Filosofando...
Título: Diversidad, valores y vida cotidiana (Fragmentos)Autor(es): Georgina Alfonso González
Fecha de publicación: 15 de Septiembre de 2004
La historia de las luchas y proyectos políticos y sociales revolucionarios en América Latina ha dado cuenta suficiente de que las soluciones "absolutas" a los problemas sociales, erigidas sobre sistemas de valores totalitarios, supuestamente eternos e inmutables, se vuelven inoperantes ante las situaciones, contradicciones y conflictos del devenir socio-histórico y cultural.
La afirmación de que la vida humana depende de la elección o valoración que el individuo haga de los objetivos y fines de su actuar en relación a las condiciones concretas y perspectivas de su vida, deja en el plano eminentemente relativista la posibilidad de encontrar alternativas transformadoras a sus reales condiciones de vida humanas.
La teoría y las praxis social latinoamericana ha vivido la experiencia y las consecuencias de la sobrevaloración del aspecto cognoscitivo en detrimento del valorativo. Lo cual condicionó una manera de pensar, hacer y desear que insistió más en conocer la realidad y justificar la necesidad de los cambios sociales que en el papel activo, participativo y transformador del sujeto en el devenir social de acuerdo con sus necesidades, intereses, valores y deseos. De este modo, los actos de creación y expresión se preestablecían al margen de su concientización, limitando, así, toda posibilidad de crítica social.
La estandarización y homogeneización del actuar y el pensar humano que esto provocó no sólo limitó la capacidad creadora individual y colectiva, sino, además otorgó poder absoluto a quienes determinaron en algún momento el qué y los cómo de los cambios sociales. Valorar la realidad es tomar conciencia crítica de ella para actuar, pensar y desear desde nuestras prácticas cotidianas.
No pocas han sido las polémicas y los debates sobre los valores y la diversidad valorativa en los procesos de cambios sociales. Si bien es importante saber por qué valoramos, lo es también, pensar cómo valorar. Así, se dirige la atención hacia significados que definen la manera responsable y comprometida de actuar y comportarse en el mundo y no hacia el enjuiciamiento a posteriori del acto valorativo que justifica forma discriminatorias y excluyentes de pensar y actuar. Al referirnos a los valores, no podemos obviar el carácter activo de los sujetos sociales promotores de las profundas transformaciones de la sociedad, al tiempo que la cuestionan y proyectan.
A partir de los sucesos de Europa del Este y las reestruccturaciones del capitalismo a nivel mundial se retoman con fuerza en América Latina las preocupaciones sobre la dimensión valorativa de los procesos sociales. Estas comenzaron con un gran debate acerca de la existencia o no de crisis de valores en las sociedades latinoamericanas y se vinculó, a su vez, con las discusiones acerca de la diversidad e integración social.
Este hecho dio paso al debate acerca de los valores para construir, decidir, sentir, en fin protagonizar la vida humana en su diversidad plural. Las reflexiones que este debate motiva aparecen, por lo general, a partir de tres preocupaciones fundamentales: la preocupación política, marcada por una constante intención revolucionaria; la preocupación educacional, que se concentra en restablecer la continuidad histórica y la dignidad humana y la preocupación sociocultural, consagrada a la búsqueda de la identidad desde la diversidad.
Los problemas de la democracia, la participación ciudadana, la representatividad adquieren relevancia en el análisis crítico del filosofar con su respectiva reflexión valorativa. La discusión sobre la democracia planteó el tema de la distribución de los espacios y formas de poder no solo político, sino, económico, institucional, ideológico, educativo, familiar, comunicacional y las vías de acceso a la propiedad y el control de las riquezas sociales.
Los procesos de desarticulación de la sociedad civil y las formas de represión antidemocráticas que se legitimaron con las políticas de ajuste neoliberales convirtieron a los Estados nacionales en representantes de intereses particulares que actúan como mercado político. En estas condiciones los movimientos sociales, populares y comunitarios tiene el desafío de construir un nuevo sujeto socio-popular.
Un nuevo valor emerge de las prácticas actuales de emancipación y se inserta con fuerza en los debates como desafío de largo alcance pero necesario para la emancipación: "empoderamiento ciudadano", que significa ensanchar nuestras propias y limitadas experiencias de ciudadanía.
Las formas activas de ciudadanía que vienen ensayándose en los proyectos comunitarios del continente latinoamericano no son intentos lúdicos y formales de democracia. Desestimarlas por el hecho cierto de que la mayoría se mantienen dentro de la alienación política de la democracia formal buerguesa, sería renunciar a la democracia como valor, o convertirla en instrumento de un tipo de poder que al final la excluye.
Lo novedoso en la manera de abordar el tema debate sobre diversidad y valores, está no solo en la crítica a la democracia formal, sino, en reconocer que si la democracia como valor de los proyectos emancipatorios no se asume en una perspectiva de enfrentamiento a las políticas globales y clasistas del capital, terminan por convertirse en una nueva retórica. Ninguna fuerza de izquierda debe sustraerse de la tarea de exigir y luchar por la democracia. Pero si lo hace aceptando la reducción del problema político como problema de formalización del método de construcción del poder, será tan improductiva y vana su labor como si rechaza las posibilidades que aun revela el sufragio y las libertades formales.
La preocupación valorativa por la democracia (social-participativa) incorpora a la reflexión a todas y todos, mediante su reconexión con los medios de producción y reproducción de la vida cotidiana. La democracia desde su dimensión axiológica pasa a ser un valor estratégico de los movimientos populares todos. Los cultores del modelo neoliberal son incapaces por convicción de defenderla. La alta dirigencia de los partidos políticos mayoritarios ha desertado de sus responsabilidades democráticas; esto es, de la defensa de los intereses de las mayorías populares. Han cedido su lugar de conductores de la sociedad a los economistas, representantes de las fundaciones privadas, quienes hacen creer que más democracia es sinónimo de " más libre mercado".
La transformación de los hombres y las mujeres en sujetos sociales comprometidos y responsables, tanto en la adquisición de conocimiento como en la búsqueda de los más genuinos valores humanos, es la esencia de la preocupación educacional en los proyectos alternativos al capitalismo. La educación liberadora no es elaborada desde la academia, ni es un cuerpo educativo preparado especialmente para la "concientización de las masas", la educación que se propone es una continua creación colectiva, que supone primero, el descubrimiento del mundo de la opresión y el compromiso con transformarlo desde las prácticas propias y segundo, una vez transformada la realidad opresora, la educación pasa a ser un proceso permanente de emancipación.
El diálogo crítico y claro que supone esta manera de educar debe ser abierto, sin temores a las preguntas, la curiosidad o los testimonios que son modos de buscar respuestas. Esto significa, desde el punto de vista educativo, desarrollar la capacidad valorativa de los educandos sobre la realidad en la que están inmersos. Es a partir del lugar en que se encuentran los sujetos sociales que empieza la educación en un plano integral y autotransformador.
La educación popular y participativa como componente educativo de la alternativa de emancipación presupone una responsabilidad ética y política de los sujetos hacia los cambios en los cuales se involucran. A partir de la crisis del ideal socialistas y revolucionario en América Latina muchos descalificaron el papel de los valores éticos y políticos en la educación. Esto favoreció la corriente educativa neoliberal que desacreditaba la necesidad de una educación humanista, crítica y emancipatoria. Las propias prácticas educativas en función de conocer, estudiar y debatir las alternativas emancipatorias hizo que el debate cobrara fuerza nuevamente y las reflexiones se orientaran hacia la necesidad de reactualizar y resignificar la dimensión valorativa de los procesos educativos de acuerdo a los contextos nacionales, regionales y locales. El reto está ahora en saber combinar coherentemente las diversas formas de saber, hacer y decir en las prácticas educativas emancipatorias orientadas hacia la autoconstitución de los sujetos populares.
Un problema valorativo esencial ha sido, también, el de la identidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Identidad que alude no solo a la cultura, sino a procesos históricos, socioeconómicos y espirituales que permiten considerar Nuestra América como un fenómeno único en su diversidad, e idéntico a sí mismo en su esencia.
Debemos aclarar que cuando mencionamos la categoría de identidad nacional y cultural, no asumimos un criterio ontológico especulativo, sino histórico. Estamos destacando aquello que es común a una región o país. O sea, un conjunto de rasgos que tipifican una cultura y la diferencian del resto. En el caso de América Latina la identidad está dada, en primer lugar, por la impronta de la conquista y colonización europeas, y la ancestral cultura de resistencia que estos hechos históricos de violencia generaron en los pueblos autóctonos, y en los pueblos nuevos surgidos en el seno del aquellas sociedades colonizadas, por el hecho de que estas naciones se formaron por una mezcla de razas y etnias (Europa, Africa y las poblaciones indígenas autóctonas) que le otorgó un perfil cultural propio. De esas mezclas históricas surgió una manera de ser, de sentir, de pensar, de crear, de amar, etc. que define el carácter social y cultural del latinoamericano, a diferencia del norteamericano y el europeo.
Al mismo tiempo, las identidades no son algo fijo, dado para siempre. Una identidad cerrada es algo inexistente, por cuanto los distintos intercambios humanos permiten intercambiar maneras de pensar y actuar que a la larga enriquecen cada cultura.
La defensa a la identidad nacional y cultural se sustenta en la necesidad de configurar los cimientos que puedan servir de base firme para constituir una realidad tangible. La consolidación de una nacionalidad y una cultura propia que acompañe la articulación de un todo unitario exige determinadas realizaciones e impulsos materiales y espirituales. La construcción progresiva de la identidad nacional y cultural tiene como incentivos movilizadores el despertar de la conciencia nacional, la creencia en las posibilidades socio- históricas y culturales del pueblo, y las voluntades todas empeñadas en construir una totalidad no excluyente ni discriminatoria sobre referentes de significación humanos y universales concretos.
La identidad, planteada en términos de creación y recuperación material y espiritual, impide a los hombres y las mujeres resignarse a sus impuestas condiciones de vida; por ella, insisten en cambiarlas, y a ese fin infieren de lo dado lo posible, se imaginan por lo imperfecto lo perfecto, sueñan, especulan, inventan, aplican su voluntad a la naturaleza y al mundo.
Frente a la multiplicidad y complejidad del mundo contemporáneo la ausencia de una identidad propia recalca la incertidumbre y los titubeos intelectuales y de acción. La incorporación consciente del sujeto a una totalidad integrada por lo que hay valioso en ella de naturaleza y sociedad es un proceso histórico y cultural en el cual los hombres y las mujeres sienten que lo esencial no le es ajeno. La integración de los sujetos sociales a una totalidad es el modo de incorporarse en el todo mediante las semejanzas y estableciendo la armonía entre lo diferente.
La homogeneización derivada del desarrollo del mercado capitalista implicó la absorción de lo local a la lógica de los valores mercantiles impuestos a nivel nacional, el desprecio por las diferencias regionales, vistas como rezago tradicional, el desconocimiento de las autonomías y derechos de las comunidades, así como la ciudadanización subalterna de las mujeres y de diversos grupos humanos diferenciados.
Una interrogante se mueve con fuerza dentro del debate: ¿cómo no perdernos en identidades fragmentadas y definir coherentemente la identidad desde el reconocimiento a la diversidad?
Saberse, sentirse y hacerse uno con la totalidad no son más que formas graduales de llegar a ser uno con la comunidad humana. Los valores actúan como agentes unificadores de la totalidad. Una totalidad plural, dinámica, universal y concreta. Hoy el tan polémico debate sobre la crisis de valores intenta romper el círculo vicioso entre viejos e inauténticos modelos teóricos y paradigmas resquebrajados para dar paso a los nuevos valores de la nueva época.
Nueva época que emerge desde el mundo real y cotidiano en el cual los seres humanos actúan. Detrás de cada acción cotidiana hay un sentido y un discernimiento de lo que es valioso o no de una u otra acción. Los significados que brotan de la vida cotidiana refieren a los modos en que se dan las relaciones sociales propias de las formas de producción y reproducción de la vida social y humana, y a las formas de interacciones sociales dadas, entre otros elementos, por la voluntad, la identidad, la autoestima entre individuos, grupos, clases sociales, sociedades.
Por mucho tiempo predominó en el discurso revolucionario la visión teleológica según la cual la vida cotidiana de las personas pierde sentido histórico y puede ser sacrificada totalmente en aras del futuro. Es hora de superar esta visión que contrasta con el hecho de que las fuerzas populares se están organizando con una visión de futuro que parte de sus prácticas concretas. La verdadera emancipación humana pasa por la vida cotidiana. La vida cotidiana es el punto nodal donde tienen su realización las acciones que los actores sociales ejecutan.
Este énfasis en las prácticas cotidiana y su influencia en la valoración (positiva o negativa) que hacen los sujetos sociales acerca del proceso en el cual están inmersos está dada porque de esta valoración depende, en gran medida, la participación real de los sujetos sociales en el proceso transformador con responsabilidad histórica y compromiso social.
Los valores, en tanto expresión de la diversidad de necesidades, intereses y deseos de los individuos, grupos sociales, clases y la sociedad toda, expresan la tendencia objetiva del desarrollo, a la vez que se traducen en conciencia valorativa, ideales y utopías. La transformación de la realidad exige, también, cambios en la conciencia, de manera que el pensar se haga voluntad y praxis de los sujetos sociales.
Los valores no son construcciones propias de mentes superiores o visionarias, ni corresponden únicamente al discurso desde el poder o institucional (estado, escuela, familia, iglesia), aunque cada actor o institución referida se empeñen en establecer significados desde el discurso. Los valores son significaciones positivas que adquieren los objetos, sujetos, procesos, fenómenos, hechos, imágenes a partir de la práctica concreta, activa y diaria de los individuos, grupos sociales, clases y la sociedad en su conjunto.
Es por esta razón que la reflexión valorativa desencadena siempre un proceso crítico que insta a confrontar las aspiraciones de los sujetos sociales con las posibilidades de realizarlas y hacerlas efectivas dentro del sistema social en que están inmersos. Dicha confrontación es un modo de participación consciente de los sujetos en su devenir. Pero, no siempre la correspondencia entre las aspiraciones humanas y las posibilidades prácticas de su realización es armónica. Por eso, el sentido y la dirección de la crítica social (acto valorativo) dependerá, en gran medida, de las formas específicas en que se concientiza y manifiesta tal correspondencia.
La crítica valorativa, desde sus diferentes modos de expresión, enfatiza, siempre, en la capacidad constructiva de los hombre y las mujeres para modificar sus condiciones de vida. Los valores se instituyen como referentes obligatorios en el anhelo de romper las enajenantes condiciones de existencia humana y liberar el pensamiento de inauténticas reproducciones y esquemas preconcebidos para hacer, pensar y desear la vida cotidiana.
Los seres humanos y su vida constituyen el criterio de los valores, el punto de referencia de lo significativo. En la tensión de su vida individual y en el compromiso con otras vidas dentro del contexto social y del devenir histórico de un pueblo está el punto de referencia de todo valor. Es necesario evitar la fetichización de los valores que implica la absolutización de los mismos y pasa por alto que ellos deben servir a la vida.
No podemos desprendernos del hecho de que toda conducta humana está regulada por el conjunto de valores que se asumen de manera conciente o inconsciente. Cada acto humano hace referencia a los significados aceptados o no y estos valores no son autónomos sino que están condicionado por el conjunto de necesidades e intereses que surgen en la vida cotidiana de cada hombre o mujer, grupo social, clase y de toda la sociedad.
Es por ello que resulta cada vez más necesario en los proyectos de transformaciones sociales ensanchar el contenido de lo valorativo, entenderlo como una dimensión de la actividad humana y no una estructura política, ideológica o pedagógicas, concebidas habitualmente como "el modo de existencia de los valores". Esto presupone:
· crear acciones de correspondencias y coherencias entre las propuestas teórico-prácticas de la política y la ideología con las formas de manifestarse valorativamente la subjetividad desde la diversidad social.
· explorar nuevos modos constructivos que diagnostiquen las formas emergentes de integración social.
· dialogar continuamente con las prácticas cotidianas desde posiciones de retroalimentación, respeto mutuo y receptividad.
· desarrollar la capacidad no sólo de aprender, sino de "desaprender" al contacto de los saberes populares múltiples.
· evitar las valoraciones y propuestas de cambio social basados en pre-conceptos que no se retroalimenten de las sistematizaciones de las experiencias de vida sociopolítica y cultural propia de las fuerzas populares.
La socialización de los valores está estrechamente ligada a una cultura del diálogo reflexivo, crítico y creativo, como forma de manifestación social basada en el respeto de la diversidad, en lo emergente de la subjetividad social y a tono con los valores y metas sociales consensuadas. Esto constituye, a su vez, una de las más elevadas formas de participación social para la construcción de la autonomía, la libertad social y el desarrollo de la calidad de vida humana. Al estar los sujetos propios de la acción, en capacidad y poder (empoderados) de imaginar, elaborar, debatir, consensuar, actuar, ejecutar y controlar sus propias tesis y decisiones, se crea la posibilidad de expresión de una mayor coherencia valorativa de los individuos, grupos, instituciones y de toda la sociedad.
Uno de los retos más importante en la construcción de las nuevas formas de socialización y participación popular consiste en develar permanentemente los mecanismos de censura o autocensura que se ejercen cotidianamente para impedir la crítica a las estrategias colectivas. Es una manera de limitar el "volver sobre sí mismo". Las nuevas alternativas tienen que enfrentar, también, el elitismo cosificador que impide, en todo lo que puede, la liberación del pensar- hacer-desear colectivo.
La constante retroalimentación y articulación de nuevas formas de participación, poder y control desde el individuo, la colectividad laboral, las comunidades, hasta la sociedad en su totalidad es un mecanismo necesario para enfrentar las desviaciones que suelen producir y reproducir la existencia de las relaciones monetarias- mercantiles. Fidel Castro, en conversación con Tomás Borges, dijo: "la lucha por una utopía es, en parte, construirla" y realmente el principal desafío de las nuevas utopías revolucionarias está en la construcción cotidiana y colectiva de mayores y mejores formas de socialización, participación y control del arsenal creativo.
