka.

Además, hubo un debate filosófico interesante y amplio entre Nicolas Bujarin,[5] quien en 1921 publicó su libro ‘La Teoría del Materialismo Histórico: un manual popular de sociología marxista’, criticado por Georg Lukács y Antonio Gramsci por su simplicidad mecanicista, que ya, en 1919, había escrito en colaboración con Yevgueni Preobrazhenski, ‘El ABC del comunismo’; Ivan 1. Skvorrsov-Stepanov, Arkady K. Tirniryazev, Lyubov A. Akselrod y Abram Moiseyevich Deborin, G. S. Tymyansky, I. K. Luppol (un filósofo de la estética e historiador de la filosofía), V. F. Asmus; N. A. Katev; I. I. Agol e Y. E. Sten, etc., admitidos como un debate formal entre ‘mecanicistas’ y ‘dialécticos’, cuestionadores de la teoría del reflejo, algunos de los cuales tomaron ideas de la escuela filosófica tradicional y marxista rusa (principalmente Nicolás Chernishevski, Georgi Plejanov, entre otros) y de la europea occidental, como los filósofos Emmanuel Kant, Frederich J. G.. Hegel, Baruch Spinoza y Sigmund Freud, etc.[6]

A partir de los años iniciales de la década del 30, estos debates fueron suspendidos y los científicos fueron obligados a retractarse de asumir fuentes y posiciones que tuvieran relación con la producción de ideas y la cultura Occidental capitalista, de hecho la universal, so pena de ser acusados de ‘mencheviques’, ‘burgueses’ y de estar en contra del falso ‘prolekulturt’ como única alternativa cultural y académica. A pesar de ello, muchos intelectuales ruso-soviéticos continuaron superándose en las esferas de la filosofía, las ciencias sociales, las humanísticas y las otras ciencias, aprendiendo a escribir sus ideas originales y contestatarias ‘entre líneas’, de tal forma que los políticos dogmáticos y sectarios no se percatarán y estuvieran satisfechos con la doble moral académica.

Un lugar especial ocupó las discusiones acerca de la implementación de la Nueva Política Económica (NEP, en ruso) que fueron muy ‘abrasadoras’, pasional y racionalmente, como lo ocurrido con la política económica del ‘comunismo de guerra’ pero, en este caso, más agrias y ácidas si los términos son admisibles en un artículo científico, porque un grupo considerable de políticos y científicos la consideraron una concesión a los burgueses y al capitalismo, y otros nunca la comprendieron en su complejidad dialéctica profunda. Lamentablemente, muchos se deslizaron en un ultraizquierdismo ‘infantil’ muy dañino porque desconocieron la naturaleza dialécticamente contradictoria de los vínculos entre la Economía y la Política, así como el necesario enfoque de la diversa propiedad en el socialismo como sistema integral. Aunque en realidad, la implementación de la Nueva Política Económica era un desafío enorme para un país sitiado como la Unión Soviética Lenin la acometió como un peligro que había que retar para poder avanzar.

La NEP, concepción genuinamente leninista, no sólo fue un proyecto o programa táctico-temporal, mucho menos economista o ‘economicista’ por su carácter corrosivo para el proceso social en marcha, como lo percibieron los coterráneos y lo han apreciado muchos autores actuales erróneamente, ni tampoco se realizó con el único fin de salvar socioeconómica y políticamente al naciente socialismo soviético ante su probable derrota, que ya de por sí era un éxito indudable, sino que constituía, ante el fracaso del movimiento revolucionario europeo y el no surgimiento de otros países socialistas más desarrollados, un ‘acertado’ procedimiento y decisión POLÍTICA, de más o menos largo aliento -única en su contenido-forma en y desde el socialismo-, de reformular o resignificar un ‘capitalismo de Estado’, pero ‘cabalmente’ proletario según Lenin,[7] en las concretas condiciones sociohistóricas ruso-soviética socialistas, como un proyecto estratégico integral en su totalidad, para garantizar el despegue definitivo de Rusia y la URSS para, desde su condición inicial de país atrasado, convertirse en una nación industrialmente desarrollada, y sobre la base de individuos socializados cada vez más plenos y libres.

Esta política económica pretendía asegurar el orden máximo en el cuerpo societario, en medio de riesgos visibles e invisibles, así como una superior organización y estricta disciplina laboral, la elevación de la productividad del trabajo, la minuciosa contabilidad y el control de los procesos productivos con la participación de todo el pueblo, en una economía planificada, en que los Soviets, como poder popular real [estatal-gubernamental], junto al Partido comunista y los Sindicatos desempeñarían un rol clave en la dirección, regulación y control social sobre las relaciones mercantiles (el mercado insustituible, las formas variadas de propiedad, las inversiones foráneas y la vigencia de la ley del valor), y nunca vistas como elementos eclécticos y atemporales al socialismo, sino como componentes coexistentes que no debían descontrolarse y desenfrenarse bajo el tránsito socialista y que debían crear, una extracción y distribución del plus trabajo, de uso social-solidario indispensable para la reproducción ampliada de la sociedad socialista, en su inicial etapa de construcción.

Quizás en ese sentido, pero con otro principio y enfoque, complementaba con la teoría de la ‘acumulación originaria en el socialismo’, expuesta en el libro ‘La Nueva Economía’ (1926) por Yevgueni Preobrazhinki, no así con la obra de Nicolás Bujarín, de 1920, la ‘Teoría Económica del Período de Transición’, en la que apoyaba al ‘comunismo de guerra’.

En su texto, el político y economista Yevgueni Preobrazhinki, explicaba que, mientras la acumulación primitiva capitalista surge y se desarrolla en el seno del feudalismo, la acumulación primitiva socialista empieza su historia con la conquista del poder por parte del proletariado. Por lo tanto, la acumulación dentro de los marcos del socialismo, se manifiesta a través de dos momentos; el primero, en forma de acumulación primitiva socialista, es decir, mediante la acumulación en manos del Estado de recursos materiales procedentes de fuentes externas al complejo económico estatal. En la apreciación de Preobrazhinki, esto se podría lograr reduciendo los precios de los productos industriales, y al mismo tiempo, tasando fuertemente a los campesinos ricos y al beneficio del capitalista privado. El segundo momento de la acumulación, lo llamó “acumulación socialista”. Esta representa la adición, al capital productivo fundamental, del subproducto que no se destina a la distribución suplementaria entre los sujetos.[8]

Repensando, releyendo y reinterpretando a V. I. Lenin, si acaso no lo realizaron cabalmente sus contemporáneos, por la incomprensión, el desconocimiento exacto de sus ideas, un hecho plausible, o los dogmatismos presentes, este expuso con claridad meridiana que, el ocultamiento a las masas que “(…) la incorporación de los especialistas burgueses mediante sueldos muy elevados es apartarse de los principios de la Comuna sería descender al nivel de los politicastros burgueses y engañar a las masas. En cambio, explicar abiertamente cómo y por qué hemos dado este paso atrás’, discutir públicamente los medios de que disponemos para recuperar lo perdido significa educar a las masas y, con la experiencia reunida, aprender junto a ellas a construir el socialismo”.[9]

Además, V. I. Lenin afirmó que: “(…) Hemos tenido que recurrir ahora al viejo método, al método burgués, y aceptar los ‘servicios’ de los especialistas burgueses más reputados a cambio de una remuneración más elevada. Quienes conocen la situación lo comprenden; pero no todos se detienen a meditar sobre el significado de semejante medida tomada por el Estado proletario. Es evidente que tal medida constituye un compromiso, una desviación de los principios sustentados por la Comuna de París y por todo poder proletario, que exigen la reducción de los sueldos al nivel del salario del obrero medio, que exigen se combata el arribismo con hechos y no con palabras (…) Pero esto no es todo. Es evidente que semejante medida no es solo una interrupción -en cierto terreno y en cierto grado-, de la ofensiva contra el capital (ya que el capital no es una simple suma de dinero, sino determinadas relaciones sociales) sino también un paso atrás de nuestro poder estatal socialista, soviético, que desde el primer momento proclamó y comenzó a poner en práctica la política de reducción de los sueldos elevados hasta el nivel del salario del obrero medio.”[10]

Porque era, según Lenin, la correcta concepción de la unidad, que rechazaba la trivialidad de la idea de que era posible“(…) construir la sociedad solo con las manos de los comunistas (…) [pensamiento totalmente falso porque los comunistas son sólo una mínima parte de la sociedad] una gota en el mar de pueblo. [Por lo que ellos] Sabrán conducir al pueblo por su camino únicamente si saben determinar con exactitud ese camino, no solo en el sentido del desarrollo de la historia universal. En este sentido hemos determinado nuestro camino con absoluta precisión (…) Nuestro camino no lo determina solamente esto, sino también el que no haya intervención, el que sepamos darle al campesino mercancías a cambio de trigo (…)”.[11]

Dándole un contenido y sentido a los Soviets, totalmente novedoso desde el punto de vista de la autonomía y la iniciativa creadora: “(…) Los soviets locales, en consonancia con las condiciones de lugar y de tiempo, pueden modificar, ampliar y completar las tesis fundamentales que formula el gobierno. La creación viva de las masas: ese es el factor básico del nuevo régimen social. Que los obreros emprendan la implantación del control en sus fábricas y empresas, que abastezcan el campo de artículos fabricados, que los cambien por cereales. Ni un solo artículo, ni una sola libra de cereal debe escapar a la contabilidad, pues el socialismo es ante todo contabilidad. El socialismo no se crea por medio de decretos desde arriba. El automatismo oficinesco y burocrático es ajeno a su espíritu; el socialismo vivo, creador, es obra de las propias masas populares”.[12]

Por la exposición y reconocimiento de estas ideas leninistas, quizás no estaban tan equivocadas las oposiciones fraccionales, dentro de los principios marxistas y leninistas, que cuestionaron el cómo se estaba extraviando los poderes reales de los soviets, el partido y el Estado, a través del burocratismo y la tecnocracia, aunque sus posiciones acusaran de cierto dogmatismo, ‘izquierdismo’ y reduccionismo obrerista, principalmente industrial, por lo tanto no inclusivo con el resto de la sociedad.

Tal ocurre cuando releemos las ideas de Lenin, escrita en ‘á¿Qué hacer?’, en 1902, de que ‘Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario’, y como el pensamiento reformista dentro del socialismo conllevaba al “(…) Dogmatismo, doctrinarismo”, anquilosamiento del partido, castigo ineludible por las trabas impuestas al pensamiento”.[13]

En 1929, Iosif Stalin, Secretario General del partido desde 1922, quien en vida de Lenin ‘apoyó’ la NEP, sin demostrar su abierta aversión a la misma, determinó darle un fin abrupto, en realidad eliminándola de la agenda socialista soviética, liquidando de paso, a través, del silencio, la prisión y la muerte a gran parte de sus seguidores y simpatizantes, imponiendo al pueblo soviético un sacrificio enorme en aras del acelerado proceso de colectivización forzosa en la agricultura y la también obligada industrialización del país, ambas totalmente estatalizantes que, paradójicamente, fueron decisivas en la victoria militar del Ejército Rojo y la sociedad multinacional soviética en su lucha liberadora contra el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Continuando con la idea anterior, desde finales de la década del 20 y, en especial, con la celebración del II Congreso Internacional de Escritores y Artistas Revolucionarios, en Járkov, Ucrania, en noviembre de 1930, se impuso la seudoteoría acerca del “realismo socialista” como la ‘única’ “cultura proletaria” (prolekulturt), por lo tanto, exclusiva, excluyente y sectaria, que concluyó por condenar el psicoanálisis social y el surrealismo, entre otros desarrollos científicos y culturales de la humanidad, desbaratando la originalidad creativa en las artes soviéticas-socialistas, y constituyendo un golpe mortal no sólo para la esfera de la cultura artística, sino para el desarrollo de la filosofía, las ciencias sociales y las humanísticas, así como para el despliegue innovador de las ciencias naturales, exactas y aplicadas,[14] y, por supuesto, de la Cultura, con mayúscula.

De tal manera, la interpretación sectaria, mecanicista y rancia del pensamiento de los clásicos, a través del diamat y el hismat, concebidos como una receta escueta e insuperable, una adocenada seudoteoría, inamovible y plegada a los intereses de la burocracia y tecnocracia del Partido, el Estado y el gobierno estalinista, y, tristemente presente en los Soviets acarreó la crisis de la teoría y la práctica del marxismo y del socialismo, que fue profundizándose con el tiempo.

Ambas divisiones del marxismo(s) impuestas artificialmente desde lo que se consideró el centro del marxismo y el comunismo mundial (la URSS y el PCUS, en Moscú), la ‘Casa Matriz’ de la Internacional Comunista, no debió ser jamás una filosofía basada en la estrategia del Partido ya que su crítica conduciría, directa e indirectamente, a un `ataque´ a la dirección política-estatal, donde el debate filosófico se convirtió de hecho en un problema político e ideológico al ser asumida erróneamente como ‘la ideología oficialista del socialismo´, trayendo como correlato, la (in)-evitable vulgarización, canonización y fosilización a que se vio sometida la teoría “científica de la clase obrera”, como expresión `lisa´ del proletariado, recayéndose en un sociologismo y determinismo económico de la peor especie, porque la clase obrera no era pura ni siquiera en su aspecto sociológico cuantitativo, menos cualitativo, como tampoco la única partera de la Revolución Social y Política, como se afirmó desde los inicios, de forma diametralmente dialéctica, que debía conducir ese proceso en estrecha alianza con el campesinado trabajador y parte de los soldados y marinos en los tiempos leninistas, más otros compromisos con sectores y grupos sociales.

Bajo esas condiciones subjetivizantes, voluntaristas e ideologizantes se partió de la necesidad de difundir masivamente el diamat y el hismat, que constituyó una ‘pedagogía’ con un didactismo pésimo, y transfiguró al marxismo y el leninismo en un catecismo, una “religión”, un dogma “entendido e (in)-comprendido”, considerado además el non plus ultra de un marxismo que podemos considerar de ‘hibernado’, como un elemento necesario pero contrario a lo que V. I. Lenin había escrito en “La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo”, de que era preciso saber aplicar la táctica “(…) para elevar, y no para rebajar, el nivel general de conciencia, de espíritu revolucionario y de capacidad de lucha y de victoria del proletariado”.[15]

Esa creencia falsa, propugnada por una `capilla sectaria y vanguardista iluminada´, inoculó en la conciencia de los individuos y colectivos heterogéneos de la sociedad, un optimismo supersticioso, a la vez, decadente, puesto que la acción relativamente autónoma de las leyes sociales descubiertas de forma “eterna” y cabalísticamente podrían “decretar” el fin del capitalismo y la victoria del socialismo, lo que teleológicamente invitaba a una pasividad y desmovilización de las filas revolucionarias y del pueblo trabajador.

Igualmente, el uso de la represión, el miedo y la sospecha desmedida, paranoica, como método anti-ético de dirimir las disensiones, divergencias y contradicciones a lo interno del partido, la sociedad soviética y del movimiento comunista internacional,[16] las cuales se trasladaron a la práctica del movimiento obrero, las demás organizaciones subsidiarias de la Comintern, las cuales no tenían el por qué poseer un programa estrictamente comunista (como si fueran un partido), menos practicar un clima de temor ante el pensar diferentes desencadenó en las excomulgaciones, encarcelamientos, fusilamientos y asesinatos sin control alguno.

Esas represalias y castigos desmedidos, antiéticos repetimos, fueron desatados contra los viejos y nuevos camaradas bolcheviques, que si bien crearon oposiciones y fracciones dentro del partido comunista soviético que disentían de los procesos en curso, sus ritmos e instrumentaciones, además, de estar inmersos en una lucha sin cuartel contra los contenidos y formas del estalinismo, conllevaron a los luctuosamente renombrados “procesos de Moscú”, en la década del 30, cuando Lev Kámenev, G. Zinoviev, N. Bujarin, fueron juzgados y ejecutados por “traición al socialismo”; Serguei Mironovich Kírov, presuntamente asesinado por órdenes de Kámenev o Stalin, aunque también se habló de un “casual” accidente automovilístico; K. Rádek, prisionero en 1937, y asesinado por otro preso en 1939; Grigori Y. Sokólnikov, desaparecido en prisión; Mijail P. Tomsky, se suicidó antes de ser arrestado; Andrei Bubnov, expulsado del Comité Central en 1937, arrestado y ejecutado en 1940; Yevgueni Preobrazhenski, expulsado del partido en 1936, arrestado y ejecutado en 1937, etc.[17]

El final terrible estaba preconcebido. Muchos de estos hombres de ciencia, políticos, intelectuales y militares[18] fueron purgados del partido, del Estado, gobierno y los soviets, incluyendo las fuerzas armadas y el ministerio del interior, a no ser que se arrepintieran a tiempo, enviados a campos de concentración (los ‘gulags’), muertos bajo extrañas circunstancias y fusilados por acusaciones de ser ‘enemigos’ del pueblo y del socialismo.

A modo de conclusiones parciales.

La historia de la realidad, de las ideas y las mentalidades en la filosofía del marxismo(s) y el socialismo(s), deben narrarse en los marcos de coyunturas sociohistóricas concretas y en sus dinámicas-tensionales que se ocasionan en la vida real, tanto en el plano interno como el externo, y en un clima espiritual, intelectual y cultural de una época, casi ininteligible, con sus contradicciones, antagonismos y dicotomías, a través de los éxitos, errores y fracasos cometidos por seres humanos que trataron de remover los cimientos del capitalismo y llevar adelante la construcción socialista. Resultando importante saber que hubo luchas, batallares a lo interno, cruces de sentidos y conceptualizaciones que criticaron las distorsiones y deformaciones advirtiendo que los caminos seleccionados o no podían conducir a la catástrofe.

Muchas de las fuentes empleadas, primarias y secundarias, fácticas, revisadas y re-interpretadas, estarán siempre signadas, sociológica e ideopolíticamente, por vivencias y coyunturas reales, objetivas y subjetivas, en que uno de los tantos elementos de probables deformaciones teórica-metodológicas lo pueden constituir el hecho de disponer y entender la información extraída, en un sólo sentido, que no perciben la variedad de enfoques y alternativas que permitan contribuir a la explicación y argumentación aproximativa, así como de las formas de difusión del marxismo en las documentaciones, publicaciones y otros materiales empíricos e interpretativos de una época pretérita que aún permanece entre nosotros.

De tal manera, resulta un laberinto espinoso adentrarse en las anomalías y desviaciones de la teoría y la práctica marxista y socialista soviética, ya que, por muy diversos que sean los argumentos, de corte estrictamente epistemológico, amén de las conceptualizaciones críticas, teóricas-metodológicas, políticas, ideológicas y éticas que se esgriman a la hora de explicar el origen de la aberración y los efectos lacerantes experimentados por la filosofía marxista causados, en parte, por el materialismo dialéctico (diamat) y el materialismo histórico (hismat) establecidos bajo la larga noche estalinista, que fueron traspoladas al movimiento comunista internacional, no son suficientes aún los estudios científicos concienzudos que permitan un análisis conclusivo, que pongan al desnudo las múltiples causas de su surgimiento, desarrollo y despliegue hacia lo endógeno y para el resto de las fuerzas progresistas, democráticas y las izquierdas en el orbe.[19]

En el caso específico de Unión Soviética, habría que valorar, en primer lugar, cuanto de positivo alcanzó ese gigantesco país y su pueblo en los difíciles años de inacabada construcción socialista, sus inigualables conquistas sociales, económicas, científicas y culturales, mediadas por escenarios externos e internos muy complejos. Porque la Rusia y la URSS, de V. I. Lenin, tuvo que soportar, resistir y vencer la Primera Guerra Mundial, la intervención internacional y sufrir una guerra civil -ya abordadas en el trabajo- a raíz del triunfo del socialismo en octubre de 1917, en las que perdió 12 millones de vidas, e inmediatamente, comenzar un proceso de despegue constructivo y reconstructivo de la base económica que permitiera el despliegue de las fuerzas productivas de ese país, proceder a la electrificación y la constitución de los Soviets en un nuevo modo eminentemente comunista, aunque malogrado, de concebir una sociedad culturalmente diferenciada y opuesta a la capitalista.

En segundo lugar, porque fue un país arrasado por la Segunda Guerra Mundial, y, especialmente, costándole esta última veinte y siete millones de pérdidas humanas -si se le suman los doce millones de la primera harían un total de 49 millones de muertos en menos de dieciséis años- y que logró la victoria sobre el nazismo y el fascismo no sólo en su país sino en casi toda Europa, liberada gracias a la hazaña del Ejército Rojo y el importantísimo rol de la retaguardia soviética, a pesar, de la destrucción interna de innumerables infraestructuras habitacionales, viales, fábricas e industrias, campos agrícolas e instalaciones civiles y militares, cuya recuperación fue rápida e intensa, muestra fehaciente del esfuerzo de una población que confiaba ‘ciegamente’ en la dirección política, estatal y de gobierno, y que fue decisiva en la aparición de un campo socialista en el Este y Centro europeo; y que en los años de la década del 50 de la centuria pasada, emergió como una potencia político-militar mundial, capaz de intentar la imposición de un cierto equilibrio de fuerzas real, aunque frágil, ante los Estados Unidos de América, sus aliados europeos y asiáticos.

En tercer lugar, por la transformación de un naciente Estado multinacional, con un atraso secular, consecuencia de la coexistencia de modos de producción precapitalistas en la mayoría de las zonas rurales y en las mismas ciudades, en una nación en vías de construcción del socialismo que fue consolidándose, paulatinamente, incluido su soñado y no cristalizado “hombre soviético”, superando el analfabetismo, la mínima instrucción y educación ancestral, la incultura masiva de sus ciudadanos, la enorme escasez de alimentos y productos básicos, la desindustrialización presente transformada en una industria, principalmente, la pesada, es cierto que sin cuidar mucho la calidad y si la cantidad, la in-asistencia y seguridad social, entre otras problemáticas, para subsistir ante las dificultades internas, consecuencia de las ineficiencias de su sistema económico-productivo extensivo, la equivocada pretensión de competir económicamente con el capitalismo, más el rígido cerco imperialista impuesto a este país, lo que conllevó al despliegue de una carrera armamentista que a la larga coadyuvó también a su desgaste económico.[20]

Tampoco podría olvidarse el enorme apoyo internacionalista y socialista prestado, a veces `condicionado´ por una geopolítica que priorizó sus zonas de influencias del Este de Europa y, fundamentalmente, en Berlín Oriental, a otras fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias en múltiples de ocasiones, lo que permitió el triunfo y, más que todo, la consolidación de algunos procesos revolucionarios en curso en la arena internacional, coadyuvando al importante proceso de descolonización de numerosos países y naciones.

Asimismo, las conquistas de la URSS, como del resto del campo socialista emergente, luego de la segunda contienda bélica mundial, impactaron en el quehacer del capitalismo y el imperialismo, los cuales tuvieron que ceder mucho terreno ante las luchas del movimiento comunista y obrero, de liberación nacional y socialista, y los partidos socialdemócratas, entre otras izquierdas, quienes arrancaron demandas indiscutibles, ya sea en el denominado Estado del Bienestar Popular -“Bien-Estar de la burguesía” lo llama Istvàn Mészàrov- en las zonas europeas, y conquistas socioeconómicas y políticas de las clases trabajadoras en casi todos los países centrales del capitalismo y en el Sur geopolítico-periférico, en especial, con el movimiento obrero, comunista y de liberación nacional.

Ante tantas batallas épicas ganadas y los garrafales errores cometidos, la dirección del Estado, gobierno y Partido soviético tuvo que someterse a una implacable crítica -en la mayoría de los casos no constructiva y, paradójicamente, apologética- tanto interna como externa, no sólo de sus acérrimos enemigos de clase, sino de fracciones y marxistas, endógenos y exógenos, que hicieron públicas sus contradicciones y desavenencias con el proceso de tránsito hacia el socialismo, entrando en una contienda conflictual con la faena-misión de la construcción socialista en ese Estado multinacional.

Lamentablemente, el socialismo existente en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y en el Este europeo, que se derrumbaron bochornosamente entre 1989 y 1991, no pudieron escapar desde sus inicios a las lógicas metabólicas reproductoras del capital en su propio interior, al no realizar una radical revolución cultural frente a las ‘guerras culturales’ del capitalismo,[21] amén de cometer serios errores en su tránsito hacia una sociedad superior a la capitalista.

“El capital [tal como lo advierte el marxista de origen húngaro, István Mészáros] no es simplemente un conjunto de mecanismos económicos, como a menudo se lo conceptualiza, sino un modo multifacético de reproducción metabólica social, que lo abarca todo y que afecta profundamente cada aspecto de la vida, desde lo directamente material y económico hasta las relaciones culturales más mediadas”.[22]



Notas y Referencias Bibliográficas.

[1] V. I. Lenin, N. Bujarin y otros dirigentes bolcheviques-comunistas, nunca cerraron las temáticas concernientes a las escuelas y corrientes artísticas-culturales, más bien propiciaron un clima de creatividad amplio, donde la sociedad socialista no crearía una cultura de clase, sino que elevaría toda la cultura humana a un nuevo nivel. Por su parte, Leon Trotski, que publicó varios artículos sobre temas literarios, afirmó que no había ni podía haber una cultura proletaria o ‘prolekulturt’.

[2] En la Rusia Soviética y la URSS se profesaban la religión cristiana; la Ortodoxa Rusa, la Ortodoxa de Georgia y la Ortodoxa Autoacéfala de Ucrania; Católica: Católica Apostólica Romana, Iglesia Apostólica de Armenia y Apostólica Greco Católica Ucraniana; el Islam, especialmente el Sumí; los Protestantes; el Judaísmo, el Budismo, el Lamaísmo y el Chamanismo. Existían quince nacionalidades independientes, 22 nacionalidades autónomas y 18 nacionalidades adicionales y otras numerosas minorías étnicas, quienes hablaban disimiles idiomas, lenguas y dialectos.

[3] El húngaro Evgueni Vargas escribió, en 1922, el texto: Problemas de la política económica bajo la dictadura del proletariado.

[4] Lógicamente, en esos años comenzaron las redacciones de ‘la historia del partido’ en las que, según los vaivenes de los grupos en el poder, se narraban hechos y procesos con limitaciones, omisiones y falta a la verdad histórica.

[5] V. I. Lenin había expresado sobre Nicolás Bujarin:“(…) De los miembros jóvenes del Comité Central, quiero decir unas palabras sobre Bujarin y Piátakov. Son, en mi opinión, las fuerzas más sobresalientes (entre las fuerzas más jóvenes) y respecto a ellos habrá que tener en cuenta lo siguiente: Bujarin no es solo uno de los teóricos más valiosos e importantes del partido; además es considerado merecidamente, el preferido de todo el partido; pero sus puntos de vista teóricos solo pueden ser clasificados de plenamente marxistas con gran reserva porque hay en él algo de escolástico (nunca ha estudiado dialéctica y, pienso, nunca la entendió del todo)”. V. I. Lenin Carta al Congreso, Ob. Cit.

[6] En 1930, bajo la firma de M. B. Mitin, P. F. Yudin y V. N. Raltsevich, apareció publicado en el diario Pravda, en forma de editorial, por lo tanto como opinión oficial de las autoridades del Partido, los críticos oficialistas de estas posiciones ‘dialécticas versus mecanicistas’, quienes llamaron a una «lucha en dos frentes», tanto en filosofía como en la vida del Partido, y acusaron a los líderes filosóficos del momento de «formalistas» y «mencheviques», por sobrevalorar a Georgi Plejanov a expensas de Lenin, e intentar separar la filosofía de los objetivos del Partido.

[7] “(…) el desarrollo del capitalismo controlado y regulado por el Estado proletario (…) es capitalismo de Estado proletario”, “(…) ‘de Estado’ en este sentido de la palabra”. Vladimir I. Lenin (1987) Tesis del Informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia, III Congreso de la Internacional Comunista (22 de junio-12 de julio de 1921), Obras completas, T. 44, Editorial Progreso, Moscú, p. 8.

[8] Yevgueni Preobrazhinki (1968) La Nueva Economía -escrita en 1926- Editora Instituto Cubano del Libro, La Habana; Daniel Rafuls Pineda (2011) Debates teóricos sobre la transición al socialismo en Rusia y Cuba, dos polémicas inconclusas, de trascendencia mundial, para la izquierda del siglo XXI, https://www.nodo50.org/cubasigloXXI/politica/rafuls_301106.pdf.

[9] V.I. Lenin (1987) Las tareas inmediatas del poder soviético, Ob.Cit., T. 36, 5ta edición, ed. cit., pp.184-185; Jesús Pastor Brigos García y Rafael Alhama Belamaric (2015) Análisis preliminar de la significación de los procesos en la URSS y Europa del Este para el actual proceso de actualización cubano, Informe parcial de investigación “Transformación socialista y propuestas de reformas en las experiencias europeas y cubana”, aprobado en el Consejo Científico del Insituto de Filosofía, 19 de enero de 2016. Inédito.

[10] Ídem., p. 185.

[11] Vladimir I. Lenin (1987) Informe Político del Comité Central del PC (b) de Rusia, Obras completas, T. 45, 5ta. edición, ed. cit., 27 de marzo de 1922, p. 105.

[12] Vladimir I. Lenin (1987) Respuesta a la interpelación de los eseristas de izquierda, en Obras completas, T. 35, 5ta. edición, ed. cit., pp. 58-59.

[13] Vladimir I. Lenin (1985) á¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, Obras completas, 5ta. ed., T. 6, Editorial Progreso, Moscú, p. 24.

[14] Entre ese grupo de dogmáticos extremos se encontraba, Andrei A. Zhdanov, dirigente del PCUS, en Leningrado, desde el asesinato de Serguei Kírov, en 1934, llegando al puesto de tercer secretario del partido, además, de Presidente del Soviet Supremo de la Federación Rusa (1938), Soviet de la Unión (1946-1947) y, más tarde, el alto representante soviético en el Buró de Información (Cominform, 1947). Su doctrina cultural el ‘zhdanovismo’, se dirigió contra los compositores Dmitri Shostakóvich, Serguéi Prokófiev, Aram Jachaturián, el cineasta Serguéi Eisenstein, entre otros artistas e intelectuales rusos-soviéticos. En 1943, reforzó la idea del ´prolekulturt´, coadyuvando a la paralización de la historia de la filosofía. En 1947, Zhdanov hizo público su trabajo, El frente ideológico y la cultura”, reforzando el esquema enunciado, y declarándose contra la ciencia y la cultura universal por considerarlas ‘burguesas’. También fue co-artífice, luego de la Segunda Guerra Mundial, del enunciado sobre los dos bloques, ‘doctrina geopolítica zhadonivista’: el imperialista y el antimperialista, encabezados por EE.UU. y la URSS, respectiva y contrariamente, al contraponer y rechazar el ‘Plan Marshall’ y la ‘Doctrina Truman’. Como dirigente del Cominform, azuzó la controversia entre la Liga de los Comunistas de Yugoslavia y el PCUS, en conjunto con los demás partidos comunistas miembros: Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Bulgaria, Polonia, Italia y Francia, logrando la expulsión de los yugoslavos del movimiento comunista internacional, en 1948, acusándolos de ‘fascistas’, por no admitir estos la copia el modelo socioeconómico y político soviético.

[15] Vladimir I. Lenin (1975) La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Obras Escogidas, en tres tomos, T. III, Editorial Progreso, Moscú, 1975, p. 397.

[16] Algunos dirigentes y miembros de los comités centrales de los PC europeos fueron sometidos a las persecuciones y castigos estalinistas, especialmente, de los partidos socialdemócratas y comunistas húngaros, polacos, estonianos y de otras nacionalidades. La revista Internacional Comunista, órgano de la IC, publicó en febrero de 1938, la Carta de Varsovia”, la cual planteaba que ese partido estaba ‘plagado de provocadores de la policía política’. Ante esa “acusación” se comunicó a estos, algunos de ellos luchadores en la Guerra Civil Española, que se disolvía su partido. Jorge Dimitrov, a la sazón dirigente de la Internacional Comunista, trató de salvar la situación pero la mayoría fue arrestada, y algunos ejecutados. Roy A. Medvédev (1989) Let History Judge: The Origins and Consequences of Stalinism (“Que juzgue la historia: Los orígenes y consecuencias del estalinismo”), Columbia University Press, Nueva York.

[17] Nombres Rehabilitados (1989), Editorial de la Agencia de Prensa Novosti, Moscú.

[18] El líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, afirmó que fueron castigados más de 36 mil oficiales: “(...) Stalin purgó a 3 de los 5 Mariscales, [uno de ellos fusilado, añadimos nosotros] 13 de los 15 Comandantes de Ejército, 8 de los 9 Almirantes, 50 de los 57 Generales de Cuerpo de Ejército, 154 de los 186 Generales de División, el ciento por ciento de los Comisarios de Ejército y 25 de los 28 Comisarios de los Cuerpos de Ejército de la Unión Soviética, en los años que precedieron a la Gran Guerra Patria”. Fidel Castro Ruz (2008) Reflexiones del Comandante en Jefe, Lula (II parte), en periódico Granma, Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, La Habana, 23 de enero, pp. 1-3.

[19] [19] Bernardo M. Ruiz del Pino (2013) “La ideología del descalabro: crítica a la racionalidad pequeño burguesa del modelo estalinista de socialismo”, tesis de defensa para la obtención del doctorado en ciencias filosóficas, Instituto Técnico Militar “José Martí, 7 de noviembre. Inédita.

[20] El politólogo Michael A. Lebowitz, expone sobre la ‘economía de escasez crónica’; la reproducción de la lógica del capital ante las deficiencias de organización y autogestión democrática socialista de los trabajadores en las relaciones sociales de producción (distribución-consumo); los déficit democráticos de los Soviets, la confusión entre estatización y socialización, y del sistema de propiedad-gestión; la sustitución de la clase obrera, y el pueblo general, por una visión errónea del papel de la vanguardia política; la planificación-centralización excesiva del Estado y el aumento de la burocracia-tecnocracia estatal y partidista; el choque entre intereses colectivos e individuales, el poco control del mercado en la economía por la regulación popular, etc. Michael A. Lebowitz (2015) Las contradicciones del “socialismo real. El dirigente y los dirigidos, Ruth Casa Editorial, Insituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana.

[21] Frances Stonor Saunders (2003) La CIA y la guerra fría cultural, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana; Eliades Acosta Matos (2005) El Apocalipsis según San George (2005) Casa Editora Abril, La Habana; Siglo XX: Intelectuales Militantes, (2007), Ídem.; Imperialismo del siglo XXI: Las Guerras Culturales (2009), Ídem.

[22] István Mészáros (2002) La teoría económica y la política: más allá del capital, Rebelión, www.rebelión.org, 26 de diciembre.

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